“Es mi derecho”

Siempre he pregonado el mismo principio, y siempre doy la misma respuesta cuando alguien me pregunta que por qué no objeto sustancialmente alguna postura que pueda parecer extraordinaria: “que cada cual haga de su culo un hotel cinco estrellas”. Es decir, mientras alguna actividad extraña o evidentemente estrafalaria, como el rejoneo homosexual, no se me acerque ni me afecte, no tendría por qué haber ningún problema. Es decir, yo no ando por ahí revolcando la cara de mis amigos contra la pantalla del computador para que lean la lámpara… sólo los hostigo un poco.

En fin, y volviendo a un tema, si un homosexual llegara a insinuárseme, lo más seguro es que me molestaría sobremanera, pero también me parecería exagerado reaccionar primitivamente ante dicho evento (por supuesto que hay excepciones). Es decir en una sociedad que pretende volverse librepensadora, se supone que hay lugar para cada uno, siempre y cuando no traspasemos el espacio privado de los demás.

¡Ajá! Pero ahí está el problema. El inconveniente es que la tolerancia librepensante es aún una idea muy reciente y que se encuentra casi que en incubación. No todos podemos soportar a la totalidad de personas que nos encontramos, es decir, ¿quién podría? ¿qué clase de entrenamiento tuvo que atravesar para alcanzar tal nivel de aceptación del prójimo, no importa de quién se trate? ¿qué ha vivido?

Bueno, es mi deseo que el derecho al libre desarrollo de la personalidad, conjunto a la promulgación y aplicación de los derechos humanos para todos los humanos, sea una realidad antes de que “estire la pata”. Sin embargo, temo, así como ya se está dejando vislumbrar en ciertas sociedades, como la estadounidense, que personas “avispadas” utilicen ese terreno para ganar poder en su círculo de influencia. Hablamos más específicamente de una pretensión de ampliar su esfera privada en detrimento de las de otros.

Por ejemplo (y vamos a usar algo bien extremo), supongamos que aquellos seres confundidos que les encanta mascar tabaco son declarados una excentricidad, y por ello son protegidos en Alabama, como una muestra de la cultura de ese estado. Así que se les dan ciertos derechos, como que puedan escupir el remanente líquido de la sustancia en espacios cerrados porque, después de todo, “sería una expresión de cultura”. Llega entonces un yankee muy bien vestido a la estación de tren con espera a la próxima salida a Tallahassee. Se sienta al lado de uno de estos extraños especímenes mientras espera que anuncien la línea a Florida, cuando el sureño le escupe tabaco en el pantalón. ¡Por supuesto que se molesta! Pero, ¿qué puede hacer? El otro hombre está protegido legalmente para que pueda hacer eso, pues es su manera de expresarse, así se desarrolla su personalidad, pero, hey, sigue siendo extremadamente molesto ver que ese fino paño ha quedado inservible porque el compuesto mascado y ensalivado reposa y se desliza suavemente por su bota.

Puede llegar a suceder. De hecho sucede ahora (afortunadamente no es el caso del tabaco masticable) con otras cosas, y temo decir que muchos, muchísimos no están preparados para alcanzar un estado de tolerancia suficiente como para comprender el auténtico alcance de sus derechos. Mis derechos llegan hasta donde lleguen los del otro, decía una vez unos sabios con peluca, pero, como todo principio, puede ser interpretado de millones de maneras, como millones de personas hay (recuerdan eso de “tú lo ves así y yo lo hago así, pues tú eres hombre y yo también…?).

Considero que la tolerancia es el valor máximo que se puede alcanzar, el verdadero camino a la convivencia armónica entre los hombres, y la auténtica vía a la felicidad en sociedad, pero es un concepto tan etéreo, tan frágil y tan efímero como lo pueden ser otros como el amor o la justicia. Las personas deberían detenerse a conocer a las personas adecuadamente antes de detenerse en comentarios de terceros, o en rumores. Por favor, ¡si hasta Diógenes era intolerante con los atenienses, pero eran ellos precisamente los receptores de su confuso mensaje!

Es derecho de todos desarrollarse, expresarse y opinar lo que quieran. Aquí y en cualquier parte, porque es lo que nuestra naturaleza nos dicta, pero ello viene acompañado del deber de dejar que otros lo hagan también, y respetar, y no necesariamente compartir, esa idea.

~ por Juancho H. en marzo 31, 2009.

4 comentarios to ““Es mi derecho””

  1. Aquí veo tu concepto de “desarrollo de la personalidad”: un cajón de sastre en el que necesariamente ha de caber todo. Entiendo que no. La tolerancia que promulgas en el post es cualquier cosa menos tolerancia. Y te respondo con Nietzche “¿Eres tú alguien al que le sea lícíto escapar de un yugo? Más de uno hay que arrojó de sí su último valor al arrojar su servidumbre.”
    Ergo, algo hay que necesariamente nos hace ser hombres, algo en base a lo cuál no podemos claudicar. Llámalo como quieras pero a mí me gusta llamarlo princípios: criterios fundamentantes y fundamentados que marcan la dirección, intencionalmente, sobre la vida y su crecimiento.

    Saludos.

    • Curioso me parece que cites a Nietzche para mostrar tu punto. Ciertamente Nietzche hablaba de todo, menos de tolerancia. ¿Hablas de yugo? “El hombre ha nacido libre, y por doquier se encuentra sujeto con cadenas”.

      Estoy de acuerdo contigo en lo de los principios. Sin embargo, este concepto carece de una base sólida sobre la cual argumentar, y muchas veces extralimita la propia humanidad de quien los promueve; desborda y rebasa como un vaso de leche caliente, que podrá ser muy blanca, o como tú quieras, pero quema.

      Te pregunto entonces, Kiko, ¿Hasta dónde deben llegar los principios? ¿Llevarías intencionalmente esos criterios para tu vida y su crecimiento sobre, digamos, tu vecino?

      Me pareció muy interesante tu comentario, y te lo agradezco. Bienvenido a la lámpara.

  2. Te respondo: la idea de tolerancia que sostengo es una que se base en el principio de la serenidad. Parece que se puede dividir en tres grandes grupos de principios: los fundamentalistas (o fanáticos), los cínicos y los serenos.
    Los fanáticos son aquellos cuyos princípios emergen de sí mismos, ellos son el origen del sentido, no la realidad misma. Tiene su raíz intelectual en el propio Descartes (si se entiende que el bueno de René hablaba de colgar el cuadro real en un clavo pintado en la pared).
    Los cínicos se acercan a los fanáticos desde la vía de la negación. Son comúnmente árbitros del sentido, descubren personas que ofrecen principios de sentido y les absorven y cierran hasta que ese sentido queda inadverible, reducido a la propia tenencia del mismo (es bueno, según estos, que la gente tenga principios, pero no es bueno que pretenda ofrecerlos, o que los demás los compartan).
    Y luego tenemos a los serenos, aquellos que admiten que ni el sentido empieza en ellos (simplemente está ahí) ni apuestan por negar toda raíz de pricipios de sentido. Si Nietzche hablaba de servidumbre y también de cadenas (esas cadenas que niegan y destruyen su humanidad) es porque su Superhombre, dotador de sentido, re-hacedor de lo humano, es sencillamente un no-humano que prefiere abrir en vez de cerrar. La serenidad solamente abre, no cierra. Se puede ser tolerante con aquellos que dejan puertas abiertas, pero es tremendamente dificil serlo con aquellos que solo cierran puertas. Por eso en algunas ocasiones resulta complicado tolerar propuestas teóricas que en el fondo y en la forma pretenden reducir ese conjunto de principios a subjetividades o incluso a irracionalidad, como negando ese factor exclusivamente humano.
    Trabajo y estudio temas de educación (estudio Magisterio y a la vez doy algunas horas en un colegio) y suelo decir a los chavales de 6 a 12 años que los animales se pelean, mientras los hombres hablamos. Creo que la base de la tolerancia no reside necesariamente en la libertad, sino en el lenguaje. Es bueno que las personas hablemos, es bueno que sepamos escuchar, y es bueno que sepamos en qué pensamos (doy por sentado que aunque no directamente, las personas piensan -admitiendo que no querer pararse a pensar ya es una manera de pensar-)

    Saludos

    • Te agradezco tan interesante aporte, muy ilustrativo. Evidentemente se precisa de mente abierta para hablar de principios, y mucho más de tolerancia. Los principios inician desde el contexto, y se aplican a él. Sólo en situaciones extremas veremos el valor de nuestros principios, aquellos infundados y otorgados, e igualmente descubiremos aquellos que realmente son propios, así como la magnitud de la tolerancia.

      En cuanto al sentido y al lenguaje, te recomiendo leer al mexicano Antonio Paoli, que tiene una gran experiencia en el tema, y te agradará si estás involucrado con temas de educación.

      Fervoroso saludo.

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