Escatología

Ayer fue la Hora del Planeta. Como sugirieron los impulsadores ecologistas de la iniciativa, apagué las luces de mi casa a las 8:30 de la noche, y me quedé sólo con la batería de mi portátil. Fue agradable ver tiempo después las imágenes de muchos monumentos en la penumbra, como un símbolo enorme y oscuro de la voluntad de salvar a la tierra de convertirse en un enorme horno microondas.

Me enteré de esa iniciativa por el diario español El País, al que consulto con frecuencia para ver lo diferente (para mal) que es el periodismo de este lado del charco. Había en un banner un marcador de cuenta atrás que indicaba el tiempo faltante para apagar el interruptor de electricidad. La idea tuvo bastante acogida, incluso en las redes sociales como Facebook, de la cual soy miembro.

Allí, muchas personas comentaban acerca de la oscura hora, e invitaban a sus “amigos” a instalar en sus páginas de perfil el mencionado cronómetro. Como vi que dicha herramienta se volvería inútil después del 29 de marzo, decliné la proposición, pero visité el perfil de la persona que me había hecho la invitación. En él, además de encontrarse el contador para el citado momento, se encontraba el tiempo remanente para su cumpleaños, para Navidad, para el pitazo inicial del próximo mundial de fútbol, y uno que me dejó bastante perplejo: los días, horas, minutos y segundos restantes para el 21 de diciembre de 2012.

La fecha como tal no me dijo nada, pero sí el titular que llevaba en letras digitales rojo carmesí: The end of the world, o el fin del mundo en inglés.

Acá ocurre por lo menos una de un sinfín de posibilidades, entre las que se pueden contar un don de clarividencia por parte de este individuo, o su participación en una organización terrorista que planea la destrucción de la civilización para la fecha, o quizá una infección psicológica del desvarío sin sentido que ha atacado a la humanidad desde que ésta empezó a caminar sólo con los pies y a sentirse observado desde los cielos.

Más allá que seamos sólo un cultivo de bacterias en una enorme mesa de experimentos, atados a un botón rojo que diga “anular muestra” y que signifique el final de la existencia, estos pensamientos son completamente irrelevantes (o deberían serlo) para aquél que realmente se siente contento con su vida, no así ocurre con todo aquel sujeto que siente que la misma vida es un contrasentido, o que existe un componente faltante para que ésta cobre algún significado.

He visto incontables ocasiones por la televisión estas iniciativas “escatológicas”, pero las he visto de varios tipos, de las que puedo sacar tres clasificaciones, siendo que antes dejan un registro de su paso por esta tierra y una opinión bastante definida sobre la vida en general como “esto es una mierda”, o “no somos lo que deberíamos ser”, o incluso la máxima de Julio César “alea iacta est”, todos siempre dejándonos muchísimas preguntas sobre su manera de actuar: los que se quitan la vida encerrados en un cuarto, recurriendo a diversos métodos que lo hagan lo más rápido e indoloro posible; aquellos desadaptados que van con pistolas o rifles de asalto a lugares públicos, dan muerte a otros y luego ellos mismos se suicidan, y los que convencen a otros de efectuar un rito masivo en el que, palabras más o menos, todos “entregan el equipo” antes de tiempo.

Generalmente, este tipo de personas sufren una deficiencia psicológica que demuestra que, además de tener una fuerte convicción y carácter para realizar proezas descabelladas, cuentan también con mucha inseguridad y sentimientos reprimidos que en su última consecuencia los lleva a ser generalmente introvertidos y aislados, sólo para cuestionarse dentro de su cabeza el significado de la vida. La conclusión a la que llegan puede diferir en su fondo, pero la forma siempre es el fin de sus vidas porque no tuvieron la fortaleza para afrontar sus propios problemas.

Lo cierto es que, tiempo antes de tomar esta decisión, estas personas siempre quisieron que alguien les hiciera el favor y “reiniciaran” el mundo por ellos: un fin del mundo a domicilio y a medida. Me sorprende porque he escuchado testimonios de muchachos suicidas que, tristemente, mantienen esa forma de pensar y que intentan una y otra vez deshacerse de su existencia, en caso de que en ocasiones anteriores hayan fallado a su cometido.

Quizá yo esté equivocado, y a las 11:59 del 20 de diciembre de 2012, para cuando yo tenga 30 años, empiece una reacción en cadena, en donde los misiles balísticos intercontinentales de las mayores potencias se activen simultáneamente, mientras la atmósfera se vuelve inviable por años de abuso sistemático al medio ambiente, combinado por la erupción del supervolcán que duerme bajo el parque Yellowstone de Estados Unidos (no confundir con Jellystone, el del amigable Yogi) que cubrirá la superficie de la Tierra en ceniza, matando vegetación, animales y personas por las emisiones de monóxido de carbono y los fragmentos de detrito que son expulsados por miles de kilómetros, causando tsunamis gigantescos, invierno nuclear y el cambio de los polos terrestres, todo bajo una crisis económica que sólo se agravó cuando la esfera financiera se desplomó por la carestía de los alimentos y la materia prima, mientras los ángeles del cielo tocan su trompeta a ritmo de Dvorak y los cuatro jinetes cabalgan hasta un atardecer rojo.

Sí. Si todo eso ocurre y llegase a morir, confirmaría que es el fin del mundo. Si no, no.

La escatología es el estudio de la mierda… y creo que hay una rama que se desprende de ella, que es el estudio del fin del mundo.

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~ por Juancho H. en marzo 30, 2009.

Una respuesta to “Escatología”

  1. […] esta entrada se origina por otra de las ocurrencias de esa ilimitada magnitud, de la cual ya hablé hace un poco más de un año, no siendo más que las que se refieren al fin del mundo. Yo imagino que los comentarios referentes […]

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