Viaje (II)

El viaje, o el simple desplazamiento físico significativo de la persona, es una sana actividad de apertura mental. Siempre lo he sostenido. Así he recorrido medio mundo ya: caminar por las arenas del Sahara, bucear en la hermosa Gran Barrera de Coral o admirar el horizonte desde la cima de la torre Eiffel. Incluso tuve la enorme dicha de vivir en un hermoso país como España.

Pero además de señalar ciertas experiencias inspiradoras por su naturaleza estrechamente ligada a lo estético, también cabe señalar los importantes cambios que existen en la mentalidad de las diversas naciones, incluso entre regiones aledañas se pueden apreciar diferencias.

Soy colombiano, ello indica que, lo quiera o no, mantengo una etiqueta conmigo todo el tiempo, más evidente para aquellos débiles de mente que sólo saben hacer señalamientos prejuiciosos, como la de aquel andaluz que un día me tomó en mal día y me preguntó “¿y has traído cocaína?”, yo, furioso, le contesté “no, porque ya está toda acá”. Los viajes, sin embargo, me han enseñado que en la mayoría de los casos estos impasses no ocurren por malicia sino por simple falta de información.

Mi viaje de dos semanas largas fue a los Estados Unidos. No iba desde el año pasado, que fui a Pennsylvania, pero hacía ocho años que no visitaba a mi familia de Carolina del Sur, en el sureste. Con una población mayoritariamente conservadora, existieron instantes en que mi tolerancia debió verse a prueba, como cuando un primo señaló de manera despectiva que “este país (EEUU) se está yendo al diablo por culpa de un nigeriano”, a lo que yo respondí que “si él no fuera un gringo como tú, en todo caso, sería keniano y no nigeriano”, todo ello, por supuesto, en referencia al presidente Barack Obama.

Desde muy niño sostuve que Estados Unidos era el país de las montañas rusas, el refill y el consumo. También está ese pequeño temor que siente el estadounidense promedio por todo aquello que pueda interferir en su estilo de vida, como lo hacía mi primo con su presidente.

Sí… duro reto a la tolerancia. Convivir con mi familia, que ya va por la tercera generación viviendo allá, bendecir cada comida, llenarme hasta la saciedad con comida que evidentemente no es saludable, y recorrer increíbles distancias para ir a un simple supermercado me recordó (y reafirmó) que siempre hay gente diferente, y ello siempre es digno de respeto.

¡Cuánto daría porque eso fuese un sentimiento general! ¿Acaso será necesario que toda la humanidad se desplace en turnos para irse de mochileros y apreciar diferentes realidades para lograrlo? Ciertamente constituiría un gasto enorme, y hablando en términos de eficiencia el tiempo invertido en ello también sería gigante. ¿Existirán más métodos?

Por ahora, y volviendo al principio, una de las mejores cosas de irse de viaje, además de las razones ya anotadas antes, es el regreso a casa. ¡Y qué bueno es!

~ por Juancho H. en septiembre 13, 2009.

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