Tolerancia y radicalismo (II)

Pocas sensaciones se equiparan en la angustia y la preocupación que generan el sentirse un intruso. Un elemento extraño a un sistema. No lo digo desde el punto de vista de las propiedades de ese elemento, que bien pueden ser diferentes a los de otros que le rodean, sino la simple y llana sensación de saber que no se pertenece al lugar en el que se encuentra.

Es fácil entender de lo que hablo. Por citar un banal ejemplo, simplemente hay que remitirse a unos cuantos años en el pasado, donde seguramente, cuando niños, sentimos eso en por lo menos una ocasión. Y es que los niños suelen – solíamos – ser muy crueles, rechazando a todo aquello que veíamos extraño o que sencillamente nos incomodaba, ya sea por un repudio sencillo o por una necesidad de ejercer un poder ignominioso sólo por el simple hecho de ejercerlo.

Muchos sociólogos aprecian en este comportamiento infantil ciertos rasgos, por no restarle crudeza, sociópatas. Se alivian los mismos estudiosos del tema al decir que, como personas adultas, comprenderán el valor de aceptar al prójimo por sus cualidades, siempre y cuando se ajusten a los valores de la sociedad.

Esta cuestión, por tristeza, no funciona perfectamente.

Veo con cierta preocupación la expulsión de los calés de territorio francés, a pesar de tener derecho a estar ahí por ser ciudadanos de la Unión Europea. Independientemente de la letra menuda a la cual se ciñeron las autoridades que ejecutaron la orden de deportarlos, pienso en este asunto y sólo veo un atropello. ¿Que son criminales? Pues que paguen por sus delitos, pero no expulsarlos por el simple hecho de ser ajenos a una cultura determinada. Me extrañó mucho eso del gobierno francés – olvidando por un momento al energúmeno que los dirige – siendo que es precisamente Francia uno de los países más respetuosos en cuanto a derechos humanos se refiere, y siendo cuna del pensamiento liberal de la cual hoy el mundo se enorgullece.

Hoy me entristece.

Llegará el momento en la vida de cada cual en que podrá humillar, aislar, condenar al ostracismo, por exagerar un poco o atenerse a la realidad, dependiendo de las circunstancias, a otro ser humano con costumbres diferentes a las propias. Mientras las costumbres del mencionado individuo no atenten contra todo aquello que preciamos humano, o tenemos por bien entendido valioso, invito, pues, a dejar ser y a dejar vivir.

Nuevamente, tolerar la existencia del otro resulta ser en muchas ocasiones más difícil de lo que se piensa. Pero por ahí es la cosa…

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~ por Juancho H. en septiembre 4, 2010.

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