Tecnología, y la reducción de la esfera privada

Felipe, mi compañero de apartamento en Pamplona, a duras penas se separa de su Blackberry. Aun después de su horario laboral, donde desempeña una labor de agente comercial, por lo que he escuchado excepcional, con países del extranjero, en especial de América Latina, sigue conectado a sus responsabilidades al ser bombardeado constantemente por correos electrónicos o ventanas de chat de personas que se encuentran lejos de ahí. Yo incluso me muestro molesto, cuando Pipe debe desatender a las banalidades que le digo para ocuparse de alguna cuenta en Bogotá, Lima o Ciudad de Panamá.

También recuerdo cuando mi padre empezó con su Blackberry, reemplazada en la actualidad por un descrestante iPhone. Por 26 años tuve que conformarme con verlo unas pocas horas por la tarde, en las que se notaba extenuado por una jornada agotadora y prefería no ser molestado, sin que ello signifique que no me prestara atención, o, incluso, que yo se la exigiera. Las horas de la tarde también se volverion horas de trabajo para él, siendo tan comprometido con su labor, y sus colegas, conociendo esa faceta, no reparaban en cuestionarse lo apropiado de invadirle su espacio personal con su familia. Ese led rojo que se encedía significaba que alguien, en algún lado del orbe, esperaba ansioso alguna respuesta de don Iván. Como yo no le daba el dinero para comer por ser mi padre, era preciso entender que era su obligación atender a su trabajo, sin importar qué, con tal de que pudiéramos llevar una existencia comfortable.

También me acuerdo de principio de los noventa, cuando le asignaron su primer teléfono celular: una impresionante mole que le arruinaría los discos vertebrales a cualquiera. Siempre fue mi deseo deshacerme del ruidoso aparato aventándolo a algún árbitro de fútbol, aunque para ello hubiese necesitado de una fuerza sobrehumana si acaso hubiese querido alcanzara la gramilla. Los móviles redujeron su tamaño, los dolores de espalda desaparecieron y las funciones tecnológicas aumentaron. ¿Todo para qué? Para que el usuario pudiera ser ubicado en cualquier lugar. Antes nos íbamos de vacaciones fuera del alcance de las garras corporativas… eso ya no es posible.

Sí… no siempre fue así. Todo fue un proceso. Todos nos vimos envueltos en ese proceso. Yo también caí en la necesidad de la telefonía celular, cuando empezaba mi vida en la universidad. Y no sólo en eso, sino también en otros asuntos como las redes sociales e incluso este mismo blog, continuación de uno que tuve y que destruí por ser monstruosamente inútil. Atendí a las bondades de la tecnología, tal como lo hicimos todos, sin saber que estábamos rindiendo progresivamente nuestro espacio personal, exponiéndolo ante todo el mundo.

Ante toda esta corriente y las inevitables tendencias tecnológicas, no evito en pensar en un libro que consultaba continuamente en la universidad, la condición humana, de Hannah Arendt. En él, además de muchos otros interesantes temas, se hablaba del continuo avance de la “esfera social”, una intersección entre la vida pública, esa que corresponde a todo lo que es accesible a la totalidad de la población, y la vida privada, todo ello que nos implica sólo a nosotros y a nuestros seres cercanos.

Esa esfera social, en tiempos pasados, ganaba terreno por medio de chismes y demás comentarios figurativos acerca de las intimidades de propios y extraños, así como por movimientos tradicionalistas y conservadores que buscaban trancar cualquier avance o progreso de la humanidad. Hoy todo ello se ha radicalizado, y no es sorpresa encontrar una foto colgada en la red de nuestras épocas de colegio en que aparecemos con la cara abarrotada de chocolate, para el deleite de propios y extraños.

¿Es esto bueno, malo, indiferente? Como todo en esta vida, nada en sí es bueno o malo, sólo el uso que se le pretenda dar. A unos les encanta el hecho de figurar en Internet, hablar con sus 15.000 amigos de sus redes sociales o pasarse las horas de la tarde hablando por celular con clientes al otro lado del globo. Otros cierran esa posibilidad de tajo y no quieren ni enterarse de ello. Lo importante es saber sacarle el provecho que se merece y que cada uno pueda controlar.

Sin embargo, temo que llegará el día en que todos estemos inevitablemente comunicados, sin importar dónde nos encontremos, bien sea en el trabajo, en el baño, en la cama, solos, acompañados, tristes, alegres. Sólo espero que esos avances vayan en concordia con nuestro sentido de humanidad, y nunca en detrimento de la persona.

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~ por Juancho H. en marzo 13, 2009.

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