De la desnudez

Desnudo, da: adj. Sin vestido. (Definición de la R.A.E.)

Un amigo, representante de ventas para una empresa española, le fue asignada una cuenta en los Emiratos Árabes Unidos, en la prestigiosa ciudad de Abu Dhabi, para muchos “la ciudad más rica del mundo”. En cierta ocasión nos pusimos a conversar, con el ánimo de comparar, las costumbres de los árabes, según su perspectiva, por supuesto. Contaba él que, contrario al imaginario popular, su vestimenta es de lo más sagrado para ellos, llegando a cambiar de indumentaria varias veces al día, con tal de mantenerse “planchados” e impecablemente limpios.

En tono de broma, alguno preguntó entonces cómo hacían estas personas para ir al baño a hacer sus necesidades. Yo, para no quedarme fuera de la conversación, sugerí que lo más conveniente, hablando específicamente de los hombres cuando quieren orinar, era enrollarse el chilaba debajo de la quijada para evitar incidentes incómodos. Otro cuestionó si la mencionada técnica funcionaría también cuando la urgencia de la necesidad mandaba al hombre a sentarse… más exactamente, si funcionaba cuando quería defecar. Entonces sugerí que, para no “embarrarla”, las personas podrían optar por quitarse la vestimenta. Todos rieron. Un amigo que estaba sentado enseguida mío me preguntó, en medio de una carcajada, si no me sentiría demasiado incómodo estando sentado en el inodoro, sólo con las medias y los zapatos puestos.

Más allá de causarme gracia, un pensamiento me atravesó la mente en ese momento: ¿por qué habría de verse mal eso? Lo que más me llamó la atención es lo inclinado que estaba yo al pensar que, de hecho, se vería muy ridículo una persona desnuda con zapatos puestos, más si éstos eran de marca Gucci, como suelen llevar los potentados abudabíes. Y, más allá de eso, es la curiosidad que me despertó el hecho de no verlo ridículo por estar desnudo, sino por llevar zapatos estando desnudo.

Otro día, cuando caminaba a la parada de bus para ir al trabajo, supuse qué pasaría si en ese momento yo andara sin ropa. Ahí, en pleno invierno europeo, dos metros de humanidad empelota. Podría ser perfectamente posible, pues no hay leyes que lo prohíban. En Barcelona, un hombre sale desnudo con un letrero donde expone el decreto real que, con una adecuada interpretación, le permite andar por la calle como su madre lo trajo al mundo. En San Sebastián hay un caso similar, aunque más valiente, al tratarse de un hombre que expone sus genitales contra la dura superficie de un sillín de bicicleta.

La primera sensación que sentí, al idear mi escenario, no fue de vergüenza, sino de frío. Si yo viera a un hombre desnudo, creo que esa sería mi primera reacción, aparte de lo insólito que sería romper el tranquilo y rutinario esquema del vestido: me compadecería al verlo sin nada que lo abrigue.

Caso contrario a lo que sucediera si, de acuerdo a mi experimento imaginario, me pusiera a mí mismo prendas aleatorias que harían ver extraña mi desnudez. Empecé con los ya mencionados zapatos. Le inserté medias porque los pies tienden a sudar más sin ellas. Vi la ventaja de llevar calzado al no exponerme a una pisada desagradable, pero la ilusión de desnudez se rompía, y, más que ello, se desfiguraba. Me sentía demasiado ridículo. Así sucedía si cambiaba por una gorra, una camisa, una bufanda, unas gafas de sol, unos guantes, cualquier cosa que no incluyera una cubertura para la cintura.

Ignoro cuánto pudor, si poco o mucho, habré sentido al imaginarme en dicha situación. No lo podría cuantificar. Desde un punto de vista práctico, la vestimenta tiene como propósito proteger a la persona contra las inclemencias del clima y evitar que ciertas partes del cuerpo (en especial los genitales) se deformen por una ausencia de soporte, causando malestar. El propósito más “correcto” de guardar la compostura lo fue asignando la sociedad con el tiempo. La leyenda bíblica cuenta que Adán y Eva se escondieron de Dios cuando éste llegó y aquéllos ya habían probado la fruta del Árbol de la Vida. Estaban completamente desnudos, pero ya no lo estaban cuando se cubrieron con la hoja de parra. Mi pregunta es, entonces, ¿lo seguirían estando si se cubrieran, se forraran, se empacaran completamente en follaje, a excepción de sus genitales?

Si me lo preguntan a mí, sería una mala desnudez; una desnudez trastocada, poluta, alterada y ridícula. Sería una exposición sin sentido. No tendría por qué ser así si la desnudez fuera completa, y no habría por qué sentir verguënza de ello, sino más bien frío o una quemada de piel, dependiendo de las condiciones climáticas. La desnudez debe ser sin ningún vestido, sin atadura, sin ridículos.

O tal vez yo esté equivocado, y el pudor debe extenderse hasta ahí, y hasta la eternidad.

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~ por Juancho H. en marzo 15, 2009.

Una respuesta to “De la desnudez”

  1. Joo! que soy el primer afortunado en escribir un comentario en vuestro blog. Apreciado Juachoh, tu combinacion de humor, sarcasmo y palabras muy bien escogidas, hacen de cada una de tus entradas un deleite para distraerme en mis horas de desocupe en la oficina. En horabuena!

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