Cordialidad

Cuenta la leyenda que un día un aristócrata invitó al buen Diógenes a comer a su casa, mientras intercambiaban conocimientos y opiniones. Diógenes aceptó la invitación.

Mientras el adinerado hablaba maravillas de Platón, de su idea del gobierno de los mejores y de los sabios, de los más capaces, Diógene se entretenía comiendo una deliciosa patilla. Hacía un buen rato que no probaba una fruta tan fresca. El anfitrión le preguntó que si había quedado a gusto con la comida. Diógenes, en ese momento con la boca llena de semillas, empezó a mirar a todos lados dónde deshacerse de los residuos. Al ver que todo estaba pulcro y limpio, Diógenes le escupió en la cara al aristócrata, a lo que dijo después:

Perdón. No encontré un lugar más sucio para escupir

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“Lo cortés no quita lo valiente”, me solía decir mi madre. Aunque ella admitía que, en ciertas ocasiones, hay que dejar los modales de lado, dar paso a comportamientos más primitivos, si ello llegara a ser necesario con tal de defender ideales mucho más elevados. Muchos no ven la belleza en eso, lo de irse a los golpes por conceptos subjetivos como la honra, o incluso la vida misma, pero una vez se entiende puede ser muy provechoso.

Pero, de lo contrario, siempre cortés.

La historia que muestro arriba es una muestra inquívoca del cinismo. Ciertamente le pareció despreciable el sujeto como para escupirle en la cara, pero no lo descalificó en su condición de ciudadano ateniense, por lo que le extendió disculpas. ¿Fue cordialidad de Diógenes el hecho de que se molestara en buscar un sitio “desaseado” para escupir, pero según su perspectiva ese lugar resultó ser el mismo anfitrión?

Podemos inferir de primeras que al aristócrata no le pareció un acto de cordialidad, y sería aventurado de nuestra parte pedirle que entendiera el gesto de su huésped. Sin embargo, si escudriña al respecto, encontrará una enseñanza: es su actitud, aquello que pretende abrazar como su esencia, lo que Diógenes encuentra sucio.

Una manera un poco extrema de figurarlo. Por desgracia, no sabemos qué pasó a continuación, pues la vida de Diógenes está rodeada de misterio, y sólo se conocen unas cuantas anécdotas y referencias de su vida. Pero la enseñanza que nos deja esta historia a nosotros, que vivimos dos mil trescientos años después, es que, en ocasiones, la cordialidad no se puede apreciar a simple vista. Ya llegarán después asuntos como que es equivocado confundir cordialidad con debilidad o relacionarla con otros asuntos. Hay que tener cuidado, sin embargo, pues no toda cordialidad es buena de entrada: hay que entender los motivos que la impulsan.

Así, hay veces en que escupir en la cara es cordial, pero adular y besar traseros es de animales.

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~ por Juancho H. en abril 28, 2009.

3 comentarios to “Cordialidad”

  1. A mi me parece que Diógenes escucho atentamente lo que hablaba su anfitrión y no le agrado nada lo que oía y al no encontrar donde dejar las semillas se las lanzó a la cara, como signo de desprecio.

  2. Claro que sí, Kathy, muy buena observación. Diógenes era llamado el Cínico: no tenía vergüenza de nada. En efecto todo lo que representaba el aristócrata era todo lo que el filósofo odiaba: pretensiones, posesiones materiales, etcétera, y le pareció “sucio”, de ahí el símbolo de escupirle en la cara. No hubiese sido así de tratarse de otra persona la que lo hubiese invitado.

    Espero estés bien y tengas una feliz semana.

  3. Creo que es una excelente manera de hacerle saber lo despreciable que es una persona al expresarse, nadie mejor que el buen Diogenes para hacerselo saber… me encantó!!!!

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