Pena de Muerte

Hoy hace dos meses desapareció Marta Del Castillo, la joven sevillana que fue presuntamente asesinada, después de ser violada y golpeada, por unos muchachos entre los que se encuentra un menor de edad. La reacción de la gente, al ver la crudeza de la situación, fue clamar por la instalación de la pena de muerte en España, iniciativa que es apoyada por el padre de Marta.

Lejos de analizar el caso de la muchacha, sobre el cual se cierne una espesa cortina de confusión y engaños sistemáticos por parte del confeso perpretador, quiero hablar sobre lo que el pueblo ahora le exige a su gobierno: la pena capital. ¿Es ésta acaso la solución ante crímenes de naturaleza inhumana como el asesinato premeditado?

La discusión es tan antigua que le llevaría a un investigador capacitado un buen tiempo y recursos averiguarlo, pero siempre podemos analizar un poco lo que tenemos a la mano. Muchas sociedades consideran “justo” este castigo al ver al acusado un elemento demasiado peligroso para coexistir con los de su especie. Antropológicamente hablando, lo despojan de su humanidad y deciden sobre su vida como si se tratara de una cabeza de ganado.

En un principio, las cárceles y otros recintos penitenciarios buscaban aislar a los criminales de aquellos que seguían y cumplían la ley, cumpliendo además una continua labor de castigo sobre aquellos descarriados que rompían las normas establecidas, sea cual fuere la razón. Hoy en día, en la mayoría de los países, tal función permanece, pero existen muchas iniciativas, sin embargo, en la que estos centros adquieren una labor rehabilitadora del reo, para que, luego de cumplir su condena, pueda insertarse en la sociedad y ser de utilidad para la misma, salvo aquellos enfermos mentales y monstruos que son incapaces de hacerlo.

La pena de muerte, además de ser contra natura, se opone al precepto corrector del prisionero. La pena capital es una afirmación de que el estado de redención para algunos es inalcanzable, y que resulta mejor desecharlos. La razón por lo que ello se hace tiene varias vertientes; hay quienes dicen que es absurdo que un convicto peligroso e indeseable consuma recursos del pueblo y viva por cuenta del Estado, pero lo cierto es que la medida tiene un halo siempre presente de venganza.

A pesar de que muchas doctrinas (en especial la cristiana) condenan dar muerte a un tercero, sigue siendo una práctica generalizada, aunque según parece va en declive. En la tradición hebrea, quien quebrantara la ley de Moisés, mejor conocidos como los diez mandamientos, merecía la muerte, a pesar de que su prohibición aparece inscrita en el quinto inciso. Si se siguiera dicha norma al pie de la letra, y siguiendo un razonamiento lógico y matemático, aplicar el castigo pertinente por fallar a la ley de Moisés establecería un bucle interminable de muertes, como una inmensa cinta de Moebius sangrienta, porque el que dé muerte al traspasador de la ley debería sufrir también su pertinente castigo, y este asu vez, y así sucesivamente.

Más allá de las consideraciones apologéticas, siempre he pensado que la muerte, sea lo que sea que devenga después de la defunción, es sólo una salida fácil (en caso de que sea un juicio justo, por supuesto). El problema radica en que medidas como la cadena perpetua u otras condenas de larga duración no satisfacen a las personas que se ven afectadas por la obra del criminal, como es el caso de la familia de Marta y los miles de indignados españoles que consideran que su sistema judicial carece de dureza ante este tipo de casos.

No lo sé. Todo esto lo digo porque no he tenido una experiencia similar. Sólo he deseado la muerte de una persona una vez, un depositario de mi auténtico odio, pero siempre llevaba ese aroma de venganza, de la justicia hecha con las propias manos. Me conmueve y comparto el dolor de la familia y los amigos de Marta, y sé que sus padres deben tener mucha tristeza en su corazón, pero lo único cierto es que el daño no se arreglará de ninguna forma, mucho menos si los desgraciados que le hicieron eso a su hija pagan con su vida.

Queda una pregunta, entonces, ¿Deben los criminales de esta calaña sufrir en vida proporcionalmente a la magnitud de su delito? Ciertamente perderíamos la humanidad que hemos ganado durante cientos de años si optáramos por esa opción, pero, nuevamente, quién sabe qué tan saciada quedará la sed de venganza de las masas ávidas de justicia.

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Hay un artículo interesante de Amnistía Internacional sobre la iniciativa de esta organización para abolir globalmente la pena capital. El vínculo lo encuentran aquí. Los invito a que lo lean y saquen sus propias conclusiones.

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~ por Juancho H. en marzo 24, 2009.

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