Retazos

En la medida en que una persona va creciendo, y por supuesto hablo desde mi particularísimo punto de vista, se va notando la importancia de la estructura. Hablo de ello en forma general porque impera en cada aspecto de la vida: estructura en el pensamiento, en los proyectos, en las ambiciones, en la misma vida. La estructura viene acompañada de una lógica que, para bien o para mal, gozará de cierta a eficiencia o carecerá de ella.

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Hace unos tres meses, con el esfuerzo de mi trabajito y mi sueldo de hace un tiempo, me compré mi primer carro. Lo nombré Chucky porque iba a ser entregado un 7 de agosto de no haber sido por un error de cálculo por parte del concesionario, pero el nombre ya había sido pensado y, la verdad, ha calado bien. Antes de Chucky, sin embargo, y antes de irme a vivir a España – y volver tiempo después, por supuesto -, manejaba un carro que ha estado, a día de hoy, quince años con la familia; un Nissan Bluebird, al que apodé cariñosamente el “Pájaro”.

Aparte de innumerables conquistas “gasolineras” que logré gracias al amado vehículo y al trillado y torpe cliché de “nena, súbete a mi ‘Pájaro'” – que sorprendentemente funcionaba, para sorpresa mía -, quiero resaltar la innegable persistencia del “Pájaro” para ser tan buen carro, dejándome varado en sólo unas ocasiones cuando, en conocimiento mío, un mecánico le había metido mano de mala manera. Una de aquellas ocasiones fue cuando la batería, vieja como el carro mismo, tenía los cabezales en incipiente estado de oxidación. Recordé entonces una anécdota de mi papá quien, orgulloso, relataba cómo en una ocasión salvó a su grupo de amigos de la agonía de esperar la grúa recurriendo a la famosa Coca Cola para deshacer el corroído exceso de las terminales eléctricas. Me acordaba porque sentenciaba siempre con un lapidario “… y eso es lo que ustedes los muchachos de ahora toman”. Cuando el “Pájaro” negó en encender y diagnostiqué precisamente esa aflicción al levantar el capó, apliqué la misma receta al corazón de mi otrora vehículo, ante la atónita mirada de curiosos que quedaron expectantes a la conclusión de mi experimento; todos se llevaron una valiosa lección cuando abordé nuevamente el vehículo y lo encendí, y seguramente sacaron la misma conclusión con la que mi viejo suele terminar su anécdota.

De eso ya hace varios años. El “Pájaro” sigue ahí, en el garaje de mi casa, pero ahora pasó a manos de mi hermano y su querida esposa – lo cual es otra, y bastante triste y decepcionante historia -. La batería del carro sigue siendo la misma a la que apliqué el inusual remedio y continúa así, todo porque, en lugar de haber adquirido una nueva como manda la lógica, mantenía una entendible dosis de gaseosa dentro del vehículo “por si las moscas”; no era por avaricia, sino porque el sueldo de estudiante suele ser apretado cuando se intenta llegar a fin de mes.

Pero todos sabemos qué es lo indicado, ¿verdad? Comprar una batería nueva. Pero no lo hice porque existía una heurística solución que evitaba llegar a esa alternativa, siempre con un ceñido riesgo de que algún día no funcione más – como de hecho sucederá muy pronto, me temo -. Pero así somos los miembros de esta hermosa raza que llamamos humanidad: buscando enmendar cualquier escollo con algún retazo, antes de preocuparse por arrancarlo de raíz.

Sí. Así somos. Por ejemplo, deseamos llevar una vida de cierto modo y llegar a cierto sitio. Cuando vemos que algo no funciona improvisamos para evitar hacer algún cambio drástico, dejando esto como la alternativa final. La estructura a la cual nos ceñimos mantiene la solidez de un castillo de naipes. Miremos un sistema de gobierno, por ejemplo, con tantas leyes que terminan siendo ad hoc y representan una entelequia burocrática que pocos afortunados – o desafortunados, no lo sé – entienden… Todo porque no nos arriesgamos a aceptar y empezar erradicando el auténtico problema.

Nuestra vida es, entonces, una colcha de retazos. Enmienda tras enmienda, apoyadas por el empirismo, muy discutible en cuanto a su eficacia. Duele, sin embargo, ver que hay que cambiar de batería y no comprar más Coca Cola.

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~ por Juancho H. en noviembre 2, 2010.

2 comentarios to “Retazos”

  1. Creo que de lo que habla refleja uno de los principios básicos de las metodologías ágiles: iterar, iterar e iterar…

    • En ciertas ocasiones iterar es sinónimo de procastinar, si nos ceñimos al ámbito administrativo; considerando también que muchos desenlaces “rastreros” o “crónicos”, según la teoría del manejo de crisis, se debe a una pobre o ausente deliberación en las decisiones.

      Gracias, ala, por su comentario.

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