Agentes del caos (o la libertad de expresión)

Lo prometido es deuda, por eso estoy acá; un compromiso con ustedes, los lectores de este espacio, y conmigo mismo, pues desde hacía rato quería escribir sobre este tema, independientemente de que haya decidido tomar unas vacaciones, tanto laborales como de otras labores de escritura, y dedicarme en su lugar a otras actividades, como el ejercicio de la mente y el cuerpo, o tal vez comer como degenerado.

Pero basta de eso. La verdad es que hacía tiempo que quería escribir sobre este tema (el cual ya se habrán imaginado por la poco sutil imagen de la izquierda) y sobre sus imprevisibles consecuencias en la civilización actual, en especial sus efectos sobre un derecho que mantengo como un baluarte especial, que es la libertad de expresión.

Quise elaborar un paralelo entre Julian Assange, el enigmático director de la agencia internacional Wikileaks (la cual, la verdad, de wiki tiene más bien poco) y el ganador del premio Nobel de la Paz del menguante año, el disidente chino Liu Xiaobo. De hecho, hace unos días vi en El Tiempo una caricatura en la que se ve a un militar chino tapándole la boca a Liu, mientras que al otro lado Assange sufría el mismo impedimento, pero propinado por el tío Sam. Busqué mucho y no logré dar con ella; ni siquiera sé el autor de la misma, por lo que si alguien sabe dar con ella o siquiera darme el nombre de su creador, estaré muy agradecido… En fin. En todo caso, este paralelo goza de una insinuante similitud entre ambos casos, y es la sintomática alergia que tienen los regímenes gubernamentales, sean democráticos o lo que sea, por la libertad de expresión, cada uno graduado dependiendo la tolerancia de la sociedad en la cual se analice.

Si analizamos el caso Wikileaks nos tardaríamos años en repasarlo por completo, pues sus alcances van más allá de la filtración de información supuestamente confidencial; por ejemplo, el impacto social que ha tenido y cómo muchos se han unido al bando de semejante iniciativa y han efectuado cualquier cantidad de peripecias para hacerse sentir, como los innumerables ataques de hackers a dominios de Internet que abiertamente han mostrado su rechazo por la organización, o algunos más tímidos, como un servidor, que sólo se han limitado a aportar algo de dinero, con la nimia preocupación de que sea en verdad un esfuerzo por enriquecerse de unos cuantos. En todo caso, el gobierno más directamente afectado, el de los Estados Unidos, ha expresado su completo rechazo ante las acciones de Assange y su corporación de filtradores, y en este momento llevan a cabo malabares legislativos para llevarlo ante una justicia que, evidentemente, se encuentra parcializada. “Deberían ejecutarlo”, fueron las palabras de un senador republicano, en medio de su indignación; un primo mío, de Carolina del Sur, no tardó en tildarlos de “terroristas”, y millones más temen porque los secretos de la diplomacia internacional conduzcan a un desequilibrio en las relaciones entre los países.

“Un acto apresurado e imprudente”, dijo Barack Obama, pero acá lo único cierto es que, de no haber tanto contenido solapado, insinuoso y provocador, no tendría porqué existir esa preocupación generalizada. También es verdad que pocas cosas – hasta ahora – han resultado escandalosas, sino más bien que se han encargado de confirmar las sospechas de la población general acerca de las sensaciones que producen en los diplomáticos del Departamento de Estado en su interacción con gobiernos extranjeros; más una retahíla de chismes que cualquier otra cosa reveladora – repito, hasta ahora -. Por otro lado, también se confirma el hecho de que Estados Unidos no tiene amigos, sino intereses.

Pero continúa el temor porque se revelen más contenidos, o que quizá salga material que quizá ya no incumba al Departamento de Estado, sino a otras cuestiones que por el momento no me atrevo a adivinar. ¿Es realmente malo lo que hace Wikileaks? ¿Es acaso una afrenta al ya anárquico orden internacional? ¿Una amenaza a la tensa calma que rige en esta tierra? Para el ojo detallista estas preguntas pueden responderse de cualquier forma, dependiendo del sesgo de cada cual o de su definido interés en el complicado e interesante tema. Pero es el sencillo, picante y molesto hecho de que todo aquello que vaya en contravía de un régimen, sin importar su naturaleza o magnitud, tratará de ser mermado o incluso acabado. Maquiavelo habló de ello hace 500 años, previniendo a Lorenzo de Medici de cualquier conspiración, extranjera o regional, y dicho conocimiento aún aplica a la actualidad, pues me temo que la molestia causada por la contravención de los designios de los poderes gubernamentales es más afín al ser humano que la relativamente reciente e incipiente libertad de expresión, y todo lo que ese derecho conlleve.

Ahora, ¿es lo de Wikileaks libertad de expresión? Pues ciertamente lo es. Comenté hace unos días en Twitter que la libertad de expresión no radica tanto en decir lo que se quiera, sino hacerlo con argumentos fundados en la lógica y la razón. Un fascista podrá decir lo que quiera, pero sus ideas definitivamente no calarán entre la mayoría de la población – aquella que piensa – sencillamente porque son ideas estúpidas y sin fundamento. Caso diferente al de la información filtrada por Wikileaks, que sí interesa directamente a la población, pues en ella se expresa el parecer de los que se sitúan en el poder con respecto a diversos temas.

Mencionaba que se me hacía interesante el paralelo entre Liu Xiaobo y Julian Assange porque cada cual se expresa en contra de la forma en que se conduce sus respectivos mundos, evidentemente enmarcado en un contexto diferente: Liu ganó el Nobel de Paz, el cual no pudo recibir porque se encuentra encarcelado en su natal China precisamente por las acciones que lo llevaron a hacerse merecedor del prestigioso reconocimiento, y Assange combate con el marco judicial europeo por eludir una misteriosa acusación de abuso sexual en su contra en Suecia – digo misteriosa, mas no ataco su veracidad, pues las circunstancias en que apareció se me antojó, pues, misteriosas -. Dudo que Assange reciba en su vida el Nobel de Paz, y pienso explicar inmediatamente por qué.

Si ustedes buscan en Wikipedia el perfil de Liu, encontrarán en él un mapa, que es el que muestro a continuación, en el cual se detallan los países que boicotearon el Nobel y a los que lo apoyaron y seguramente mandaron delegados a la ceremonia. Se alcanza a notar cierta tendencia no tanto ideológica, pero sí existen similitudes entre los miembros de cada bando por las características de sus gobiernos.

Los países en azul fueron los que apoyaron el Nobel a Liu Xiaobo, mientras que los de rojo rechazaron el nombramiento. El país en negro es Noruega, el encargado de otorgarlo. Tomado de Wikipedia.

Ahora quisiera hacer un ejercicio con ustedes. Imagínense que en el mundo bizarro (en ese donde toca decir “hola” en lugar de “adiós” y viceversa) Assange ganara el Nobel de la Paz (o de la Guerra, al ser mundo bizarro… bah, mal chiste). ¿Podrían ustedes suponer cómo reaccionarían las naciones alrededor del mundo ante ese nombramiento? ¿Cómo sería la gráfica de arriba? Quizá uno que otro país permanecería inmutado, otros seguirían siendo indiferentes, pero quizá las principales potencias o naciones más influyentes cambiarían de bando, en especial aquellos que ahora aparecen en rojo. ¿Por qué? Pues la respuesta es que sencillamente Assange y su grupillo de molestos investigadores se encargaron de molestar a una nación muy diferente a China, con otros ideales, pero con un poder igual o superior.

Por supuesto, todos sabemos que el mundo bizarro no existe – al menos no ha habido observación de dicho lugar -, así como tampoco hay posibilidad de que el australiano sea candidato al premio. Yo sólo espero que mi ilustración de los puntos anteriores hayan dejado en ustedes la inquietud que yo tengo desde hace tiempo, y es lo maltratada que puede llegar a ser la libertad de expresión si es que llega a blandirse contra ciertos oponentes, y hasta dónde puede llegar ese rechazo ante ese fundamental derecho – aunque aún joven y sin terminar de inventar – entre aquellos en que prefirirían que aquellos que tienen algo por decir simplemente callaran, o, sencillamente, no estén.

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~ por Juancho H. en diciembre 22, 2010.

Una respuesta to “Agentes del caos (o la libertad de expresión)”

  1. No existe nada más incierto que la verdad. Lo que para unos es heróico, para otros es terrorismo puro. Tal vez no tenemos que hablar de hipocresía, ni de doble moral, sino que cada quien persigue unos intereses que muchas veces chocan con el del vecino. Lo que para unos será bueno, para otros será malo. Es el producto inevitable de un mundo que juzga con un tamiz distinto en cada región.

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