Monstruos

En una ocasión anterior inicié un post con una broma con la intención de ayudar a figurar una idea. Lo haré así en esta ocasión. Recuerdo el chiste del hombre, muy creyente y devoto, que se encontraba en el tejado de su hogar, devastado por una enorme inundación que asolaba el pueblo y obligaba a sus habitantes a huir despavoridos. Al ver que el nivel del agua subía irremediablemente, se puso a rezar para que Dios lo rescatara. Cada vez que acudían chalupas, lanchas a motor y hasta helicópteros, el hombre los ahuyentaba asegurando que no se debían preocupar, pues Dios lo rescataría. Cuando la marea alcanzó el tope, intentó luchar contra la corriente pero se ahogó. En el cielo, ante el rostro de Dios, el fallecido le reclamó su ausencia ante su llamado, y exigía una explicación para los motivos del todopoderoso por no haberlo salvado. Dios, entonces, respondió que “sí quise salvarte, e incluso te envié chalupas, lanchas a motor y hasta helicópteros, pero tú te seguías negando…”

Recurro al chiste (y lo seguiré haciendo) porque generalmente demuestran lo absurdo de una posición, que, a pesar de toda incredulidad, se materializa constantemente en la realidad cotidiana. En el caso particular de la anterior broma, vemos cómo algunos creyentes aún consideran a Dios como una figura que se involucra directamente en los asuntos mortales, como si se tratara de un enorme jugador de ajedrez y los humanos fuésemos meras piezas. No recuerdo haber visto nunca que un ladrón, un asesino o un violador haya caído fulminado por un rayo, o por una mano gigante, o alguna suerte de justicia divina vuelta verdad, según los preceptos de la ley celeste.

En mi condición de agnóstico, esa es la mínima de mis preocupaciones, pero algo que sí deberían considerar los creyentes es la idea del Ser Supremo, en la concepción de Dios más como un conjunto de valores, en una fuerza abstracta que guía a la humanidad a través del camino de la rectitud, y nunca como un titiritero, la fuerza motora del mundo.

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Todos nos horrorizamos ante el crimen de Josep Fritzl, más conocido por su mediático nombre de “monstruo de Amstetten”, un hombre que mantuvo cautiva a su hija en un sótano durante más de dos décadas, para violarla incontables veces y mantener su propia retorcida ilusión de control absoluto. Fruto de la degeneración surgieron varios hijos-nietos, incluyendo uno que el propio Fritzl mató y luego incineró, cuando el vástago era apenas un bebé.

La semana pasada una corte austríaca encontró al energúmeno culpable de secuestro, esclavitud, incesto, violación y homicidio. Cadena perpetua fue su sentencia. El mundo entero seguía por televisión el caso, siempre con el inconsolable pensamiento que no hay acción, condena o castigo suficiente en esta tierra, ni siquiera la muerte, para que este fenómeno pagara por sus crímenes.

Mientras todo ello ocurría, y como pesimista que soy en ciertos asuntos, se me cruzó por la mente una terrible cuestión: ¿Cuántos casos similares no habrá en el mundo, que ahora son callados y pasan desapercibidos?

Este fin de semana surgió uno macabramente parecido al caso europeo. Se trata del “monstruo de Mariquita”, un hombre que tuvo ocho hijos con su propia hija, a la que violó y abusó desde que ella tenía tan solo cinco años. El sujeto, al enviudar, vio natural que la pequeña ocupara el vacío en su lecho, y eventualmente saciara su apetito sexual con sus hijas-nietas en la medida que crecían.

(Como un comentario aparte, siempre he considerado que Colombia, país donde nací, tiene una naturaleza bipolar: es hogar de las personas más sensacionales, felices, amables y cálidas del mundo, pero también es donde merodean los más crueles y malditos de la tierra. Todo en una balanza de fuerzas fundamentales)

Ahora se levanta una polémica alrededor de este aberrante caso; el inculpado asegura que no es el padre biológico de la mujer, sino su padre adoptivo, y que todas las relaciones fueron consentidas. Sea lo que sea que haya sido, si todo es un montaje o una monstruosa verdad, como más lo temo, lo cierto es que cualquier desgraciado puede mantener relaciones sexuales y tener un hijo, pero sólo aquel que tiene valor puede ser un verdadero padre.

Por lo que se sabe, la mujer compartió su desgracia con un pastor evangelista que frecuentaba el pueblo. Transcribo acá un fragmento del artículo del periódico El Tiempo:

Con lágrimas en los ojos y dolor en el alma, Nidia Álvarez Arcila le pidió ayuda a Orlando Marín, pastor evangélico, cuando este visitó, hace ya casi tres años, La Cabaña, en el sector rural de Mariquita, como parte de su rutina de todos los lunes de llevar el culto a diferentes veredas.

Desde entonces, el pastor de la Iglesia Pentecostés Unida Internacional, cuando se encontraba con la mujer, se convirtió en su soporte espiritual y le enseñó a orar, para que le pidiera a Dios que acabara con la situación de abuso por parte de su padre, que le ocasionaba tanto sufrimiento.

Incluso, durante uno de sus cultos, explicó a la congregación el significado del incesto, un pecado, según sus palabras “muy terrible”, por el cual la persona se puede “perder espiritualmente”, explicación que causó sorpresa y preocupación en el padre, quien al finalizar la reunión le dijo: “Yo quiero que ore por mí”.

“Ella es una mujer muy noble, que ha criado bien a sus hijos en medio de su dolor. Ella me comentó que le decía a su padre ‘Papá, no me mire como su mujer, que yo a usted lo miro como mi papá'”, aseguró Marín, quien calificó como un milagro, las circunstancias que propiciaron la salida de Nidia de la vereda.

Aunque el pastor siempre estuvo dispuesto a aconsejar y apoyar moralmente a la madre, indicó que nunca consideró un deber suyo denunciar ante las autoridades al agresor.

“Yo no soy quien para echar una persona a la cárcel. Si él realmente merecía ir a la cárcel, eso lo disponía Dios en su momento, no yo”, enfatizó Marín.

El silencio de los clérigos, médicos y otras personas que recurrentemente poseen secretos íntimos de terceros está amparado por el “derecho a la confidencialidad”, es decir, una persona puede negarse a testificar ante un jurado y revelar secretos incriminatorios debido a ese principio. Tengo entendido que, en caso de la ley católica, la excomunión es el castigo para el sacerdote que incumpla con ello. Debo imaginar que, por el propósito de suscitar confianza y respeto en su rebaño, estas personas se niegan a abrir la boca para revelar cositas de sus feligreces, por muy bueno que esté el chisme.

Bien, pues en este caso en particular, me parece que lo que hizo el pastor evangélico Orlando Marín es una auténtica canallada. Su confidencialidad bien puede irse al carajo por acolitar a semejante esperpento.

Bien pudo ocurrir una de dos situaciones. Uno, que Marín realmente creyó que estaba auspiciado por la ley, y que era impensable dejar al descubierto a uno de sus feligreces, y que mediante la fuerza moral de sus sermones el monstruo podría regenerarse, o la otra, aún más grave, es que en serio creyera que Dios eventualmente aparecería y enviaría al susodicho a la cárcel.

Mucho daño ya se había hecho, pero se pudo evitar alguno, por lo menos por los últimos tres años. Toda esa negligencia y estupidez del pastor evangélico no tiene castigo en la ley terrenal, y considero, en mi condición de agnóstico, que no la hay en la supraterrenal, pero sí es cierto que este sinvergüenza debería abrir los ojos a la realidad, y darse cuenta que son las acciones que uno mismo toma por sus manos las que cambian al mundo, y no fuerzas invisibles que controlan nuestro destino.

Por ahora, sólo espero que haya justicia en el caso de Arcebio Álvarez, el “monstruo de Mariquita”.

~ por Juancho H. en marzo 30, 2009.

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