Hijo varón

Zhou Xiuqin y su esposo, el señor Su, caminaban por las inmediaciones de un templo budista en Dailai, un pueblo rural y montañoso al sur de China continental. Aún pesaba hondamente sobre sus espíritus la muerte de su hijo varón de tres meses hace un tiempo. Temían entonces una vejez difícil y complicada, sin un vástago fuerte y responsable, cualidades que tradicionalmente las familias chinas ven en los hijos masculinos, que se ocupara de ellos.

Un hombre salió entonces de un corredor adyacente con un pequeño niño cogido de la mano, quien a su vez saboreaba un dulce ansiosamente. Zhou y Su, conmovidos por la aparente hambre del muchacho y sus ropas harapientas, se acercaron al hombre, quien aseguraba ser el padre del menor, y de otros dos que lo esperaban en casa en un pueblo vecino. Sin titubear, la pareja preguntó “¿Cuánto cuesta el muchacho?”.

El negocio se tranzó por U$4.100, unos 3.050 €. Los esperanzados “padres” volvieron a su casa y nombraron al pequeño Jiabao, que significa “garante de la familia”. Los vecinos también se regocijaron por la venida del “benjamín”.

Hace unos meses, la policía de la provincia de Sichuan capturó al supuesto padre biológico de Jiabao. El individuo resultó ser un ladrón de niños, contándose 11 en su haber, incluyendo al reciente miembro de la familia de Zhou y Su. Siguiendo el procedimiento jurídico pertinente, el joven Jiabao, que ya no se llamaría así, fue devuelto a su familia original, que no tenía ninguna clase de remordimiento contra los desconsolados padres adoptivos por haber tratado al pequeño tan bien.

El secuestrador, quien había vendido otros cuatro niños en su pueblo natal, cumple hoy una (risible) condena de doce años, mientras que Zhou y Su siguen en su búsqueda de un hijo varón.

Dicta la costumbre en la China rural que es mucho mejor tener un hijo varón que una niña, por el temor que tienen los padres de una vejez indecente. No importa cuánto dinero o qué tan acaudalada sea la familia; si carece de un hijo varón no llegará a igualarse a una que sí lo tiene.

Por ello, y por las fuertes restricciones que impone el gobierno chino a la tenencia de más de dos hijos, número reducido a uno en las densamente pobladas zonas urbanas, las parejas que adolecen hijos varones prefieren adquirirlos, una vía más barata y sencilla que el costoso trámite para seguir criando. Esa demanda hace que se cree un macabro negocio que se le escapa de las manos a la Policía, que a duras penas abre expedientes ante nuevos casos por lo incontrolable que se ha vuelto esta situación, repitiéndose año tras año y contando los cientos de miles según diversas organizaciones de derechos humanos.

Realmente duele ver esta situación que sucede al otro lado del mundo. Las tradiciones son a veces más poderosas, si acaso contrarias, a lo que los occidentales tenemos entendido por el derecho humano, por la existencia pacífica, por una vida tranquila. Madres e hijos que son separados para siempre sólo para saciar la necesidad etérea de otra pareja por un estatus apropiado ante los ojos de la tradición china. Cuánto sufrimiento. Cuánta desdicha. Sólo uno se pregunta por qué siguen ocurriendo en el mundo monstruosidades así.

Empero, nuevamente cae el eterno tema de la subjetividad, de la tradición y de lo que entendemos por correcto. Barbarismos innombrables son comunes, e incluso bien vistos, en otras tierras. Lapidación por adulterio, ablación del clítoris, comercio de niños y otras prácticas que vemos descabelladas son pan de cada día en otros lados del mundo, y aceptadas.

¿Lamentarnos por ello? ¿Hacernos los de la vista gorda, indiferentes, como nos hemos acostumbrado ante muchas otras situaciones? Que cada cual siga sus preceptos, entonces; ser fiel a los conceptos más básicos de humanidad según nos lo hayan enseñado y, en muy contados casos, a la tierra que fueres…

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~ por Juancho H. en abril 6, 2009.

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