Religión

Esta semana, el Papa Benedicto XVI estuvo de gira por África, más específicamente en los países de Camerún y Angola. Esta visita, además de tener la atención mundial por ser la primera visita del pontífice a este continente, también estuvo rodeada por el llamado escándalo del condón, producto de las declaraciones que hizo el clérigo en cuanto a que el SIDA no se soluciona con el uso del preservativo, sino con una profunda conversión espiritual.

A unos 7.000 kilómetros de ahí, en Israel, el electo primer ministro, Benjamin Netanyahu, ha establecido una alianza con un partido de pensamiento ultraconservador, para así facilitarse la creación de un gobierno de corte derechista con el principal propósito de establecer una seguridad adecuada ante las amenazas “internas y externas”.

Así podría seguir enumerando toda la vida.

Sería asombrosamente sencillo para mí, como un bloggero que pretende abarcar la mayor cantidad de temas con un análisis más o menos superficial (eso ya depende del juicio de cada cual), instalar una categoría “religión” en mi espacio y dedicarme sistemáticamente a hablar de ello. Eso lo puedo hacer sin necesidad de crear la categoría porque, más que un tema esencial para el hombre (yo no lo considero así), constituye un imaginario social, ideado para que las personas puedan asegurar, de una u otra forma, eso que he llamado zona de comodidad. No. En lugar de eso, pretenderé resumir en este post lo que opino al respecto.

Ya lo mencioné anteriormente: soy ateo. Sin embargo no siempre fue así. Soy escéptico no porque nunca haya creído, sino porque una vez creí y no encontré una coherencia racional a un conjunto de preceptos que supuestamente deba guiar a la humanidad a un estado armónico. Es más, lo que sí sabe hacer, y tengo a la historia para apoyarme en ello, es que lo que ha hecho es revolver aún más el perenne caos que suele ser la existencia humana.

En palabras del teólogo Hans Küng, “Las religiones nunca han servido para aproximar a los seres humanos los unos a los otros”.

Decía una vez el maestro José Saramago que, de hecho, las religiones no se complementan, sino que son enemigas mortales. También decía que el mundo sería mucho más pacífico si la totalidad de las personas fuesen ateas. Eso sería muy aventurado pensarlo, pero resultaría en una visión más ecuménica e ideológicamente coherente. Ahora, no sé qué tan interesante pueda ser un mundo así. Odio pensar que una de las mayores “virtudes” de ser escéptico es poseer una visión crítica sobre todo aquello que signifique creer.

Antes incluso rezaba. Pasé por la incómoda primera comunión, cuando el sacerdote me confesó por primera vez (y, si mal no recuerdo, por última) para tener un acercamiento al mundo católico. Mientras los demás niños lloraban al ver a Jesús crucificado en una típica película de semana santa (en ese entonces Mel Gibson sólo salía en la memorable saga de Arma Mortal y no hacía películas impresionantemente sangrientas), yo no podía evitar sentirme incómodo y fuera de lugar ante ese despliegue empático de mis compañeritos.

Ese fue el inicio de mi viaje a la concepción de un dios personal y único. Efectivamente, mi visión católica de las cosas duró unos cuantos días, si no horas.

Conversaba con él en mi cabeza. Le pedía por mi familia, por mí mismo e incluso por cosas tan banales como mis juguetes. Pero siempre tenía el aire de ser ese dios católico, y nunca lo dejé de relacionar con este. ¿Cuántos de ustedes han leído la Biblia? Cuando tenía 12 años empecé a leerla y, créanme, sentí mucho pánico en algún momento al ver al dios vengativo y rencoroso del Antiguo Testamento, así como una increíble confusión al ver al irregular e inconstante del Nuevo.

Después fue que comprendí que muchos de los hombres llamados “clérigos”, sean de la religión que sean, utilizaban la religión como una moneda de poder. Ser poderoso significa tener influencia, y no hay fuerza más poderosa que aquella que se posa sobre el espíritu de los hombres. La religión es una forma de control, de desviar al individuo de sus auténticas preocupaciones, o de las soluciones a sus problemas, por la encomendación a un ser supremo que alberga todas las respuestas y los destinos. Todo lo que ocurre es para bien de la persona, siempre y cuando ella sea fuerte para hacerlo de esa manera. Así que la próxima vez que una persona le diga “Dios sabe cómo hace sus cosas”, lo importante es que ud. sepa también cómo hacer las suyas.

No soy militante en mi ateísmo. Respeto profundamente la creencia verdadera de aquellos que sí ven en la religión una especie de guía para enderezar su camino y sus acciones, más que un simple instrumento de imposición dogmático para subyugar a sus congéneres, o como una justificación de un comportamiento que a todas luces es inconcebible, como la de Ratzinger o la poca alentadora conducta de los israelitas que se amparan en la ley del Talión. O la de los talibanes en Oriente Medio y la supresión de las libertades. O el fanatismo de los cristianos antievolucionistas que se ufanan de su intolerancia…

Así podría seguir enumerando toda la vida.

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~ por Juancho H. en marzo 23, 2009.

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