De la felicidad

Muchas personas han hablado del fin último del hombre sobre la tierra. Retrocediendo a la Antigua Grecia, vemos que Aristóteles habló de la felicidad como la causa final de la humanidad. Una apreciación interesante.

Estos últimos días, en los que he tenido la bella oportunidad de compartir con mi familia tal y como ocurría cuando era más joven, sentí tranquilidad y satisfacción. Supongo que, bajo ciertos parámetros y una determinada perspectiva, se diría que estuve feliz.

Pero, ¿qué es exactamente la felicidad? Ciertamente considero que no se trata de andar sonriente todo el día. Tampoco creo que sea un estado perpetuo al que un hombre llega y dice “bien, ya soy feliz”; eso conllevaría un increíble cansancio. ¿Se tratará acaso de satisfacer los deseos primordiales de cada cual? ¿Existirá algún límite para cumplirlos? ¿Morales, políticos, tal vez?

Para aquellos buenos observadores, apreciarán que esta cantidad de preguntas no son formuladas gratuitamente, pero sí se hace de una manera implícita, con una presencia latente en la existencia humana.

Supongamos por un momento, y atribuyéndome por esta ocasión la libertad de ser banal, que una persona se sentiría feliz si tuviera en su haber un millón de dólares y tuviera el entusiasmo suficiente para alcanzar su meta. ¿Qué debe hacer? ¿Robarlos? ¿Falsificarlos? Si se tratara de un hombre eficiente (ya le hemos atribuido eficacia) encontraría la manera más sencilla de adquirirlos, pero suponemos igualmente que esta misma persona se mueve según unos principios y que, por supuesto, querrá disfrutar su dinero una vez lo tenga, por lo que una manera groseramente tosca de obtenerlo estaría descartada.

Llegamos al punto en que consideramos a nuestro hombrecillo imaginario una persona trabajadora, un buen samaritano que no lastimaría a nadie, que paga sus impuestos y se preocupa por las necesidades de su familia (siéntanse libres de ubicar aquí las necesidades que ustedes consideren necesarias). Acá podría ocurrir una de tres cosas: que el hombre, en la medida en que recorre el arduo camino hacia su millón de dólares, encuentra otras formas de ser feliz, de llevar una vida plena, sin necesidad de alcanzar su sueño; otra es que se frustre por el esfuerzo requerido por alcanzarlo y termine su existencia amargado, o que finalmente lo logre bien sea por una casualidad o porque de hecho su persistencia así lo recompensó.

Si apreciamos el cuadro general veremos un común denominador en estos tres escenarios. Se verá que el hombre ha aceptado su destino (por llamarlo de alguna manera) y suscribe que esa es la vida “que le ha tocado vivir”; en el segundo caso puede que esta situación no se presente tan alegremente, pero sí de una forma más agreste con el caso excepcional en que el hombre decida romper con su rutina.

Así que vemos que, en últimas, no es la felicidad lo que el hombre buscaba, sino un estado de conformidad, una zona de comodidad en la que se sienta satisfecho y pueda decir “ya no necesito más”. Esta realidad, por supuesto, y tal como la describo acá, es disfrazada por el concepto de felicidad y su búsqueda, pero al fin de cuentas lo que el hombre busca es estar tranquilo en un escenario en el cual él se sienta cómodo bajo situaciones que él pueda manejar.

Acá vemos dos extremos. Uno sería en el que dicha conformidad durara poco y la persona buscara de nuevo ese punto de reposo original, y el otro es cuando un hombre está tan profundamente sumido en su rutina que difícilmente concibe realizar alguna otra cosa; en este último caso ya vienen otros temas como la difuminación de la humanidad, la pérdida de interés u otras cuestiones antropológicas en las que no quiero entrar ahora porque me saldría de curso.

La felicidad es, entonces, la promesa que cada cual se hace a sí mismo para encontrarle sentido a la vida. Hay objetivos más ambiciosos que otros, unos más conservadores que otros (mi abuela, por ejemplo, reza todo el día y le habla al retrato de su difunto esposo, y se muestra conforme) y, sobre todo, unos más alcanzables que otros; se ven numerosos casos de personas perdidas que desconocen lo que realmente quieren.

Así que vuelvo a mi pregunta, ¿qué es la felicidad? ¿Es acaso la realización de las cosas que más nos gustan por un periodo extendido de tiempo? ¿Podría ser una quimera que la misma humanidad se ha propuesto para impulsarse hacia adelante? Pocos conocen la respuesta, es decir, aquellos que realmente son felices. ¿Alguno realmente lo es?

~ por Juancho H. en noviembre 23, 2009.

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