Sinceridad

To thy own self, be true.

William Shakespeare

Pocas cosas se levantan tan complicadas como la sustentación de los principios propios, bien sea por el mismo miedo que se siente a la hora de expresarlos, o bien porque la misma sociedad se encarga de ridiculizarlos.

Es común observar que las personas andan por la vida anhelando que sus seres queridos, y todos aquellos con los que tienen contacto, bien sea porque son allegados o porque comparten diversas circunstancias (trabajo, universidad, vecindario, etc.), accedan a su verdadero yo, ese que reside bajo kilos y kilos de piel, órganos y carne.

(Sinceramente, me molesta un poco emplear esos términos que se tornan recurrentemente en sofismas de distracción, como el concepto del yo, por lo que pido disculpas de antemano)

Sin embargo, lo que es terminantemente cierto es que son las acciones y las decisiones que tomamos las que nos definen, las que moldean nuestra propia personalidad. Atravesamos etapas en la vida, en especial la adolescencia, en las cuales no nos agrada la imagen que damos al mundo, y luchamos por cambiarla a una impresión que nos agrade o que se acerque más a nuestro ideal.

Sin embargo, y digo estas palabras con inmenso pesar, lo que ocurre en muchas ocasiones es que el producto de ese esfuerzo de reformar la imagen resulta ser una auténtica monstruosidad, una antítesis de ese conjunto de principios y paradigmas de comportamiento que se encuentran dentro de nosotros.

¿Por qué lo digo con pesar? Porque hace unos días me topé con un viejo amigo, que conozco desde hace casi 20 años (nos conocíamos desde que estábamos en la primaria), y nos pusimos a charlar, actualizándonos o, como se dice coloquialmente, “adelantando cuaderno”. Poco tardé en darme cuenta que él mismo pasó por ese proceso, y ahora no es más que un monigote y un farsante; una persona que llegué a querer como a un hermano desfiguró su propio ser para acomodarlo a un modelo socialmente más “aceptable”, susceptible a las tendencias más atrayente de la sociedad de consumo y obedeciendo a los arquetipos nacionales más enviciantes.

Tal vez estas palabras las despiertan un egoísmo efervecente; supongo que si él se encuentra a gusto yo no soy ni seré nadie para criticarle nada (nunca lo hice, precisamente por respeto a su decisión), pero sí me invade una sensación de frustración, como una derrota, al ver a un querido amigo transformado, tristemente, en un pendejo.

Ahí entrarán cuestiones como, por ejemplo, si los deseos de la cáscara reemplazarán sistemáticamente a los más profundos, o aún peor, si la que yo considero la cáscara es en realidad ese interior anhelando salir por muchos años y que se había visto inhibido por diversas circusntancias. Quién sabe. ¿Él lo sabrá? Y son muchos los casos en que esa aceptación social o la imperante necesidad de pertenecer a un grupo va en detrimento de la coherencia con los propios principios.

Quizá yo este equivocado, y sea mi especie la que está en vía de extinción.

Anuncios

~ por Juancho H. en febrero 7, 2010.

4 comentarios to “Sinceridad”

  1. Hay días que tengo el mismo sentimiento.

    Será que Mafalda tiene otra vez la razón cuando decía que debíamos cambiar el mundo antes de que el mundo nos cambie?.

  2. jajajaja hasta que te leí pensaba que, entre nos, la que podía decir “desde hace más de 20 años” era YO!!
    Sabes? Yo también he pasado por lo mismo, y sin temor a equivocarme puedo decir que, en la mayoría de los casos, el nivel de pendejada aumenta con los años.
    Pienso que nadie cambia realmente, sino que ciertas características de la personalidad que siempre existieron, se exacerban con el paso de la vida. Es más, me atrevo a proponer una fórmula: aquello que criticamos en pequeña medida de nuestros amigos de infancia y adolescencia se multiplica con los años. Y si uno deja de verlos durante un buen tiempo, el crecimiento será exponencial.

    Haz memoria y te darás cuenta que el amigo con el que te encontraste, probablemente, siempre fue así. A lo mejor no se le notaba tanto porque los dos estaban “homogeneizados” en el ambiente escolar. Pero una vez tuvo la oportunidad de desarrollarse sin las ataduras del uniforme del GLA, afloró el monigote de hoy.

    También existe una inmensa minoría de personas que son como los buenos vinos: a medida que envejecen se ponen mejores. Tengo la fortuna de que, en mi caso, la “vejez”, e incluso la distancia, ha estrechado los lazos con mi mejor amiga. Puede deberse a que hemos vivido de forma muy parecida, y aunque ahora somos prácticamente antípodas, después de años de no vernos pareciera que podemos retomar la conversación justo donde la dejamos hace 15 años.

    No descarto, sin embargo, que el que se vuelva un pendejo sea uno y que la maña de mirarse al espejo todas las mañanas nos impida ver nuestra propia versión empendejada. Y aquí si digo, con toda vehemencia, que me importa un carajo si mis conocidos de infancia piensan que lo soy. Allá ellos. Mi pendejada y yo vivimos muy felices.

    Muá!

    • Tal vez decir 20 años fue una exageración: son más bien 17. He puesto a consideración lo que dices de que siempre fue así, e incluso lo he llegado a hablar con otros amigos, y siemprpe me entristecía al ver que no podíamos llegar a una conclusión satisfactoria.

      Y, pues sí, si uno es un pendejo feliz, muy de malas al que no le guste. Por eso nunca le reclamé nada, esperando que, al ser un tipo inteligente, haya tomado una decisión que le sentaba mejor que el hecho de permanecer como ese agradable sujeto al que una vez llamé amigo.

      Baccio per te, anche.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: