Contravía

Dos declaraciones. Dos puntos de vista. No tienen nada que ver lo uno con lo otro, pero, sin embargo, son completamente opuestos.

Bernat Soria, ministro de Sanidad y Consumo del gobierno español, afirmó hoy que el camino que sigue la Iglesia Católica es “diferente al que sigue la sociedad”, refiriéndose a una campaña que empezó la Conferencia Episcopal Española en contra del aborto, donde comparan la posición de privilegio que tiene el lince, un animal en vía de extinción ahora protegido, frente a los miles de casos que se presentan donde las mujeres embarazadas deciden o son persuadidas a interrumpir el proceso de gestación.

Más allá de la discusión que pueda suscitar en el ámbito nacional, me voy a centrar sólo en la declaración del señor Soria. Ir en una dirección diferente a la sociedad se entiende a ir en contra del progreso humano, sea cual sea el campo del que se hable, sea científico, teológico, etcétera.

La segunda declaración, esta vez de boca del mismísimo Papa Benedicto XVI, en marco del viaje del clérigo al continente africano, tiene que ver con la pandemia del SIDA. El obispo de Roma aseguró que la enfermedad “no se resuelve con preservativos”, sino a través de la “renovación humana y espiritual de la sexualidad”.

Me imagino, y me aventuro a pensar, no sé qué tan arriesgadamente, que cuando Mr. Ratzinger se refiere a una renovación de la sexualidad, lo hará pensando en que ésta debe tratarse de un proceso supervisado por la doctrina católica.

Hoy escuché estos testimonios e inmediatamente recordé una afirmación que hizo un profesor en la universidad. El susodicho, supernumerario del Opus Dei, sentenció que “un Papa que autorice el uso de preservativos, la unión homosexual o el aborto, o cualquier otra abominación (sic) debería ser destituido ipso facto

(Pude haber puesto signos de admiración, porque de hecho el mencionado académico grito con bastante confianza, pero se hubiese visto algo amarillista, y no me gusta esa mierda)

Tal vez pueda tener razón, pero visto desde el punto de vista de la credibilidad. Una institución de 2.000 años de antigüedad (pregúntenme cuánto me importa si me equivoco en unos cuantos años), que cada día se parece más a una corporación de la fe que a un baluarte de la moral y el valor, no puede darse el lujo de andar cambiando de preceptos cada cuarto de hora… una organización funciona o no funciona, es así de sencillo, y tendrá o no popularidad acorde a sus principios en determinados sectores.

También es cierto que ciertas cosas se vuelven obsoletas, y considero que la Iglesia Apostólica Católica y Romana es una de ellas.

Si se le preguntan a los jóvenes de hoy que si creen en la Iglesia, probablemente responderán que no creen en la institución, pero sí en una suerte de Dios personal, con el que hablan preferiblemente por las noches, o a veces conversan en sus cabezas. La verdad son muy pocos los que todavía mantienen la costumbre de ir a la Iglesia por una convicción auténtica, de creer en la penitencia, la comunión y la confesión sacramental. Sencillamente es mucho más sencillo y entendible que un abogado, ingeniero, médico, sicario, ladrón, asesino, limpiavidrios, reciclador o ministro de Sanidad y Consumo ajusten sus directrices de fe a las que han recibido en casa y en su entorno inmediato, y tengan a un juez supervisor al que llaman Dios, y que por cultura lo asocien con el católico de toda la vida.

Sí. Obsoleto. Quizá eso fue lo que quiso insinuar Soria, de una manera muy diplomática. ¿Y si mañana el SIDA se puede curar mañana gracias a las células madre pluripotentes que se obtienen de los óvulos fecundados, a través de procedimientos tan complicados que no me quiero poner a explicar acá porque me da mucha mamera? Creo que la respuesta de Joseph seguirá siendo la misma, ¡Ah! y la de “sufrir con los que sufren”.

Por un lado se tiene que empezar. Cada cual colabore como le apatezca, pero no nos pisemos las mangueras si se trata de ayudar a nuestros congéneres. Y, por favor, señores párrocos, deberían tener un poco de compostura y evitar campañas gráficas indignantes. Eso es amarillismo y, no sé si ya lo mencioné, pero odio esa mierda.

~ por Juancho H. en marzo 17, 2009.

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