Religión (III) (y de la esfera pública)

Las declaraciones en días pasados de Nicolás Sarkozy, presidente de Francia, con respecto a la religión y su lugar en la sociedad francesa han causado revuelo no sólo en ese país, sino en comunidades seglares y de doctrinas diferentes a la cristiana (particularmente la judía).

Dejando un lado la extravagante personalidad del señor Sarkozy y el mórbido interes que orbita su vida personal, propongo entonces analicemos de entrada este llamado “regreso a las raíces cristianas de Francia” por parte de un hombre que, según él, es un católico poco practicante. Prevé que con esa reconciliación se puedan evitar desastres como los catastróficos enfrentamientos del siglo pasado que, como se puede apreciar en el artículo vinculado en el primer párrafo, supone éstos se debieron a una “ausencia de Dios”.

Muy a mi pesar, nada más distante de la realidad. Precisamente los mayores conflictos del siglo XX (señalando especialmente las guerras mundiales) empezaron por una macabra distorsión del autoinculcado derecho divino por parte de inmisericordes agresores, obviamente aumentado por determinados intereses políticos y económicos. Sorprenden además actitudes de instituciones religiosas como la Iglesia Católica que, sabiendo que personajes como Hitler pertenecían a su comunidad (expresamente), nunca hubo una verdadera reacción moral de su parte, salvo una tibia amonestación verbal erigida años después cuando la gente esperaba que se tomaran cartas en el asunto como la excomunión.

En fin. Equivocado el señor Sarkozy, pues en lugar de ausencia había una perenne presencia “divina” en estos enfrentamientos, sólo que, como suele ocurrir en la aplastante mayoría de los casos, se encontraban versiones personales de un Dios que justificaban acciones brutales y sádicas.

Pasando por alto este leve pero vergonzoso desconocimiento de la historia moderna, sería acorde suponer que lo que el presidente francés aconseja es un fortalecimiento en el marco moral de una sociedad que ve cada día más fuera de rumbo. Sectores de la sociedad defienden determinada postura, obedeciendo a su vez su fuerte ideología religiosa, evidentemente cristiana, quienes también confían, al igual que el político francés, que la tradición nacional es sinónima de dicha doctrina.

Tal vez sea así, pero veo en ello dos errores y presunciones que no se pueden hacer. Primero, en un mundo globalizado como el que tenemos hoy sería aventurado, incluso ingenuo, suponer que la religión vuelva a ser partícipe activa de la educación y la política de un país que con el pasar del tiempo se torna más multirracial y multicultural; si se quisiera hablar de un fortalecimiento en la moral nacional también se debería barajar la posibilidad de otorgarle protagonismo a otros credos, cosa de por sí insostenible porque, como bien es sabido, cada religión mantiene su propia moral “absoluta”. Sería como mezclar agua y aceite. Bien decía Adam Smith que una mano invisible siempre se encarga de regresar las cosas a un estado de equilibrio.

Segundo, el establecimiento de normas morales acorde a la doctrina cristiana sería un retroceso intolerable en materia política. La esfera pública no se encuentra en estos momentos para una “invasión” de dogmas y líneas de comportamiento que, por la naturaleza de las mismas, pertenecen más a la privacidad del hogar que a una plaza de acceso común. Lo correcto en este caso sería alentar a un fortalecimiento ético desde casa (fiel a las creencias particulares de cada familia) para la formación adecuada de ciudadanos prestos a contribuir a la sociedad.

Todo eso por un lado. Ahora, retomando la actitud nacionalista harto conocida de Nicolás Sarkozy, bien podría decirse que dichas declaraciones no son más que una agitación de la política francesa, insinuando que todo aquello que no es cristiano no debería llamarse francés. Una actitud retardataria y, si me lo preguntan, bastante hipócrita para un estado que fomenta la integración cultural en todo el mundo excepto en su propio territorio.

Consideremos, entonces, dejar las creencias místicas para la casa, y la razón y el conocimiento para la esfera pública.

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~ por Juancho H. en octubre 11, 2009.

6 comentarios to “Religión (III) (y de la esfera pública)”

  1. […] olvidar que Europa y el Cristianismo son la base de la ilustración y el saber en Occidente. Algunos desconocedores de la historia incluso olvidan que vestían con taparrabos antes de abrazar la […]

  2. Hola Juancho:
    No sé cuáles fueron las motivaciones de N.S. Pero hay que recordar que, hace relativamente poco tiempo, prohibieron a las musulmanas llevar la cabeza cubierta en las escuelas. Así que no sé si lo que busca es mejorar la ética sino aumentar la xenofóbia.
    Por otra parte, es bastante común que las personas muy religiosas, y no estoy hablando de N.S. en este momento, tilden a los ateos de amorales. Algunas parecen totalmente convencidas de que la ausencia de Dios trae como consecuencia el descalabro de toda conducta moral, ética, sexual, social, etc. Parece que creen que el fin de las religiones generaría una transformación de la humanidad toda en asesinos, ladrones, incendiarios, promiscuos, etc, etc.
    Obviamente, yo no creo eso. La historia demuestra que ni siquiera eso sirvió jamás.

    • Es triste en verdad aquello que señalas, Rosa. No todos son así, es decir, aquellos creyentes que sostienen un amor sincero por sus creencias y buscan practicar éstas con respeto al prójimo. Muy diferente a los fanáticos que se apegan a una ideología que usa el odio como bandera.

      En cuanto a Sarkozy, bien es sabido que es xenófobo. Desde que ese señor estuvo en el gabinete de Chirac los inmigrantes no la han tenido fácil, en especial aquellos de ascendencia musulmana. Hoy, vemos hijos de argelinos que son tan franceses como el champagne y deben soportar iniciativas odiosas y excluyentes como éstas.

      Gracias por tu comentario.

  3. Et in Arcadia ego. Será que el tiempo ya ha llegado?

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