Espirales

Cosa extraña el Opus Dei. No tengo nada en contra suyo, pero sí lo encuentro bastante curioso. Fui a una universidad confesional de esta orden, y pasé una época muy feliz de mi vida, donde conocí personas excepcionales que hoy recuerdo con mucho afecto. Lo único es que, aunque lo nieguen hasta la saciedad, son un poco solapados a la hora de reclutar nuevos miembros. Eso no tiene nada de malo, me refiero a aceptar que son militantes. Después de todo, ¿qué organización no es activa a la hora de reclutar miembros, más si tienen una doctrina tan fuerte como la católica ultraconservadora? Ya es diferente si analizamos el método que empleen…

Retrocedamos dos años en el tiempo, al mes de abril de 2007. Yo cursaba octavo semestre de periodismo y, así como había ocurrido en periodos pasados, muchos compañeros y profesores se me acercaron para invitarme a una convivencia a una de las residencias de la Obra en un pueblo cercano. Siempre me mostré escéptico ante este tipo de reuniones, aunque siempre me llamó la atención el porqué muchos compañeros que me agradaban coincidían en decir que era una experiencia agradable, si bien productiva. Presencia de seminarios, charlas y actividades al aire libre eran cosas de todos los días. Yo, sin embargo, me mantenía terco en mi posición de no ceder.

Un día mi novia de ese entonces se me acercó, y me incitó a que, debido a que después de mitad de año debía emprender mi viaje a Europa a seguir mi formación académica, fuera a la convivencia, pues después no tendría la oportunidad de hacerlo. Además asistirían amigos míos que harían muy placentera la estadía, contando también con profesores que aun hoy día son de confiar. Entonces accedí.

Resumiré rápidamente cómo era la situación en la convivencia. Las habitaciones eran de dos camarotes, es decir, para cuatro personas. Temprano en la mañana teníamos una hora para bañarnos y vestirnos para la misa diaria… aquellos que no quisieran estar en el servicio (me pareció muy extraño que sólo optábamos por esa opción un profesor y yo, entre unas 60 personas) debían “abandonar” la casa, pues durante ese tiempo era que las auxiliares hacían el aseo y arreglaban los cuartos (el término “auxiliar” lo comprendí después, al referirse a aquellas mujeres que colaboran con las labores de logística y manutención de la pulcritud general, es decir, las que limpian y cocinan). Luego, durante todo el día se realizaban diversas actividades, donde también había una hora de “descanso” donde se armaban partidos de fútbol, baloncesto o tenis. Yo optaba por la segunda opción, y mi compañero de juego era un curita que compensaba su falta de talento con mucha determinación. La hora del almuerzo y la comida era de lo más curioso, pues funcionaba muy similar a como lo hacen las escuelas secundarias, con la diferencia de que el “servido” nunca ve a la que sirve, debido a un enorme cristal opaco que cubría por completo a las auxiliares, a excepción de una pequeña rendija por donde nos pasaban la comida.

– ¿Por qué funciona esto así? – le pregunté al director de la casa, un profesor de Historia Contemporánea, español y ferviente hincha del Barça, quien era y sigue siendo muy majo.

– Esto es un retiro de hombres, y la experiencia es más completa si mantenemos una distancia prudencial entre sexos – me contestó, con una extraña sonrisa en el rostro.

Lo peculiar no fue sólo su respuesta, sino el hecho de que sonriera de ese modo al decirlo. Era una combinación de sonrisa que combinaba la satisfacción de aquel que dice “me acabo de echar un pedo inmundo” y otro que lleva una existencia feliz y divertida. Me sentí un poco desconcertado, y temo que hasta el día de hoy no he podido comprender el porqué de la metodología de una separación total de sexos para convivencias.

Un día, después de la hora del almuerzo, fui llamado a una reunión privada con el curita basquetbolista. Me sorprendió tal convocatoria, y en un principio me pareció improbable que me llamara por el hecho de evadir misa, pero por desgracia esa era precisamente el motivo, y él estaba interesado en conocer mis razones de este “comportamiento”.

– Un amigo tuyo – del cual no diré el nombre, pero por motivos de identificación llamaré cariñosamente Némesis – dice que nunca vas a misa por las mañanas, y que prefieres salir a leer al jardín.

El libro se llama Antología de Grandes Crónicas Colombianas, y recuerdo que para ese entonces iba a empezarlo con “Teresita la descuartizada”. Mi respuesta fue, sin embargo, que si por mí dependiera prefería leerlo dentro del recinto: afuera se iba el tiempo mientras un lector frustrado espantaba avispas y abejas, o corría por su vida mientras éstas pululaban.

– Quisiera que me dijeras por qué optas por no ir al servicio – apuntilló el padre, que durante esa época carecía de voz luego de salir de un fuerte catarro, o de un concierto de Heavy Metal… católico, por supuesto.

Hubiera podido decirle que mi libro era cincuenta veces mejor que aguzar el oído para escuchar el disfónico sonido de sus cuerdas vocales. Ahora, y repasando las cosas, pienso hubiese sido mejor que la otra explicación que finalmente di: que yo era agnóstico.

Era como si le hubiese cometido una falta flagrante a siete centímetros de la cesta. Era como si me hubiera echado un pedo inmundo y hubiese sonreído como el director de la casa. Qué hubiese sucedido si mi cosmovisión del mundo ya fuese ateísta como en la actualidad, no lo sé, pero sólo puedo decir que a ese hombre se le partió el corazón en quince millones de fragmentos.

– Quiero que me expliques este comportamiento.

Ni un “por favor” ni nada. Él demandaba que yo le explicara por qué me había descarriado. Quería saber por qué era la oveja que se había apartado del rebaño y se iba a leer el compendio de Daniel Samper al jardín. De repente me sentí acorralado, me sentí en territorio ajeno, como si hubiese profanado la santidad de un altar de la manera más blasfema imaginable. Tuve en ese momento el deseo de callarme, de guardar silencio. Apuesto que él hubiese querido eso, asociando tal reacción con una flagelación interna de mi parte, en señal de arrepentimiento. En su lugar, sólo pronuncié la siguiente lapidaria frase:

– ¿Ha leído la Biblia? Bueno, yo la he leído bastante, y no creo nada de lo que hay ahí.

Mi mirada fija en sus ojos claros, resguardados tras unos cristales como peceras, seguramente le indicaron que yo consideraba hubiera hecho nada malo. Analicé todas las posibles reacciones a esa frase. Hubo dos cosas que pudieron pasar para que la situación se “desmadrara”. Uno era que me pegara, en cuyo caso, además de sorprenderme, tendría que contenerme para no lastimar el cuerpo del curita de la manera que lastimaba su orgullo en la cancha de básquet. Y la otra era que utilizara su influencia para retirarme de la institución académica, en cuyo caso yo hubiera iniciado un proceso legal que fácilmente hubiese ganado.

Por fortuna, mi salvaje imaginación se quedo en eso, en puras fantasías, y el curita reflexionó y comprendió que, muy a su pesar, existen muchas vertientes de pensamiento.

La conversación se extendió por otra hora, en donde se tocaron temas de conversación variados y, debo reconocer, bastante agradables. Todo terminó cuando le dije que, en una clase de religión en otra institución, un compañero había dicho que Karol Wojtyla era un politiquero, y bastante sucio. Evidentemente en ese paseo, además de la experiencia de presión que aquí expongo, aprendí otras dos cosas: que los curitas pueden jugar baloncesto razonablemente bien, y que pueden decir palabrotas con extrema fluidez cuando se sienten heridos en su fe, o desprestigian a sus ídolos.

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Una vez me contaron un chiste, en la que, por circunstancias de la vida, un negrito aparecía en una convención de skinheads con una estrella de David dorada que le colgaba del cuello, además de unas largas patillas perfectamente rizadas y un kipot debidamente puesto en la cabeza. Antes de entrar, el portero, que no tenía nada que ver con la ideología o los asistentes, le preguntó sorprendido que qué asuntos tenía un negro, para más piedra judío, en una convención de nacionalsocialistas. El negrito, con la muñeca partida, le respondió “¡Ay, mi amor!, y eso no es todo, gordito”.

Aparte de la gracia que me causó en el momento, me quedé pensando en qué habrá motivado a este personaje a asistir a tan obscura reunión. Modifiqué el escenario y lo ajusté de tal forma que el individuo pudiera de hecho ingresar al mitín. Por ende, removí las características de negro y judío y dejé solamente la de homosexual. Entonces imaginé que Matthew Perry era gay (si lo es no me incumbe, ni me importa) y estaba sentado entre la multitud de n cantidad de nazis, todos rabiosos e inseguros de sí mismos, con mucha agresividad por demostrar.

Puse el escenario donde el ponente principal hablara específicamente de los gays, y los problemas que éstos representan para estos otros individuos. Puse también que el personaje que se encontrara al lado de Matthew fuera el más convencido de su causa, además de particularmente comunicativo y expresivo en cuanto a las cuestiones de qué le gustaría hacerle a los depositarios de su fobia, y que todo ello lo compartiera con nuestro amigo.

¿Qué podría pensar Matthew?

Lo primero que se me viene a la mente es que su fortaleza de principios en este momento es irrelevante, porque no hay cosa más fuerte en una persona que el instinto de supervivencia, superado quizá por la preservación de los hijos de una madre de verdad (digo de verdad porque cualquiera puede tener un hijo, pero ser padre es muy diferente). Segundo, y aparte de maldecir a su destino por haberlo colocado en esa situación (en este caso sería a mí, que ideé esta disyuntiva), empezaría a interactuar con el individuo rabioso y peligroso del lado, que además es muy grande y extremadamente rudo y musculoso (eso se me acaba de ocurrir) con tal de que no sospechara que en ese momento llevaba una tanga con una bola ocho pintada en el culo y unas letras estilo Timoteo que rezaban ¡enchocola!

Así, en esta situación de extremo peligro y amenaza, lo que un individuo puede hacer es guardar silencio, e incluso puede llegar a compartir su manera de pensar al verse sugestionado por un ambiente impregnado de esas ideas y expuestas tan convincentemente. Es decir, que en el ejemplo Matthew podría reconsiderar su existencia de homosexual y detestar esa condición que, de no existir, no estaría tan temeroso.

Ahora, llevando esa idea al mundo real y no uno tan extremo y sádico como el que expuse, se puede apreciar que una persona pierde rápidamente su valor, sus principios y su pensamiento más básico si su integridad se ve amenazada por algún motivo. Son muy pocos los que se abstienen de salvar el pellejo por conservar sus ideales, dando como resultado siempre la misma consecuencia: la desaparición, bien sea física o ideológica del individuo.

¿Qué puede uno aprender de estas espirales del silencio, en las que cualquiera se ve sumido? Que la masa, más cuando comparte fervientemente una misma opinión, es muy poderosa; que es mejor agruparse con personas que comparten un mismo sentido de la tolerancia que uno mismo, además de procurar no hablar nunca, como dice mi padre, de política o religión con extraños, y nunca, por ningún motivo, entrar a una reunión de skinheads, para todos aquellos maricas, o ir a una convivencia del Opus Dei, si eres agnóstico.

Me he arrepentido muchas veces de haber hablado; jamás de haber callado.

Xenócrates

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~ por Juancho H. en marzo 17, 2009.

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