Emmanuel

Me pregunto ahora cuáles serán las adiciones más esperadas en las bibliotecas iberoamericanas. Aparte de los exitosos títulos de autosuperación de Walter Riso, probablemente se anexionarán las obras de aquellos que sufrieron el horror del secuestro en Colombia, más específicamente por parte de las Farc.

Fuera del cautiverio (Título en inglés Out of Captivity) será uno de los más esperados, en especial por aquellos que pretenden conocer esa faceta oscura de la mundialmente célebre Íngrid Betancourt, ganadora del premio Príncipe de Asturias y nominada al Nobel de la Paz. Keith Stansell, uno de los autores y quien se desempeñaba como contratista de la empresa estadounidense Northtrop Grumman, afirmó en una ocasión que Íngrid era la “mujer más desagradable que había conocido”. Buena publicidad para su libro.

El otro, sin duda, será el de Clara Rojas, la fórmula presidencial de Betancourt para 2.002. Aunque no se conocen mayores detalles de su libro, las personas se preguntan si revelará detalles acerca de la verdadera procedencia de su pequeño hijo de cinco años, Emmanuel, quien nació en cautiverio.

Nació en cautiverio. Considero este concepto uno de los más tristes que he llegado a escuchar.

Por supuesto, muchas entrevistas y artículos referentes a Rojas se pueden leer en periódicos de todo el mundo. Hubo uno del diario español El País de elevado sentimentalismo y profesionalismo que me agradó bastante. No puedo decir lo mismo de una entrevista de El Tiempo, por parte de la periodista María Isabel Rueda, de la cual pongo un fragmento acá.

¿Cómo está Emmanuel? ¡Colombia entera vive pendiente de ese ‘niño milagro’!

Divino.

¿Ya tiene edad para saber que en este país hay unos hombres muy malos que se llaman las Farc?

No. Todavía está muy chiquito.

(…)

Permítame ser muy directa: ¿no era de esperar que entre el grupo que la acompañaba en ese horror que estaban viviendo, no cayera bien que usted hubiera concebido un niño entre sus secuestradores?

Me hicieron una encerrona que yo narro en el libro, y ahí yo les dije: es mi vida privada, no se preocupen. Todos como que caen en cuenta de que tengo razón, y empiezan a bajar sus niveles de agresión. Por supuesto quedan cosas.

Hay hasta un episodio divertido en el que usted les dice: ¿es que alguno de ustedes es el papá del niño? ¡Entonces, no me molesten!

(Risas). Los siento preocupados, pero no entiendo su preocupación. Es que comenzaron a hacer un montón de conjeturas. ¿Será de nosotros? ¿Será de ellos? Yo les dije: miren, yo no tengo ninguna información ni quiero trasmitírsela a ustedes. Les expliqué que emocionalmente no me sentía capaz de afrontar el tema. Era más importante dedicarme a salvar a mi niño que a contar una cosa y la otra.

En el libro toma la decisión de seguir ocultando la identidad del padre del niño.

Eso forma absolutamente parte de mi vida privada. Es una historia para Emmanuel, cuando él me pida una respuesta.

Pero cuando una persona que ha estado secuestrada trae un hijo de la guerrilla, el lector quiere saber por qué…Es una curiosidad apenas natural.

La gente me ha recibido con gran comprensión. No me está preguntando ni reclamando. Eso me ha permitido dejar atrás una historia que tiene su parte de lastre y de dolor.

En su libro pasa el tema de largo con una frase muy escueta: tuve una relación y de ella quedé embarazada. ¿Esa relación fue conciente o forzada?

Eso me lo han preguntado todo el tiempo desde el día en que salí, y no voy a decir nada. Porque si contesto una pregunta vienen detrás las cinco siguientes (risas). Tomé la decisión de no pronunciarme en ningún sentido, por más de que deje una duda o la otra.

¡Faltaba más que fuéramos a recriminarla! Pero tengo que decirle la verdad: a veces me asalta la duda de si esa explicación nos la está debiendo a los colombianos.

Hay cosas que a nivel personal también se tiene necesidad de decantar y digerir. Todavía tengo que definir mis sentimientos y pensamientos. Le confieso que algo me falta elaborar ahí. Entonces me quiero dar ese tiempo, sobre todo pensando en Emmanuel, al que no quiero transmitirle ningún dolor ni tristeza.

Como no quiero irrespetarla ni mortificarla no le pregunto más sobre el tema, pero permítame hacerle esta última pregunta: ¿esas relaciones fueron toleradas por los jefes guerrilleros? Según algunos secuestrados, usted pidió ese permiso y se lo dieron.

Pues fíjese que esa sí es primera noticia.

Dos cosas. Me parece perfectamente respetable que una persona quiera plasmar sus experiencias en un libro, más si ellas ayudan a documentar y alimentar la historia, asunto de por sí muy productivo. El lucro es una consecuencia casi natural debido al tema y a su evidente publicidad, de la cual se han encargado los principales medios, extraños y curiosos.

Lo otro, y ello lo más importante (y alarmante) es la actitud inquisidora de la periodista con respecto a un tema que, en otras circunstancias (digo esto porque tristemente debería ocurrir en TODAS las circunstancias, pero la sociedad se ha encargado de que no sea así), es asunto de Clara Rojas, si acaso de su señora madre, Clara González de Rojas (de fortaleza entrañable; tuve el honor de entrevistarla un par de veces) y por supuesto del niño, Emmanuel.

No sé qué pretendía con esa actitud la señora Rueda. ¿Una primicia? ¿Saciar acaso su sed de lo que los españoles llaman “cotilleo”? ¿Un acercamiento a la informalidad para un desarrollo más natural de la entrevista? No recuerdo en la historia reciente un atrevimiento más descarado y sinvergüenza que el de esta señora. Qué cinismo al comparar un título que relata una historia de vida con una novela cualquiera; “¿Se imagina que no nos contaran quién era el Maestro en El Código Da Vinci? ¡Tiene que darle forma a su libro y contarnos quién es el padre de Emmanuel!”. No es un libro para pasar el rato, sino para enterarse y conocer.

Luego va más allá en su imprudencia y otorga un tinte público a la vida de la misma Rojas y la de su hijo. “A veces me asalta la duda de si esa explicación nos la está debiendo a los colombianos”. ¿Cómo se atreve? No encuentro en mi cabeza una explicación para semejante osadía tan baja y abyecta. No le debe nada a nadie esa señora, antes el Estado colombiano le debe seis años de tranquilidad y vida corriente, cuota que nunca llegará a pagar, ni aunque tuviera los millardos de los millardos.

Creo que la cotorra María Isabel Rueda debe explicar sus inclinaciones chismosas de vieja desocupada. Por mi parte, sólo espero que Clara Rojas y el pequeño Emmanuel tengan una existencia duradera, sujeta a los normales advenimientos de la humanidad, lejos de esa calaña sensacionalista que se ha apostado en lo más profundo del periodismo.

Ojalá dejaran a esa pobre señora descansar, y al pequeño “enviado de Dios” (significado del nombre “Emmanuel”) soñar como un niño común, que sus respuestas, suyas y de nadie más, habrán de llegar.

~ por Juancho H. en abril 7, 2009.

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