De la moral (II)

Un tema algo complicado, lo sé, pero al mismo tiempo tan sencillo de abordar que cualquier lego podría referirse a él sin correr el riesgo de quedar en evidencia. Bien, hoy seré nuevamente ese lego.

Hoy trataré, sin embargo, la temática desde otra perspectiva, ya que en el pasado he recibido consejos de no dedicarme tan profusamente a temas de religión – por supuesto, la moral no pertenece en exclusividad a ese ámbito -.

Desde hace un poco más de dos meses soy el dichoso poseedor de un Playstation 3 (o de “una”, si me leéis desde España), y hace poco menos de un mes de uno de los juegos más exitosos de la historia: Call of Duty, en su última versión, en la que se instala en un hipotético tiempo presente, por lo que el armamento empleado y en general su tecnología es muy actual. Hoy me referiré a un episodio del juego que me impactó (y me impacta aún) demasiado, y quiero compartir con ustedes este pequeño video ilustrativo:

Como se podrán imaginar, esta violenta escena de masacre le ha acarreado al juego gran cantidad de críticas, que se separan de aquellas que aclaman la calidad y la capacidad de entretener de Call of Duty para discutir el evidente dilema ético de que el jugador dispare a una multitud de inocentes (bien pueden consultar en Wikipedia la página del juego y ahí encontraran un aparte de esta sección, además de muchas otras que levantaron escándalo como un diálogo acusado de ser homofóbico).

Por mi parte, y bien pueden acuñar la explicación o adjetivo que más les plazca, a día de hoy no he sido capaz de disparar a ningún civil, a pesar haber pasado todos los niveles y desenmarañado gran cantidad de sus secretos. Simplemente no he sido capaz. Recuerdo que apenas llegué a esta parte (de las primeras del juego) quedé estupefacto y con la boca abierta. Debo confesar que incluso me confundí y creí que mi labor era de hecho evitar la masacre y detener a mis “aliados”, pero me di pronto cuenta que de hacer esto me quedaría estancado en aquellas partes donde era necesario abrir puertas.

Debí, entonces, presenciar un acto terrorista sin poder hacer nada.

Para muchos quizá esté exagerando, al tratarse de un escenario virtual donde en realidad ninguna persona es lastimada. Es el acto en sí lo que repruebo. Supongo que habrá miles de razones que justifican el hecho de disparar en un juego a inocentes, pero yo aún no la encuentro. Además existe un temor de que, aún en una situación simulada como esta, si accedo a cumplir las órdenes de los terroristas, estaré rompiendo un principio muy arraigado en mí.

Esta pequeña muestra puede abordarse desde muchas perspectivas, debo admitir. Algunos incluso atinan a decir que este tipo de cosas es representativa de una sociedad moralmente en bancarrota, cuya una de sus formas de entretenimiento es simular, mostrar o recrear situaciones violentas con el mero fin de, valga la redundancia, entretener. Incluso muchos podrían catalogar mi actitud de hipócrita pues me niego a asesinar a inocentes en este juego, pero sí estoy dispuesto a matar de un disparo a innumerable cantidad de rivales – incluso soy muy bueno en eso, ejem…- para seguir avanzando de nivel. Para ambas acusaciones, entre muchas que puedan surgir, hay también igual o incluso más explicaciones para racionalizar ese comportamiento.

Mi pregunta, al final de todo, es, ¿será aceptable dejar a un lado quienes somos para abrazar otros principios, incluso diametralmente opuestos a los nuestros, sólo para entretenernos? Creo que la cuestión va mucho más allá de una pantalla de un televisor, o de un gatillo de mentiras.

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~ por Juancho H. en julio 15, 2010.

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