Del carisma

La democracia es la “menos peor” de las propuestas de gobierno, dijo una vez Winston Churchill, famoso primer ministro británico, premio Nobel y sibarita empedernido. Ahora, por cuál de esas tres condiciones haya dicho tal frase, en medio de tantas otras que resonaron tanto, es irrelevante por el impacto que causó.

¿El “menos peor” de una categoría lo convierte en el mejor? En términos prácticos, sí. Pero eso no deja de significar que sea un sistema incompleto, un boceto de una propuesta de participación universal y ecuánime. Cada país autodenominado democrático escogió diversas vertientes de la proposición original de Montisquieu de las tres ramas del poder, así como otros de corte comunista lo hicieron con Marx.

Sí. Incompleto. Para ser un poco más fuerte, mediocre. La razón es simple: los intereses del pueblo no se ven reflejados en sus dirigentes; el pueblo escoge a sus dirigentes; el pueblo no sabe lo que quiere; el pueblo merece a los dirigentes que lo gobiernan.

¿Qué lleva a un individuo a alcanzar una posición de autoridad en un sistema democrático? ¿Qué tienen en común un presidente, un congresista, un alcalde, etcétera, para alcanzar esos estados de prestigio? Ante todo, y ello se repite en un bucle interminable, es la presentación de una imagen convincente. Pueden ser ideas descrestantes o revolucionarias, una maquinaria partidista poderosa, o incluso ser atractivo/a. Todo ello viene implícito en la virtud del carisma.

No nos dejemos engañar. La creación de un candidato carismático requiere de mucha planificación. Un personaje público generalmente tiene un séquito detrás que le asesora, le arregla, le viste, le acondiciona para cada situación particular. Nunca conocemos en realidad a la persona por la cual votamos. Conocemos a un constructo, una elaboración maquinada para que se ajuste a unas necesidades ilusorias de una masa popular y, por desgracia, nunca lo suficientemente informada.

Los creadores de imagen pública andan con El príncipe debajo del brazo, además de otros apuntes personales que la misma experiencia les va otorgando, como que por ejemplo la rectitud no es carismática, mientras que un carácter fuerte lo es. La confusión e incertidumbre funcionan bien. “Miente, miente todo lo que puedas, que algo quedará”, era la máxima de Goebbels, infame ministro de propaganda de la Alemania nazi.

Es un tema complicado. Es más, es incluso hasta tabú hablar de él. Caramba, si hasta me siento hablando de algo que escapa a mis capacidades de comprensión (y me considero una persona inteligente, al menos eso me dice mi mamá). No sugiero expropiar del poder al pueblo. Nunca pensaría en hacer algo así. Es cierto que el sistema de prueba – error es lento y horrorosamente ineficiente, pero al fin y al cabo efectivo. Quizá el pueblo tarde cientos de años en comprender qué es lo que realmente quiere. Unos cuantos dirigentes cortados de la misma tijera, todos en una secuencia moebiana o una cadena sin fin, den como resultado por lo menos a uno que sí sepa qué es lo que hay que hacer.

Alguien que algún día tenga las huevas para decir: “Quisiera que ahora ese viejo borracho de Churchill critique qué bien nos va”

~ por Juancho H. en marzo 14, 2009.

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