De la post-vida

Quizá uno de los más grandes hitos de la historia, aunque la gente no se percate de ello en el común transcurrir de los días, fue el inicio de la Sociedad de la Información, término acuñado por el académico austriaco Peter Drucker, y, con ello, la valorización de la propiedad intangible, por ejemplo, los nombres. Durante mucho tiempo, por citar un ejemplo, la marca, o branding más caro fue Coca Cola, con un valor aproximado a los 80 millones de dólares; esto significa que, si usted quisiera utilizar este apelativo para su producto con todas las garantías legales y comerciales, tendría que pagarle esta suma a la compañía fundada por J. Pendleton en el siglo XIX.

Así, en el mundo de la administración, conceptos como el good will o el know how han influido drásticamente en momentos en que empresas pretenden adquirir otra, o establecer fusiones o quizá simplemente conocer el valor de su propia compañía. Por ello es que en muchas ocasiones escuchamos de burbujas o descalabros corporativos, pero eso es otra historia.

El caso es que, después de esta teórica introducción, a mi parecer, no hay concepto intangible mejor manejado que el de la post-vida, o la vida después de la muerte, no sólo en términos financieros (aunque sin duda representa un elevado porcentaje), sino también en el trámite de influencias y ejercicio del poder. Es quizá también uno de los negocios más antiguos de la humanidad, y no son pocos los que se han sabido beneficiar de él, tanto directa como indirectamente. Y es que el miedo, cuando es bien explotado, es la mejor manera de influir en la vida de otros.

Acá, sin embargo, es preciso introducir otro concepto que es el alma; para no abarcar un extenso diálogo filosófico, dícese del concepto que abarca la conciencia y los recuerdos de un individuo y que axiomáticamente dura para siempre, pues igual duración tiene la post-vida. La vida terrenal es, viendo la relevancia analizada a través del tiempo, un suspiro en comparación con el periodo que le sucede, pero las religiones organizadas tienen la visión común de que esta antesala es también una etapa de discernimiento en la cual el juzgado escoge, por medio de sus acciones, su destino final: bien puede ser placentero o tal vez uno horroroso.

¿Hay evidencias de que existe una vida después de esta? Pues no, ninguna, o al menos ninguna lo suficientemente convincente, pues los amantes de lo esotérico afirmarán que evidencias existen miles. La cuestión, sin embargo, va más allá de las pruebas de una post-vida, sino de ignorancia y de un orgullo expreso de propiedad de nuestra propia integridad; ignorancia, pues precisamente desconocemos qué ocurre con “nosotros” una vez morimos, y la integridad que es, al fin y al cabo, el único sitio donde somos auténticamente libres, donde podemos ser nosotros mismos, y que apreciamos más que cualquier cosa. Una vez mezclamos ambas cosas nos produce un coctel de ansias descontroladas de trascender, de preservar nuestro ser.

¿Qué preferiríamos, entonces? ¿Qué nos gustaría que nos prometiera una religión, en caso de pertenecer a alguna? Por un lado está la “salvación”, un estado del alma que promete bienestar e incluso en algunos casos regalos y recompensas desorbitados, y por el otro está la “condena”, donde eternos sufrimientos y agonías innombrables esperan al desafortunado y desesperanzado individuo. Ambas opciones, si son llevadas al límite de la eternidad, insinúan una rutina, y bien sabemos lo que significa hallarse atrapado en una. Por mi parte, apoyo un poco lo que decían Isaac Asimov y Nicolás Maquiavelo, respectivamente: “Prefiero la suave quietud de la nada después de la muerte a la versión socialmente aceptada y popularizada del Cielo” y “Bien preferiría ir al Infierno con todos los pensadores, artistas y gente interesante que ir a parar al Cielo con todos los hipócritas”.

Aunque, si, por otro lado, supusiéramos que las evidencias de encuentros paranormales fueran tomadas en serio, veríamos que las características demográficas en los sitios donde se han dado no son exclusivas de una sola religión, sino que es más bien una recurrencia, valga el apelativo, plural.

¿Qué será lo que ocurrirá con nosotros, entonces? ¿Quién tendrá la razón? Tal vez la muerte sí sea la nada, precedida de nuestra conciencia apagándose, como si apuráramos tragos y tragos de alcohol sucesivamente, mientras las conexiones de nuestro cerebro van cediendo, o quizá sí haya algo después de esto… pero, sea lo que sea, no volveremos acá.

De lo que sí estoy seguro, fuera de toda sesgada creencia, es que uno debe estar tranquilo consigo mismo, y llegar al lecho de muerte, ver atrás y no arrepentirse de nada. Sigan ese consejo y les aseguro que serán muy felices.

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~ por Juancho H. en febrero 23, 2010.

3 comentarios to “De la post-vida”

  1. saber que ay despues de morir es un misterio. lo que si es seguro es que el cielo o infierno no existen. son invenciones humanas de la antiguedad.

    es dificil el tema 😕

  2. Penasar en la muerte no es sano, pero no pensar hacia donde vamos eso si es Insano.

    Yo me arriesgo a decir que si existe el cielo y el Infierno. Dios si existe, Dios Existe.

    Dudar (para mi) no es tragico, hay posibilidades.

    que estes muy bien,

    Au revoir & Adio.

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