De la terquedad (II)

En las últimas dos semanas se llevó a cabo un extenso debate en el blog de biología La Ciencia y sus Demonios acerca del Creacionismo y su lugar en la educación en las escuelas, que, como opinión de un servidor, no tiene. Sin embargo, y por la naturaleza de la discusión, una persona apreaciará la verdadera naturaleza de iniciativas de este tipo, de aquellos que meten sus manos al fuego por ellas y, en últimas, de lo increíblemente nocivo que resulta para la salud mental de la comunidad dejarse llevar por un fanatismo de esta índole.

Ya hablé en una pasada ocasión sobre los motivos que impulsan a ciertas personas a creer en ideas o doctrinas contrarias a lo que debe estipular la razón o, como en reiterados casos ha sucedido (en particular el que señalo en el primer párrafo), lo que el duro esfuerzo dedicado a la investigación científica nos puede ofrecer. Señalé que, en medio de todo, estas mismas ideas o teorías apelan más a la imaginación que a la razón y, por su carácter sencillista y facilista, convencen a personas que tienen un sentido distorsionado de autoridad, es decir, de aquel que demuestra una debida aptitud para expresarse con respecto a un tema.

Me acordé entonces de la historia de la abuela de un amigo que, debido a su origen humilde y poca educación, no sabía si debía consumir la píldora anticonceptiva pues, como ella lo veía (y así la habían adoctrinado) era pecado. Así que fue a asesorarse con el sacerdote de su parroquia para “ilustrarse”. Por suerte para ella, el curita era progresista, conocía su situación particular (tenía cinco hijos y a duras penas le alcanzaba para sobrevivir) y estaba consciente de los vientos de cambio que se asomaban en aquella época, mediados de los 70. El clérigo entonces le advirtió que, aunque el Vaticano decía que era pecado, en su caso era mucho mejor tomarla y hacer una planificación responsable.

Como se apreciará en este fenómeno (si se me permite el laxo eufemismo) entra a jugar un gran papel el respeto que se siente por aquellos individuos o cosas que marcan una senda influencia en la vida de las personas. Así, por ejemplo, en el caso de un fanático cristiano, se toma demasiado en serio la Biblia o lo que provenga de un pastor evangélico; además, por extensión, también se come los cuentos de aquellos que dicen tener estudios, si que haga falta que sean serios, y que comparten los mismos dogmas. ¿El resultado? Ideas herméticas e incontrovertibles, que generan principios como este, que aún recuerdo mucho porque fue de mis primeras intervenciones en la blogósfera.

¿Qué se debe hacer, entonces, con esos constantes despliegues de intransigencia que tan a menudo ocurren? No creo que lo conveniente sea rechazarlos, porque señalarle los errores a un individuo terco causa diversión, para alarma de muchos moralistas. No hay una verdadera respuesta, o un plan de acción, ante estas manifestaciones. Sólo queda el trabajo duro y el auténtico esfuerzo por alcanzar el conocimiento. Y, una vez se tenga, dudar de él, pero con buenos motivos; siempre será sano.

~ por Juancho H. en septiembre 29, 2009.

Una respuesta to “De la terquedad (II)”

  1. Creo que en muchísimas personas no existe ningún tipo de reflexión acerca de las cosas. Toman “lo que viene”.
    Otras reflexionan pero llegan a una complicada cosmovisión (tipo “new age” por ejemplo). Y también son tercos…
    Una amiga me quería convencer que lo que le pasa (ataque de pánico) es por lo vivido en vidas pasadas…..

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