Amigos

Conozco a muchos. Soy sociable, y tiendo a ser amable y agradable en una reunión. Decente y prudente ante las circunstancias.

Digo “tiendo” porque cuando me encuentro en una situación extraña, es decir, ante animales de otra especie, con pensamientos banales, superfluos y efímeros me torno crítico, incansable y, a lo sumo, insoportable.

Por eso evito acudir a las guaridas de esos animales.

Así es. Conozco a muchos, por lo que se podría decir, evidentemente, que tengo muchos conocidos. De esos que te detienes a saludar en la calle (o despachas con un severo “adiós”, como hace mi padre sin mediar palabra) y les haces las preguntas de rigor: “¿qué tal el estudio, la familia, el(la) novio(a)?”, gastas una broma y partir de nuevo, archivando ese encuentro donde los demás sucesos insignificantes, que quizá algún día próximo desempolves y digas “por cierto, el otro día me topé con fulanito (o menganita); estaba bien”.

Cosa diferente ocurre con los amigos. Amigos, pocos. La exclusividad de ese estatus es producto de un exigente proceso de selección, convivencia y episodios que resultaría incómodo, pero por fuerza y presión ante esa línea que determina la confianza se vuelven anécdotas. Se llega entonces a apreciarlos como si se tratara de uno de sus ojos.

¿Qué significa el sacrificio, en especial si se trata de un amigo? Por ejemplo, puedo decir ahora que daría mi vida para que a mi amigo Ángelo no se lo llevara un platillo volador, o socorrería a Yuji en cualquiera de sus aventuras empresariales con cualquier fuerza que tenga en mi interior, porque sé que ellos me lo van a apreciar y, fuera de todo sentimiento egoísta, sé que me sentiría correspondido. Sacrificarse por un amigo comprende, entonces, cualquier esfuerzo propio por asegurar su bienestar. Veo a mis padres y a mis hermanos, y a los hijos de estos a su vez, como mis amigos antes de aquellos seres sagrados a los que adoro.

Larga vida a los amigos, por ende. Por lo menos entre los varones, porque la amistad entre mujeres la entiendo más complicada, y un tema que excede mis capacidades de comprensión con demasía.

Una de las maravillas del mundo son los amigos. Esos seres que son uno mismo en otra casa y con otra camisa. Con quienes se ha participado de la recocha del pensamiento, del chisporroteo de la palabra, de la serenidad de las confidencias y del goce de los frutos terrestres. Por quienes uno daría lo que fuera para que nada les pasara. Nada malo, se entiende. Ni la desdicha ni la enfermedad ni la muerte.

Jotamario Arbeláez

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~ por Juancho H. en abril 8, 2009.

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