De la terquedad

A propósito de las 100.000 visitas al blog de J.M. Hernández (al cual saludo y felicito desde acá), entré al vínculo que el “profe” llama la primera pelotera. Aparte de una lección de ciencas basada en simples y sencillos cálculos, hubo una afirmación del intelocutor y co – polemizador que me llamó muchísimo la atención. Hago la cita acá:

Ya sé que, así como yo nunca renunciaré a mis principios, ustedes tampoco darán jamás su brazo a torcer, así que tampoco voy a perder más tiempo en esos detalles, pues lo necesito para subir los muchos artículos que aun tengo pendientes: bendición para los que amen la Palabra, y cólicos para quienes la odien.

Aparte de la horrenda maldición del final, es el contenido del mensaje lo que me llamó la atención: una persona que “jamás dará su brazo a torcer”, sin importar el número de evidencias que se le presenten, o pruebas que refuten una tras otra sus afirmaciones. Esto, por supuesto, es un ejemplo perfecto de una actitud terca e intransigente.

Pregunto, entonces, ¿hasta qué punto puede mantenerse una persona firme en sus suposiciones, principios, ideas, o demás? Ello suponiendo que en algún momento se “rompa” esa resistencia ante las evidentes y continuas equivocaciones en un comportamiento o estilo de vida. Bien, pero volvamos a este caso en particular, que es correspondiente a la leyenda del diluvio del Génesis bíblico y su veracidad. El autor de esa frase sostenía que el diluvio es un evento histórico real, y aportaba con sus limitados (limitadísimos) conocimientos científicos supuestas pruebas, y aquello inexplicable simplemente ejercía el Deus Ex Machina.

La lucidez mental de este señor no la pienso discutir. Creo que sus palabras ya han dado cuenta de ello. Los cristianos reformistas toman la palabra de la Biblia como verídica, por lo que encontramos sucesos fantásticos ocurriendo, seres humanos longevos y dragones arrojando estrellas a la superficie terrestre. Para ellos eso es irremediable e indiscutiblemente cierto, porque es “palabra de Dios”. Es su labor entonces explicarle a los “incrédulos” cómo sucedió, proceso conocido como “evangelización”.

A muchos les parecerá, como a mí, absurdo este comportamiento. Sin embargo, hay muchas personas que se empeñan en que sea así. ¿Por qué? ¿Por qué pasa eso? La respuesta es que estas personas necesitan creer en que es cierto, pues estructuraron sus vidas alrededor de mitos y leyendas fantásticos, llenos de mensajes de amor, odio, temor, salvación y perdición. Lo necesitan porque eso les da sentido a sus vidas.

En el caso de los cristianos reformistas o protestantes todo se reduce a la salvación del alma eterna, y la vida después de la muerte. La alternativa es el eterno sufrimiento. Por ello lo creen así. Otras personas ven conspiraciones en todos lados, OVNIs rodeando la tierra, fenómenos paranormales, abuelitos muertos halando las piernas a sus nietos por las noches, y otras cosas que contribuyen a la ilusión del control que queremos mantener en nuestras vidas. De niños evitábamos tocar las líneas de las baldosas del piso; de grandes no nos pasamos la sal directamente, nos santiguamos al salir de casa y colgamos pósters en las habitaciones que rezan I want to believe.

Sí. I want to believe, porque existe la necesidad, la terca necesidad.

~ por Juancho H. en junio 16, 2009.

2 comentarios to “De la terquedad”

  1. Hola Juancho, gracias por la referencia y las felicitaciones. La verdad es que con ese tipo al que te refieres la “pelotera” siempre está servida. ¿Más ejemplos? lo que me dijo en su blog: que una rotura de muñecas que tuve jugando al frontenis se debía a que su dios me había visitado por contradecirle.

    Miedo me da que este tipo de gente pretenda erigirse en juez para decidir qué enseñar a los chavales en las clases de ciencias. Como le dije a él mismo en su momento, tan solo espero que no oiga una voz que le ordene subir a una azotea con un rifle para castigar a los infieles…

    En cuanto al artículo en sí, interesantes reflexiones. Marcas el punto crucial de los fundamentalistas: no piensan cambiar de opinión, pase lo que pase.

    Un corial saludo.

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