Del desespero

En una noche de vigilia, sintonicé en mi televisor el canal católico EWTN para vencer el insomnio. Mi lógica dictaba que, si quería pegar el ojo, debía ver algo que me aburriera, y como para variar un poco utilicé el contenido religioso.

Hablaba entonces un teólogo sobre el ateísmo y “diversas formas de agnosticismo”. Como es usual en los llamados “estudiosos” del etéreo tema, calificaron a los herejes y apóstatas de ser rebeldes y de llevar una vida “espiritualmente intranquila”, por aquello de estar sumido en la desesperación.

No es la primera vez que escucho ese argumento. Es el mensaje, o mejor, el sentimiento que suelen blandir los creyentes “leídos” cuando se topan con el tema. Es, digamos, una sensación de lástima que ellos mismos profesan por aquellos que carecen del don de la fe religiosa.

Tomemos entonces ese argumento por un momento: los ateos viven en un estado perenne de desesperación, o mejor, de desesperanza. Dicha aseveración convierte al útero materno en una especie de dintel del Infierno de Dante. Las acciones del ateo, que no transcienden por carecer de ese mismo sentido, se tornan inútiles.

Viendo ahora el lado contrario de la moneda, los creyentes no sufren de ese problema, pues su esperanza y su fe residen en la existencia de un ente superior (evitemos el término supremo por esta ocasión). Gracias a que su misma existencia, y la manera de llevar la vida, está ligada íntimamente a la presencia latente de esta deidad, entonces para ellos sí hay una trascendencia, una idea que se torna alcanzable mediante las acciones que realicen en este limitadísimo estado.

Conviene ahora analizar el alcance de dicho análisis. La identidad de un creyente no proviene de sí mismo, sino de una idea superior. El creyente, por sí mismo, carece de identidad o incluso de significado, siguiendo esta línea de pensamiento. Sus acciones, por ende, son convenientes y oportunistas, pues no hay en ellos un esfuerzo propio, no existe un valor alguno. Ergo, su existencia acá, en esta tierra, es insignificante, salvo el inusitado despliegue de egoísmo.

Volvamos ahora al ateo. Su estado de desesperación (o desesperanza) es porque, según el creyente, desean obviar o ignorar esa alta presencia. Ese sentimiento, esa sensación es, en lugar de la nada existencial del creyente, una identificación propia, personal, y mucho más íntima de lo que es la relación del creyente con su idea superior. El ateo tolera su desesperación, esa desesperanza perenne, a través de las nociones de la vida diaria. Le da relevancia a esta vida y a los sucesos que suceden en ella, magnificándolos.

Eso es, por supuesto, suponiendo que lo decía el teólogo de la EWTN fuese verdadero.

Estas son, evidentemente, sólo palabras. No hace diferencia alguna en la manera de llevar la vida de cualquier ser humano, sea creyente o no. Finalmente es una demostración más (bastante práctica, he dicho) del aire de superioridad que suelen imprimirse esos estudiosos del saber vacío que suele conocerse como teología, de lo vacuo y banal que son sus aseveraciones, y de lo abrumadoramente intrascendente de sus mal llamados logros.

Además, en lo que respecta a este teólogo en particular, sólo probó su utilidad al encontrarse en un horario televisivo de las tres de la mañana y ayudarme a dormir como un bebé. Me ayudó a quitarme el desespero del insomnio.

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~ por Juancho H. en agosto 16, 2009.

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