Candidato

Se aproximan las elecciones de octubre. Cada ciudadano hará valer su derecho al voto, máximo logro en las democracias modernas, para elegir a sus representantes y burgomaestres. Las avenidas se tiñen de los colores de diversos partidos políticos, los medios de comunicación hablan de los prospectos, y todo el mundo sucumbe ante la inquietud sobre quién es el adecuado para salir elegido.

Todo esto estaría muy bien si los candidatos – o debo decir, en general los que se encuentran ya ejerciendo – fuesen los hombres que este país necesita, porque, salvo unas pocas, poquísimas excepciones, hace muchos años que esto no ocurre así.

El gran logro de Occidente es el de llevarle el poder al pueblo, sí, sin duda alguna, y por ello agradezco enormemente a las personalidades del pasado que tanto lucharon por ese beneficio, pero, por un lado, está el pueblo moderno, ese leviatán de hombres masa, como el filósofo Ortega y Gasset los llamaría, es una multitud desinformada, con falta de educación e información útil – porque información hay, pero no una que pueda ser empleada eficazmente -, y por el otro están los aspirantes a ser elegidos para cargos públicos, quienes, en un país como Colombia, desafortunadamente, piensan en muchas cosas, y pocas veces se trata de qué es lo que más le conviene a su gente.

Es la falta de educación y el exceso de intereses personales, más allá de toda moral, los grandes errores de una democracia. La gente vota por aquel candidato que promete, según su punto de vista, el que más le convendría, pero ese concepto, “conveniencia”, es tan ambiguo que elude el raciocinio de la mayoría, o, lo que es mejor, el nombre del juego en una elección. Los candidatos prometen el cielo, la multitud escucha y lega su voto en confianza, y lo que allí ocurre en adelante son misterios, escándalos que a veces salen en los periódicos y muy pocas veces cuestiones de las cuales nos sentimos orgullosos, cuando debería ser esta última la razón superior por la cual una persona ocupa una posición de privilegio en un Estado, o, lo que es lo mismo, proporcionarle bienestar al pueblo.

En otras palabras, los elegidos no deben ser aquellos que prometen lo que la gente quiere, sino aquellos con el carácter suficiente para conseguir aquello que la gente necesita. ¿Es acaso mucho pedir? ¿Debe ser entonces sintomático de una democracia entronar mequetrefes que se quejan por no poder pagar la gasolina de su carro, a pesar del sueldo exorbitante que recibe? ¿Debe ser crónico el escuchar a cada rato que las contrataciones públicas se ejecutan para el beneficio económico de una amalgama de individuos, y nunca para la población? Porque, al parecer, así es como lo dicta el ciclo sucesivamente.

Una democracia poderosa es aquella que se constituye de gente bien informada acerca de aquellos que van a elegir, y esa información supera en creces a la vaga noción que se tiene actualmente, que supone conocer el rostro del candidato, su partido y el número del tarjetón. Contar sólo con eso no es democracia, sino una payasada.

Anuncios

~ por Juancho H. en septiembre 19, 2011.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: