De la moral

Toda la vida nos educamos para llevar una existencia digna y tranquila, en la medida de lo posible. Conforme envejecemos notamos que nuestros propios conceptos chocan con los de otros, generando discusiones y confrontaciones. Lo que a mí me parece bueno no así ocurre con el vecino, o con el iraní, o con el propio hermano.

Se descubre temprano, sin embargo, que la moral no es absoluta o universal, como lo sustentan los predicadores de barrio o renombrados teólogos. Esa aseveración es contraria a la realidad y atenta contra el mismo tejido social. Sin embargo, el hecho de que la moral sea relativa no es ni por asomo perjudicial. Los propios lineamientos de la sociedad nos otorgan una especie de guía (nuevamente, no absoluta) de lo que debería ser nuestro comportamiento, pero lo que definitivamente tomamos como moral es lo que vemos en nuestra propia casa, en la escuela, en el trabajo, etcétera.

¿Por qué no podemos hablar de una moral absoluta? ¿No serían las cosas más sencillas de ese modo? En primer lugar, si nos apegamos a las mismas leyes de la naturaleza, todo es relativo, incluyendo la procedencia y mentalidad de cada ser humano. Ahora, sabemos que la moral de una comunidad va atada estrechamente a la cultura de la misma, por lo que deberíamos hablar primero de una cultura globalizante, y considero muy difícil que todos hablemos de principios morales mientras comemos una Big Mac.

¿Y la religión? Bien, en un principio podría funcionar si, en principio, renuncia a dos aspectos a los que históricamente toda religión es renuente a considerar: primero, el fundamento que ya mencioné de la imposibilidad de una moral universal, y la necesidad de renunciar al misticismo con tal de dictar parámetros de comportamiento.

Tomemos, por ejemplo, ese ejemplo que todos conocemos y nos viene bien analizar por la cercanía que ha tenido con la cultura occidental; hablo de esa antigua institución llamada Iglesia Católica. A pesar de su terrible imagen y cuestionable metodología, la Iglesia Católica ha propugnado por siglos por la instalación de una moral universal, la suya. Es complicado siquiera intentar esta gesta con la hipocresía que exuda continuamente. Sin embargo, vemos que el papel de la Iglesia en esta era moderna e ilustrada ya no se fundamenta, a pesar de que opinen lo contrario, en la salvación eterna del alma humana, sino en el dictamen de un paradigma de comportamiento. Es imprescindible que, para que sea tomada en serio, renuncie a su autoproclamada divinidad para después sí empezar a exigir a sus súbditos la adopción de una moral. ¿La razón? La viabilidad de una actitud correcta en la vida no está (ni debería) estar condicionada o respaldada por un desconocido castigo ulterior, sino por su propia utilidad y las ventajas sociales que ofrece en esta existencia terrenal que, después de todo, es la única que conocemos. Ahora, en términos más prácticos, considero improbable que la gente escuche a la propuesta de esta institución a pesar de que deseche estos dos conceptos, pues ya hay demasiada mala sangre en torno de ella.

Por supuesto, la moral debería servir como instrumento de cohesión dentro de la civilización, mas no como disgregadora, que es el lamentable efecto que tiene aquellos que pregonan por los pirncipios universales. Los derechos humanos son la piedra angular de la auténtica moral social, aunque en ciertas partes del mundo el concepto de DDHH aún permanezca nublado, e incluso para las mentes más aventajadas, por tristeza.

Es imprescindible estar consciente de que la mayoritariamente aceptada premisa de conducta correcta es decretada por una figura de autoridad, llámese Estado, templo, papá o mamá. Los matices que se le añadan serán consecuentes con las propias vivencias del individuo.

Lo que nos lleva al principio, en cumplimiento con el círculo vicioso: toda la vida nos educamos para llevar una existencia digna y tranquila…

~ por Juancho H. en noviembre 24, 2009.

Una respuesta to “De la moral”

  1. Comentario…

    [..]Articulo Indexado Correctamente[..]…

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