De la felicidad

Un compañero de oficina, Nacho, es un hombre bastante alegre. Llega todos los días con su frase característica: “Buenos días amiguitos, ¿sois felices?”. A mí me llama “Joan”, la traducción de mi nombre en catalán, aunque él sea gallego, haya sido criado como un andaluz y además viva en Pamplona. Se la pasa bromeando, y tiene una risa contagiosa.

“¿Eres feliz, Joan?”, me pregunta cada vez que me extiende su mano. Yo le respondo “bastante”.

En nuestros ratos libres hablamos de muchas cosas. La mayoría de veces le aconsejo sobre cómo se habla adecuadamente como un colombiano, proeza imposible para un español que anda sobre los cuarenta como él, hecho que no le resta capacidad, pues de por sí es bastante difícil. En todo caso, nuestra última conversación fue sobre la felicidad, y de cómo puede llegar el hombre a ella.

He dejado implícito en ocasiones anteriores que el fin último del hombre es la felicidad. Llega a ella valiéndose de recursos varios: unos utilizan la fe, otros la razón, el conocimiento, la familia, las experiencias, etcétera. Sin embargo no es una receta universalmente conocida. Le contaba yo a Nacho que, de los casi dos años que llevo viviendo en España, de las cosas que más me ha sorprendido es del aparente mal genio en que suelen andar los españoles. En el bus, mi medio de transporte principal, la relación entre extraños puede calificarse de “seca”. No tienen pelos en la lengua tampoco para expresar sus sentimientos, algo que a los americanos nos choca bastante, pues estamos más acostumbrados a la diplomacia. Eso es bueno y malo a la vez.

Nacho, al ser feliz, expresó que, como antiguo miembro del Opus Dei, era bastante feliz al ser creyente y al ser devoto a su familia, compuesta de una señora y dos hijos de ojos claros. Yo en cambio no le pude explicar la razón de por qué era “bastante” feliz, pero que sin embargo me las arreglo para acostarme tranquilo y sin preocupaciones. Él me respondió que era raro pues, basándose en la conocida situación de orden interno que atraviesa Colombia, era extraño que yo estuviera así de feliz, y luego se explicó a sí mismo que quizá esa situación se debía a que en el momento vivía en España y no en mi país.

Yo le respondí que ahora no era tan feliz como lo era en mi país, tumbando su tesis. Y también le dije que había un estudio que demostraba que los colombianos no sólo eran más felices que los españoles, sino que es el pueblo más feliz del mundo, sólo superado por los originarios de Vanuatú, una pequeña isla del Pacífico.

Quedó estupefacto con la respuesta, y más aún cuando supo que España se encontraba en el puesto 87 en un total de 150 países analizados.

Me pregunto ahora, ¿por qué se considera a Colombia uno de los países más felices del mundo? ¿por qué sucede lo mismo con otros países similares, los llamados “en vías de desarrollo”? y en oposición, ¿por qué los países industrializados son más infelices?

Tengo una apreciación romántica al respecto, además de los detalles que expone el estudio sobre el impacto que genera en el medio ambiente el hecho de que una vida humana exista. A estas personas de las que hablamos no les toca fácil la vida, pero ese esfuerzo constante les llena de significado. Muchas veces no son apoyados por sus estados, pero definitivamente encuentran ese soporte en sus congéneres. Tienen costumbres y tradiciones que los efectos negativos de la globalización no han podido arruinar. Son felices no sólo porque están vivos, sino porque realmente sienten la vida; se sienten útiles en ella y trabajan para fijarse un rumbo y seguirlo.

La felicidad no es medible. Si existiera una medida cuantitativa de la felicidad que pudiera aplicarse como la longitud a la estatura, y nos midieran a Nacho y a mí, habría que sacar nuestra procedencia por descarte y tomar datos para el estudio científico. Quién sabe cómo será el resultado. No hay ciencia que mida la felicidad.

Ni hay hombre feliz al que le interese.

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~ por Juancho H. en abril 20, 2009.

3 comentarios to “De la felicidad”

  1. Yo quiero ser feliz, solo quiero estar en Paz. y eso solo llega aprendiendo a disfrutar de la vida , apesar de todo lo demas .

    bendixcs, que estes bien.

  2. Por alusiones: los españoles no somos secos. De hecho el turismo es una de nuestras fuentes de ingresos principales, y su auge se debió en gran parte a lo acogedores que somos, aparte del clima y paisaje. Eso sí, para nosotros la forma de hablar de muchos latinoamericanos resulta muy poética, por lo que comprendo que les resultemos “secos”.
    El transporte público y más por la mañana saca lo peor de cada uno 😉
    Respecto a la felicidad supongo que en los países “ricos” se tiene una perspectiva de qué es ser feliz tan utópica que no es fácil considerarse en ese estado. Yo me considero razonablemente feliz, al menos la mayor parte del tiempo.
    En cuanto a Colombia, no lo conozco, pero si es como dices flaco favor le hacen quienes en los medios de comunicación siempre la identifican con escándalos de narcotráfico, desigualdad y violencia social. He de reconocer que en mi mente el mensaje ha llegado a calar, así como el hecho de que se la considere como uno de los tres países más peligrosos del mundo.
    Pero si dices que sus ciudadanos son más felices o que la siuación es distinta será que hay otra Colombia por descubrir, y las autoridades colombianas harían bien en promocionarla más exteriormente.
    Saludos. Cas.

  3. Muchas gracias por sus comentarios, y como siempre bienvenidos a la lámpara.

    Diego: Creo que esa debería ser la meta de todo ser humano, indiferentemente de su raza, credo, sexo, condición sexual, etcétera. Es lo que nos hace humanos.

    Casandra: Tienes razón, y creo que no me expresé lo suficientemente bien al respecto de lo “seco”. En efecto, esa es la percepción que he tenido. Y si te parece que el transporte público saca lo peor de uno, por favor, nunca te subas a un bus público en Bogotá…

    Como periodista que soy, entiendo que las cosas más extravagantes son las que salesn al aire. En Colombia, por desgracia, son las acciones de unos cuantos violentos que ya se han encargado de estigmatizarnos a todos los demás. Es complicado cuando la gente se entera de que eres colombiano y te tratan como lo que ustedes llaman “camello”. Al principio me enfadaba, pero ahora comprendo que no es su culpa: es lo que reciben de los medios. Sí sería óptimo que se informaran un poco más, desde luego.

    Espero que tengan una feliz semana, y como siempre, sean felices.

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