Hace ya una semana de la terrible catástrofe acontecida en el pequeño país caribeño de Haití, el cual ha cargado con el infame epíteto de ser el “más pobre de América”. Esta nación ahora enfrenta su capítulo más oscuro hasta el día de hoy.
Los pormenores del terremoto creo que ya son de conocimiento público, por lo que no vale la pena mencionarlos en este espacio. Lo que sí vale la pena destacar fue la respuesta mundial ante este evento, el cual, sumido en indiferencia, se dio cuenta de los graves problemas en los que está sumida, tristemente, la mayoría de la población de nuestro pálido punto azul.
Hubo buenos y malos, por supuesto. Por un lado, es encomiable la ayuda humanitaria prestada, por pequeña que sea, por parte de todo el mundo.

Tomado de Wikipedia.
Uno a veces puede llegar a ser ingenuo al decir que la ayuda ante este tipo de situaciones será insuficiente, independientemente de las cartas en el asunto que quiera tomar, porque, como con todo, están los que sólo opinan y desde luego los que sí deciden formar parte activa del cambio e interceder en ello. Esta es de esas oportunidades en que se ve con alegría que la colaboración es propicia, en especial para la imperativa necesidad de salvar vidas, y quizá para la reconstrucción y posterior reparación de edificaciones (que se encontraban en tan pobre estado), para asegurar un buen camino para la recuperación de este país.
Los que tuvimos la oportunidad de aportar un granito de arena esperamos que vayan a manos que lo sepan administrar bien en nuestro lugar, que estamos lejos y no podemos por diversas razones (nuevamente, por pequeñas que sean). Hubo quienes dieron dinero, otros ofrecieron ayuda en especia, equipo de salvamento; otros ofrecieron ambas cosas. Lo importante es que el mundo comprendió la gravedad de la situación, y se conmovió con un todo un pueblo, pues fue la totalidad de Haití la que se vio afectada por el sismo.

Países que aportaron para aliviar la situación de Haití. Tomado de Wikipedia.
Por otro lado, no falta el que quiere meter ideología en este delicado tema. Nunca entenderé la decisión de las Naciones Unidas de mandar a Bill Clinton como enviado de… la verdad no sé.
Por muy buenas que hayan sido las intenciones del organismo, es necesario comprender que en este momento existen necesidades más apremiantes que satisfacer antes que enviar a un embajador de buena voluntad, o lo que quiera que sea. Fue un columnista el que dijo que ese mismo espacio ocupado por un político lo podría haber ocupado “un médico traumatólogo con su maletín de primeros auxilios, o un perro de rescate con su cuidador”; cabe anotar que no se refería a Clinton, sino a Álvaro Uribe, quien inexplicablemente también fue allá a “coordinar” las acciones humanitarias enviadas por Colombia… tan cerca a los comicios electorales.
También estuvieron aquellos trogloditas que afirmaban conocer las razones del sismo. Pat Robertson, pastor evangélico estadounidense, afirma que la catástrofe se debió a un previo pacto de los haitianos con Satanás. Algo parecido enunció la bestia tropical Hugo Chávez, al afirmar que fue otro Satanás, esta vez personificado en Estados Unidos, quien, al conducir ejercicios de la Armada en el Mar Caribe, ocasionó la tragedia. Estúpidos insensatos.
Y otra cuestión, que sí me ocasiona una terrible pena, es ver el manejo que le han dado los medios de comunicación a la noticia, en especial a la parte gráfica. El tono, el formato y las imágenes empleadas para cubrir este suceso sólo puede otorgársele el calificativo de “amarillista” en la mayoría de los casos. Quedé particularmente desilusionado con el ángulo con que fue tomada la noticia por parte de medios de países europeos. Me pregunto yo, acaso, ¿qué pretendían? ¿sensibilizar? Si son auténticos comunicadores, bien saben que existen miles de métodos para lograr el mismo efecto sin el burdo recurso del sensacionalismo. Muy malos profesionales, y terrible gestión de la información. ¿Que es otra cultura, alegarán algunos? Pues, por mí, se pueden meter su cultura por donde no les da el sol, porque esos reportajes tienen un nombre: mierda.
Procuremos quedarnos, entonces, con una importante lección: sin duda es indispensable reaccionar bien, tal y como se ha venido haciendo hasta el momento, para colaborar y ayudar a aquellos que sufren un inmenso revés, tal y como ocurrió en Haití, pero sin duda es la prevención y el llamado a la consciencia de que todos somos humanos lo que debe prevalecer ante todo. Que esto sea una importante lección para todos, no sólo en cuestiones de desastres naturales, sino para la vida en general. Es que es preciso ayudar ahora a quienes lo necesitan, en cualquier cosa, pues es seguro que alguien precisa de ayuda. Lavémonos esa horrible costumbre de sólo actuar cuando ya es tarde, de cambiar sólo cuando estamos ante el precipicio.
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