Encrucijada

La noticia nos llega desde el otro lado del charco, en el Viejo Continente. La Corte Europea para Derechos Humanos ordenó el retiro inmediato de crucifijos en los salones de escuelas públicas italianas (ver noticia). Esta dictamen, por supuesto, no fue del mayor agrado para los sectores más conservadores europeos, que lo ven como una “decisión ideológica”.

Por un lado, tenemos un grupo de gente que es consciente de la pluralidad y diversidad creciente que existe en la zona y, por otro, personas que ven amenazadas sus creencias por dicha medida. Reacciones no se han hecho esperar. Es importante señalar que en este último grupo se ven personalidades de la vida pública, como el Primer Ministro Italiano y (por supuesto), portavoces del Vaticano.

Para un niño ajeno a la fe de Cristo que ve un crucifijo, a pesar de que este constituye un símbolo mundialmente reconocido, infrige en aquél una profunda molestia. Un rechazo implícito que finalmente (y por tristeza) se transformará en manifiesto.

Yo, la verdad, no comprendo cómo las creencias cristianas de un joven estudiante puedan verse afectadas por la ausencia del símbolo religioso de las aulas cuando puede expresar sus creencias libremente en otras circunstancias, sin que ello tampoco le vaya a ser negado. La medida refuerza la línea de pensamiento de que dichas manifestaciones culturales se permiten perfectamente en el ámbito íntimo de los hogares o, en su caso, de los templos. Existe también la posibilidad de los colegios privados que, aunque más caros, aseguran una formación religiosa que (aún no entiendo) por qué algunos padres desean hacerse exonerar de ello y delegar la educación en terceros.

Tomemos esta rama por un momento: la de la educación. Por tradición los padres de familia esperan que en la escuela les enseñen la mayoría de cosas a sus hijos para que estos sean, según su punto de vista, personas funcionales en sociedad, con una moral adecuada, etcétera. Esto último es subjetivo, y de ninguna manera unos lineamientos deberían ser un imperativo general para comunidades que aceptan el progreso y lo utilizan para su conveniencia. A veces olvidamos que las libertades que a diario exigimos también conllevan unas responsabilidades.

Así, un padre cristiano, uno musulmán, uno protestante, uno budista, debe educar a sus hijos en aquellos credos determinados sin necesidad de afectar a los demás pues, por la más sencilla definición, la virtud religiosa pertenece a la esfera privada.

Volvamos, ahora, al cuadro general. Una comunidad de países cuyo lema es “Unión en la diversidad” debe reconocer lo que dicho principio abarca. Además de los frutos que una economía liberal ha traído a las naciones europeas, también deben tomar dicha vía liberal para afianzar una pluralidad que va en aumento.

Hace poco El Rano Verde escribió un artículo con las gráficas necesarias para que el lector se haga una idea que, a fin de cuentas, en el fondo no tiene nada que ver con ateísmo. Muestra una tendencia que indica la personalización y subjetivización de la experiencia religiosa. Aunque la encuesta que enseña el artículo no refleja algún dios en particular, se entiende que personas de diversos orígenes participaron de ella y no necesariamente seguidores de Cristo (católicos, protestantes, anglicanos, mormones…).

La libertad de credo quita la oscura manía de vetustas organizaciones que, nostálgicas por su influencia de otrora, consideran que su religión debería ser la única y absoluta, con toda la agresión y prejuicio que ello conlleva. A nadie se le reprochará por sus creencias (en teoría), pero es imperante desmontar estas encrucijadas para abrazar dicha libertad.

~ por Juancho H. en noviembre 8, 2009.

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