De la moral (III)

Hace poco conocí a Raúl García, el hombre que instaló el formato del reality en la televisión colombiana; fue de invitado al diplomado que estoy haciendo, y durante más de tres horas departió con nosotros, sus estudiantes, sobre su carrera en la televisión.

Aunque pueda parecer historia patria, el primer programa de este tipo que salió fue “Expedición Róbinson”, y García fue el encargado de aplicar el éxito internacional de “Survivor” a nuestro peculiar entorno nacional. A medida que avanzaba la charla, el invitado fue relatando sus logros en la televisión, incluyendo el hecho de haber colaborado en la creación de “También Caerás” y escribir “El Inútil”.

Fue, sin embargo, cuando dijo que había sido él quien había ideado el concurso “Nada más que la verdad” cuando realmente me interesó. Este programa consistía en conectar a los participantes a un detector de mentiras y hacerles preguntas que pudieran dejarlos en evidencia. Si el polígrafo demostraba que decía mentiras, el concursante perdía.

Para mantener un vivo interés en el programa, se veía toda clase de personajes desfilando por el patíbulo, con verdades tan escandalosas que invadían descaradamente el terreno de lo mórbido. Nunca vi el programa precisamente porque siempre me pareció un espectáculo deplorable, aunque mucho éxito debió tener por mantenerse al aire tanto tiempo, y porque era un tema de conversación recurrente en los entornos en los que me movía.

El programa fue finalmente sacado del aire por ser tan polémico.

Aproveché la ocasión para preguntarle a Raúl García, quien aparece en el video anterior como el productor ejecutivo del programa, sobre una cuestión importante, y para ello lo tomé del brazo y lo aparte de la multitud, esperando una respuesta sincera. Le pregunté que hasta qué punto la moralidad podía ser sacrificada con el propósito de entretener. Su respuesta fue muy similar a la entregada en el video, aunque agradezco que haya sido en un lenguaje más cotidiano.

Hace poco vi una película que se llamaba “Live!”, donde se relataba la creación, producción y filmación de un concurso donde se sometía a seis participantes a jugar a la ruleta rusa. Los que sobrevivieran ganarían cinco millones de dólares cada uno. No pienso arruinar el intríngulis de la misma, pero debo decir que se menciona el hecho de que, así como su productora lo había previsto, fue el programa más exitoso y más visto de la temporada.

Por supuesto, el anterior es un caso extremo, pero el acontecer de la película fue tan realista que se me antojo completamente verosímil, si consideramos esta sociedad en la que vivimos. Cualquiera diría que lo del polígrafo es extremo, pero sin embargo tuvo mucho éxito.

Yo sé que hay algo malo en todo esto, pero, ¿qué será? ¿Será transmitirlo? ¿Verlo?

Probablemente sean ambas cosas; quizá no sea ninguna. Lo que es cierto es que estos dos programas, tanto el real como el ficticio, fueron unos éxitos rotundos. Al fin y al cabo los televidentes consumieron el espectáculo, por muy morboso, sádico u horripilante que fuera. Uno tendría que concluir entonces que este tipo de espectáculos refleja la clase de sociedad en la que vivimos, ansiosa por entretenerse, tal y como ocurría con los antiguos romanos y su circo. Por supuesto, no todos iban a ver matarse gladiadores, ni a todos nos interesaba ver confesar a un pobre idiota que le fue infiel a su mujer con otro hombre. Pero siempre hubo material para hacer el programa, y a quien ofrecérselo.

La inmoral es la sociedad, al fin y al cabo.

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~ por Juancho H. en julio 19, 2010.

2 comentarios to “De la moral (III)”

  1. Varios puntos para reflexionar:
    1. Será que todos tenemos algo de Homero Simpson, y pensamos que “si no me ven, no es ilegal”?
    2. Es menos doloroso confesar un acto indebido cuando hay alguna ganancia de por medio? Cuál es el precio de la verdad? No necesariamente monetario…

    • 1. Creo que, si consideramos esa doctrina como algo aplicable, antes que cualquier religión, región o cualquier otra tontería los colombianos aplican esa consigna ante todo. Sólo hace falta detenerse y mirar.

      2. Pues yo estoy convencido de que la gente racionaliza o justifica todo lo que hace de tal forma que quede haciendo algo bien. Lo terrible no es que confiese, sino que, primero, cometa el acto indebido, y segundo, si hay a lugar, por supuesto, es someter su confesión o redención al entretenimiento público, como si habláramos de la horca o de la aplicación del invento del Dr. Guillotine…

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