Facha & Mamerto

Dice Umberto Eco, con la sapiencia que lo caracteriza, que para considerarse uno mismo tolerante debe primero trazar los límites de lo intolerable. Hay quienes por obra del prejuicio ubican esta frontera muy próxima a lo que su entendimiento le permite; aquello que concibe como preconcebio e, incluso, axiomático.

También reza el viejo cliché que los extremos, al final, se parecen; algunos discuten que, aunque esta semejanza carece de profundidad, sí hay un terreno común en la forma, en el mismo método. Leía hace unos días un artículo en El País de España donde se repasaba la creciente preocupación que hay en los países europeos sobre el auge de grupos de ultraderecha, incluyendo el país ibérico; se hacía la salvedad de que, en el particular caso español, muchas personas que se decían a sí mismas “socialistas” o de ideologías de izquierda conjuraron todos sus problemas e inconvenientes en todo aquello que la ultraderecha promete combatir – inmigración, libertad de cultos y de pensamiento – y por ende terminan simpatizando con estas agrupaciones.

Pero tal vez me desvió del tema. Desde hace unos años, Colombia ha vivido un radicalización del discurso político debido a una desnaturalizada lucha de ideologías a ultranza, encarnadas en un sector conservador compuesto por el uribismo y un laureanismo en auge, en contraparte por una amorfa y desunida izquierda políticamente correcta – lo siento, pero en este espacio de opinión se juzga que ni las guerrillas ni las bandas criminales constituyen un marco político verosímil, al ser vistos como simples criminales -. La radicalización ha venido de la mano con una inevitable alienación de todo aquel que piense distinto, tachándolo de lo que en el extremo político sería su opuesto o, puesto en términos más mundanos y cotidianos, un facha o un mamerto.

La expresión “facha”, así como su grafía, tiene sus orígenes en la España de mediados del siglo pasado; un término que se deriva de fascio, un símbolo de poder en el antiguo Imperio Romano que precisamente el Partido Fascista Italiano pretendía emular. Por supuesto, todos los simpatizantes de Franco y de la Falange Española llevaban como sobrenombre este término, el cual también funciona como diminutivo de fascista. Ahora, acá en Colombia hubo un conato de fascismo precisamente en 1950, cuando subió al poder Laureano Gómez, un entendido de la ideología de Mussolini, de Hitler y, en menor medida, de Franco, del cual era amigo íntim; Gómez pretendió instalar un movimiento fascista en el país convocando a iniciativas tales como la repetición de una “noche de los cristales rotos” en Bogotá o la carnetización de los ciudadanos. Laureano se ausentó del poder año y medio por enfermedad en 1951, cuando llevaba poco menos de un año en el poder, para volver en 1953 sólo para que al siguiente mes recibiera un golpe de estado – golpe de opinión, si lo prefieren, pues se asegura que no se disparó una bala – por parte de Rojas Pinilla. Gómez se exilió en España, años después daría inicio el frente nacional y hasta ahí quedó el fascismo colombiano. Para algunos, sin embargo, esas corrientes están volviendo ahora en cabeza de algunos líderes de opinión, abanderados de la derecha extrema. Todo aquel que comulgue con estas ideas es tildado de “facha” como si fuera un término novedoso… el tipo de término que emplearía un mamerto.

La expresión “mamerto” sí es autóctona colombiana y se empleaba en la época en que mis padres fueron a la universidad, es decir finales de los 60 y principios de los 70, años en que las revoluciones estudiantiles se expandían como una ola por todo el globo, exigiendo paz, amor y tranquilidad. En aquellas mentes románticas e idealistas fueron a parar las ideas de Marx, de Engels y muchos otros, quienes también compartían ese amor por los anhelos inalcanzables, y, ¿qué más inalcanzable que el estado comunista marxista, verdad? En aquellos años los “mamertos” no eran otros que los muchachos universitarios – hijos de “papi y mami”, como dirían peyorativamente – que promulgaban las ideas socialistas, con el manifiesto y el libro rojo bajo el brazo, siendo vistos como individuos irresponsables e ingenuos y, por ende, de poca credibilidad. Hoy, el término “mamerto” significa casi lo mismo, sólo que no respeta gradación de ningún tipo, llámese estrato, género, etc., y en lugar de ser visto como el tipo curioso de ideas locas se ve como el tipo peligroso de ideas locas, un tipo que debe ser señalado implacablemente como aliado de las guerrillas comunistas y enemigos del estado de derecho. Todo aquel que piense en contravía de términos hoy ambiguos como “patria”, “seguridad” y “honorabilidad” es nombrado mamerto… el tipo de término que utilizaría un facha.

Y, por supuesto, estamos los que estamos en medio, los que, independientemente de creencia, compromiso político o indiferencia, nos da igual esos términos, pero igual somos señalados indiscriminadamente por fachas y mamertos como mamertos y fachas, uribestia o guerrillo, paraco o izquierdoso, o lo que sea. Todo esto lo escribo desde una preocupación completamente superficial, porque sinceramente me da igual si un enajenado me ubica en uno u otro lado porque, ahora sí en mi opinión, un facha y un mamerto son aquellos que no razonan, no piensan, no ven más allá de sus narices las auténticas problemáticas de una nación acomplejada por una lucha intestina inútil y por muchas otras cosas. En eso se terminan pareciendo el facha y el mamerto.

Y a ninguno lo tolero.

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~ por Juancho H. en mayo 19, 2011.

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