Jaime

Contra ese poste no sólo se estrelló él, sino los sueños y la risa de muchos colombianos.

Palabras que hace siete años me confió Marisol, hermana del periodista y humorista Jaime Garzón, asesinado vilmente el 13 de agosto de 1999. Mientras iba a su trabajo, en la emisora Radionet (de su amigo y colega Yamid Amat), unos sicarios en moto se aproximaron a su camioneta y lo acribillaron, propinándole cinco disparos en la cabeza.

Su camioneta fue a parar a un poste de la avenida que hoy lleva su nombre, junto a la Feria de Exposiciones de Bogotá.

¿Los autores? Todos señalan a los paramilitares, y más al extinto Carlos Castaño. Pero lo cierto es que, en este país donde pasa todo y no pasa nada, detrás de este magnicidio se encontraban muchos intereses para silenciar la voz de Jaime. Una voz que, ante tanto miedo y represión de opinión, era quizá la única que se atrevía a exclamar lo que muchos sentíamos.

Su manera fue, acudiendo a la buena naturaleza de la mayoría de los colombianos, gente de bien, fue el humor y la risa.

Fue a través de personajes como Émerson de Francisco, presentador de informativo; Nestor Elí, portero del metafórico Edificio Colombia; Dioselina Tibaná, cocinera del Palacio de Nariño (y de paso poseedora de uno que otro chismecito), o, por supuesto, el inolvidable Heriberto De La Calle, quien lustraba los zapatos de los famosos, mientras hacía preguntas bastante directas.

Como se pudo apreciar en el video, sus colegas también lamentamos la partida de un hombre temeroso de los acontecimientos, y lo que ellos pudieron representar. Con otro personaje célebre, el ultraderechista Godofredo Cínico Caspa (el primer nombre una evidente sátira al partido conservador), vemos esa providencia cuando se refería, en 1997, al entonces gobernador de Antioquia, Álvaro Uribe Vélez.

Algún parecido con la realidad NO es pura coincidencia.

Muchos le criticaron a Jaime cercanía con la guerrilla, en especial cuando se desempeñó de alcalde de Sumapaz. Lo que muchos intolerantes dejaron de ver (y aún persiste) es que él representaba precisamente la libertad de expresión, ese derecho “inalienable” sistemáticamente alienado al que todo colombiano tiene derecho, pero que por miedo a la muerte muchos olvidan.

Así que, por favor, no olvidemos a Jaime. Recordemos ahora que hay aún muchísimo por hacer.

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~ por Juancho H. en agosto 13, 2009.

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