Diez años, ¿y…?

Una de las costumbres más antiguas de la humanidad es, cuando se cumplen determinada cantidad de años – bien sean múltiplos de cinco, o de diez -, rendir tributo a eventos del pasado que de una u otra forma han marcado el curso de la historia; esto aplica en un ámbito personal y, desde luego, mucho mayor.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 no son la excepción. Recuerdo que esa mañana un profesor de Termodinámica de la universidad profetizó minutos antes de que se estrellara el segundo avión que “cualquier estructura caería en esas circunstancias”. Desde luego también lo sabían los perpetradores de la masacre, y luego todos asistiríamos  la inefable verdad, como si la CNN y las principales cadenas de pronto estuvieran pasando una película con costosos – y realistas – efectos especiales.

Diez años han pasado, sí, y han pasado muchas cosas. Más atentados ocurrieron y varios enfrentamientos bélicos tuvieron lugar, extendiéndose hasta el día de hoy y quién sabe hasta cuándo. Un periodista también predijo que, tras ese ataque, el mundo se tornaría a la derecha del espectro político. Cuánta razón tenía…

Como es costumbre en estos célebres aniversarios, los análisis se disponen para ver en realidad cuánto han cambiado las cosas. Muy Bien. Para no desentonar, acá les comparto el mío.

El poder de Estados Unidos ya no es incuestionable. El mundo aprendió que el orgullo herido de este gigante puede convulsionar al globo entero, pero que definitivamente no es invencible. Las guerras en Irak y Afganistán han costado en conjunto más de dos billones de dólares – eso es un 2 seguido de doce ceros -; sólo cuatro países en el mundo, además de E.E.U.U., tienen un Producto Interno Bruto anual tan elevado. Las víctimas del atentado rondan los tres mil; en el Medio Oriente la cifra roza los horrorosos 150.000.

Las cifras son muy dicientes, es verdad, pero nunca olvidemos que los estadounidenses, en cabeza del entonces presidente George W. Bush, declararon una guerra abstracta y etérea contra el terror. Es como querer plantearle un combate al odio, o a la conveniencia, o a cualquier otro concepto, salvo que esta no fue una pelea idealista – aunque sí de ideales -, sino una guerra convencional contra un enemigo que no cuenta con un ejército regular sino con adeptos fanáticos que pueden provenir de cualquier lugar. La guerra contra el terror, pues, se enfocó en la destrucción de cualquier intención e iniciativa de atacar a los Estados Unidos alguna otra vez. Quieren de vuelta la paz y la tranquilidad, pero, como diría un célebre personaje de caricatura, “entablar guerras por la paz es como copular por la virginidad”.

Hubo crisis, también. Una económica. Aunque no tenga una relación frontalmente directa, sí es una situación que debía presentarse tarde o temprano – recomiendo para ello el magnífico libro del premio Nobel de economía Joseph Stiglitz, “Caída Libre” -. Los países más desarrollados sostienen deudas, valga la redundancia, insostenibles, y gracias a la globalización, ese fenómeno que nos ha traído tantas cosas buenas y malas por igual, todo el mundo lo sufre, algunas partes más que otras y unas que les prestan más atención que otras, porque, digamos, ¿a una madre de Somalia qué le interesan las variaciones de los índices bursátiles en las bolsas de valores? No creo que mucho, pero ese es tema para otro día…

No hay tranquilidad, definitivamente, porque, como dije antes, es una guerra de ideales. Pelea de religiones, de posturas, de civilizaciones. No es raro que fenómenos como la xenofobia, el racismo o la intolerancia de credos se haya disparado hasta las nubes en estos años. La misma Europa lo sufre, así como lo hacen a su vez los E.E.U.U. Así que, mientras miles de soldados se encuentran apostados en un punto en el medio de la nada esperando entablar un combate que quizá nunca comprendan a cabalidad, los ciudadanos de a pie viven su propia guerra contra la incertidumbre y la intranquilidad; de que quizá el vecino, el amigo del amigo o el que esté sentado al lado en el bus tenga pensamientos diferentes, unos que quizá no concuerden con los propios y, por ende, potencialmente peligrosos.

Esa, mis amigos y amigas, es la verdadera guerra contra el terror.

Si me preguntan a mí, los Estados Unidos perdieron esa dichosa guerra pensando que se trataba de un atentado con un objetivo físico, como las Torres Gemelas y el Pentágono, y que las pérdidas humanas, aunque lamentables, serían honradas con el levantamiento de monumentos, de homenajes y de recuerdos. No. Esta guerra se perdió porque nunca se comprendió su significado, porque el terror, por lo menos este tan particular, no se combate así. Se combate limando asperezas, recortando brechas y expandiendo la tolerancia. Lo que se han hecho en estos diez años ha sido perfectamente lo contrario: una deshumanización del espítitu del hombre, radicalizando odios y enfocando esfuerzos para el exterminio de un enemigo, aunque este sea de hecho invisible e intangible, como si se tratara de una guerra convencional.

Han sido diez años desde el 11/09/01, y temo, en lo personal, que pasarán muchos más homenajes sin que la situación pare de empeorar.

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~ por Juancho H. en septiembre 11, 2011.

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