Imagen

Todo lo que recibimos por los ojos son imágenes. Haces de luz concentrada, que nuestro cerebro identifica y cataloga según le parece.

En una ocasión pasada hablaba de la otra definición de imagen, y es esa abstracción que tenemos de las cosas, en especial de las personas. Recuerdo mucho un episodio de Neon Genesis Evangelion, un anime japonés de mi adolescencia, en la que el protagonista, Shinji, conversa consigo mismo. En ese momento, tras la confusión del Shinji “consciente”, la conciencia de Shinji le explica a éste que es “el Shinji que vive dentro de él”, así como existen muchos Shinjis: el que habita dentro de su egocéntrica y sensual compañera, su insegura y sensual jefe (¡muchas mujeres sensuales en esta serie!), su distante padre…

Claro que existe una constante preocupación acerca de nuestra imagen; después de todo, es la misma esencia que nos permite ser humanos. Una cuestión que nos taladra permanentemente la cabeza es cómo están “parados” nuestros otros “yo” en la mente de los demás. Ahora, la importancia que cada cual le atañe a dicha preocupación es dependiente de cada quien: hay quienes desean estar bien con todo el mundo, asunto de por sí imposible, mientras que existen los otros melancólicos y meditabundos que les da igual. A todos nos preocupa (a mí me preocupa, incluso a Diógenes; especialmente a Diógenes, quien veía en su comportamiento muchísimo significado). Es la misma alma de la humanidad. Nunca conoceré al otro “yo” de la mente de mi padre, pero estoy seguro que debe ser un buen tipo; después de todo, mi papá todavía me habla, y asegura constantemente quererme mucho.

Por supuesto, es de increíble prioridad saber que ese “yo” de mi padre sea y siga siendo un buen tipo, pero sinceramente me importa un bledo que el otro “yo” de los viandantes de la Comunidad Valenciana sea un descarado, o el de los del Cantón Ticino, o el de los de La Pampa. Es más, me da igual lo que piensen mis vecinos. Es importante, pero no vivo de eso. Me ayuda a vivir lo que piensa mi familia, mis amigos e incluso conocidos más cercanos, disminuyendo en ese orden su importancia. Hay quienes sí viven de eso, pero dejaremos a un lado los enfermos obsesivos para concentrarnos en aquellos que sí hacen de su imagen su herramienta de trabajo.

Sí… los que más necesitan de su imagen son los políticos. Ellos tienen una ventaja que quizá un mortal cualquiera como yo no tiene: puede hacerse a una idea bastante clara de lo que piensan los demás de él, es decir, conocer con esos otros “yo”, y además puede alejar a un número significativo de gente para evitar conocer al “yo” consciente. En otras palabras y para no enredarnos tanto, pueden y necesitan elaborarse una imagen si es que quieren llegar a algún lado, alcanzar sus objetivos y “triunfar”.

Siempre me ayudó a pensar en los políticos como terratenientes acaudalados del rating. Laura Acuña quiere verse siempre bien y, para un segmento más “hambriento” de la población, “buena”. Así de bien quieren lucir también Uribe, Zapatero y Sarkosy (es problema de ellos si quieren verse “buenos”… la verdad, sería muy triste), así como sus ubicuos opositores.

La imagen de ellos no es sólida y firme como lo podría ser la de cualquiera de nosotros: en cambio, es falsa, efímera, caduca, como hecha de barro empapado que necesita constante manutención. Una hermosa escultura en arena puede convertirse en segundos en una masa amorfa e inentendible. Los autores y “maquilladores” de imágenes públicas quieren controlar esas imágenes. Poderla llevar y gestionar como ellos quieran; poder orientar a los que están interesados en esa imagen alterna, en esos otros “yo” fabricados, tanto como si fueran sus mismas imágenes, a su antojo… eso es la definición más cercana al poder que uno pueda imaginarse.

Aunque, ahora que lo pienso bien, sí se trata de una auténtica obsesión la de estos acaudalados imaginarios. Debí omitirlos también.

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~ por Juancho H. en marzo 16, 2009.

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