Cheney

Recuerdo un capítulo de Los Simpsons en que Homero se mostraba desesperado por el ataque de los osos a Springfield, aunque en toda la historia sólo haya habido dos: aquel que Jeremías mató con sus propias manos (supuestamente) y el que destruyó el buzón de los Flanders. Por eso decidió exigirle al ayuntamiento de su ciudad la implantación de la patrulla anti – osos. Sintiéndose victorioso mientras contemplaba desde la puerta de su casa el despliegue tecnológico de la patrulla (que incluía un impresionante F – 117 color caqui), Homero se congratulaba por el éxito de su propuesta porque, evidentemente, no había osos. Lisa, la voz de la razón en la serie, le expone a Homero su incongruencia, pues a pesar de que efectivamente no hay osos en Springfield no se debe justamente a la patrulla, sino porque  se trata de un evento extraordinario. Ella, en un papel pedagógico, pone como ejemplo una simple piedra a la que le atribuye el poder de alejar a los tigres, pero que eso mismo constituye una falacia, pues no funciona. Al final de la escena Lisa le vende a Homero la piedra por unos billetes.

Ante un ejemplo ilustrativo (y espero jocoso) de causalidad, vamos ahora con lo que nos corresponde. Durante las últimas semanas se ha hablado en Estados Unidos sobre las atrocidades que se han cometido en la mal llamada guerra contra el terror, específicamente en materia de tortura. Obama, quien aún espero cambie todo para bien, asegura que los métodos empleados en los interrogatorios eran monstruosos, atentaban contra la moral humana (además de violar un sinfín de tratados internacionales y gran cantidad de leyes nacionales), y, en últimas, resultaban impresentables. Estados Unidos debe ser una nación ejemplar, por lo que ordenó una completa investigación al respecto, además de prohibir dichas prácticas.

Como suele ocurrir en estos casos, el hedor es calientico y sube con mucha rapidez. También ocurre con la responsabilidad de estos hechos. Decir que todo esto ocurrió a espaldas del ex presidente George Bush y su séquito es risible. De hecho existe constancias en muchos documentos de que, en efecto, muchas de estas macabras maniobras fueron autorizadas desde el Departamento de Defensa, e incluso de más arriba.

Ahora pasamos a lo verdaderamente noticioso. La semana pasada Dick Cheney, el vicepresidente en el gobierno Bush y al que muchos atribuían una enorme influencia en el mandato, aseguró en un programa de televisión que, de hecho, la nación norteamericana debía estar “agradecida” por esos métodos empleados contra los “prisioneros de guerra”, pues la información extraída de ellos evitó atentados iguales o peores que los del 11 de septiembre de 2001.

Bien. Acá encontramos, además del evidente descaro, una actitud que justifica un proceder y lo valida para fines específicos, en este caso la seguridad nacional estadounidense. Está más que comprobado que los procedimientos traumatizantes tienen efectos aleatoriamente impredecibles para fines prácticos: un torturado terminará señalando a cualquiera con tal de terminar su angustia o sufrimiento (ya tenemos experiencia con casería de brujas o con los inquisidores, con los que sus víctimas terminaban afirmando cualquier cantidad de cosas que se les imputaban), y de esa manera Cheney en cierta forma apoya la tortura porque ella evita que se efectúen atentados terroristas en territorio de los Estados Unidos.

¿Tiene razón Dick Cheney en avalar la tortura? Tanto como la que tiene Homero con su patrulla. Pero la diferencia es que el terrorismo, esa entidad abstracta que tanto temen los estadounidenses, no es ningún oso. Muchos fanáticos, nacionalistas y personas ignorantes e indiferenciadas soportarán dicha actitud con tal de mantener alejada cualquier amenaza de su país. Eso incluye mandar a morir cientos de soldados a otros países, mandar al calabozo sin juicio a miles de prisioneros y hacerse el loco con los mínimos principios de humanidad que tanto se ha esmerado en defender la civilización conciente durante la última centuria.

Ojalá la sociedad estadounidense recapacite, contrario a Homero que nunca lo hizo. Aunque hay que estar preparados pues, después de todo, Homero al final compró la piedra espanta – tigres.

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~ por Juancho H. en mayo 6, 2009.

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