Protágoras

Acaso (Protágoras) no dice algo así: Tal como me parecen las cosas, tales son para mí, tal como te parecen, tales son para ti. Pues tú eres hombre y yo también.

Creo que de mis filósofos favoritos, después del excéntrico y nudista Diógenes, es Protágoras de Abdera. Lastimosamente no se conocen obras completas de este pensador, pero sí existen referencias hacia él, como una muy famosa que le hizo el mismo Platón, llamada simplemente el Protágoras.

Lo que se cuenta de él, porque hay que considerar que, un sujeto que existió tanto tiempo atrás sólo se le puede conocer a través de la opinión de conocidos y estudiosos, difusa a través de los siglos, es que fue un hombre de clara mentalidad, de un ingenio e inteligencia inusitados.

Era también, en el sentido adquisitivo, contrario a Diógenes y su filosofía de pobreza. Calculaba Platón que Protágoras era inmensamente rico, incluso más que Fidias, el escultor más grandioso de la antigua Grecia. Los discípulos, a los que recibía a granel, quedaban muy satisfechos con su método y lo recomendaban a otros aristócratas.

Fue el más grandioso sofista, pero también un gran retórico y el precursor de la heurística. Platón lo denominó “el campeón de la vida cotidiana”.

Existe una leyenda, que pasó a la historia como una paradoja homónima, donde uno de sus discípulos, Evatlo, acordó con su maestro pagarle sus honorarios cuando ganara su primer juicio. Tras una secuencia de casos perdidos, y la negativa del estudiante a desembolsar lo adeudado, Protágoras lo demandó ante la corte, exigiendo el pago de sus honorarios. Si perdía, la corte le exigiría pagar, pero si ganaba debía cumplir su promesa.

Todas estas facetas me parecen fascinantes, incluso intrigantes, pero existe un legado por el cual yo aprecio a este filósofo sobremanera: el principio de que el hombre es la medida de todas las cosas.

Detengámonos un momento a analizar esta frase. ¿Qué es lo que realmente significa? ¿Lo debemos tomar literal? “Bogotá está a 295.000 hombres de Cali”, o “Alfredo, estás obeso porque pesas 2,52 hombres”, o “con una temparatura de un hombre es difícil jugar fútbol”, o la bien famosa “¡están lloviendo hombres!”.

Considero que lo que Protágoras afirma en su legado es que, en cuestiones de ética, moral y valores, el hombre es la medida definitiva. Hablamos del establecimiento de la perspectiva individual, más que un conjunto de preceptos inmóviles al que todos nos debemos atener. “No robarás”, reza uno de los mandamientos; pero, ¿qué hay del que muere de hambre y no puede conseguir el pan? ¿Debe acaso morir de hambre para no romper ese mandato “divino”? Si no es así, ¿hasta qué punto debe llegar para saciarse?

Es verdad: las leyes y las normas son necesarias para otorgar un establecimiento de orden, pero, más que eso, deben ser una guía, un referente para que las mismas personas, además de considerar su entorno inmediato, puedan hacerse a una idea de lo bueno y lo malo.

¿Lo bueno y lo malo? Nada en sí mismo es bueno o malo solamente. El hombre más noble, más exaltado y feliz es capaz del odio recalcitrante y de sentir o experimentar cualquier cantidad de “anti-virtudes”. El hombre es entonces una gama de sensaciones, sentimientos, valores, virtudes y pensamientos expresados en mayor o menor medida. Todos somos capaces de cualquier cosa, porque somos hombres, y estamos sujetos a la eventualidad, a la incertidumbre y a las consecuencias. Conceptos axiomáticos como justicia, verdad y honor no son inmutables ni inmóviles, sino que son perspectivas dinámicas dictadas por el sujeto.

Estamos, por tanto, en el reino de la subjetividad. La humanidad es como un gran espectro con diferentes tonalidades, donde cada sensación se encuentra explicada en tonalidades, y los valores son rectas secantes que la atraviesan infinitamente; por ende, cada hombre (bien saben que me refiero a la especie, porque seguramente no faltará la damisela que se sienta excluida, pero entonces debería emplear calificativos para todo conjunto de humanos) es un matiz diferente en ese gran espectro, cruzado en mayor o menor medida por esos valores, y tonificado por cada sensación con determinada intensidad.

De nuevo, todo esto es una enorme y alocada conjetura. Quizá no es lo que quiso decir Protágoras en absoluto. Lo sabríamos si sus obras no hubiesen sido quemadas. De pronto, en su viaje a Sicilia, durante el cual se ahogó, preguntara siempre al capitán “¿cuántos hombres faltan para llegar?”

~ por Juancho H. en marzo 18, 2009.

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