Del respeto (y la admiración)

A veces se me olvida que este es un país de doctores. Quien tiene un porte distinguido es de inmediato objeto del apelativo “doctor”, sin siquiera examinar de cerca la trayectoria académica del aludido; incluso hoy, camino a una reunión, una señora indigente  se me acercó y me suplicó “doctor, una monedita, por favor…”

Cuando recuerdo esa necia costumbre que tanto nos identifica, recuerdo también la alergia que me produce llamar a otro “doctor”, así sea médico, así sea doctorado en alguna ciencia o filosofía, porque siempre he estado seguro que el respeto – o la manifestación del mismo – no puede ser algo tan superfluo y perecedero.

Fue entonces cuando recordé un texto que había leído hacía algunos años y que hace poco recuperé. Es la correspondencia entre dos hombres interesados en el diálogo y el repaso de temas que, en otras circunstancias, resultaría espinoso. Se los comparto a continuación:

Espero no piense que soy irrespetuoso por dirigirme a usted por el nombre que le ha sido dado, sin alguna referencia por la túnica que viste. Tómelo como un acto de homenaje y prudencia. Homenaje, porque siempre me ha impactado la forma en que los franceses evitan usar designaciones reductivas como Doctor, Su Eminencia, o Ministro cuando entrevistan a un escritor, un artista, una figura política. Hay personas cuyo capital intelectual viene del nombre con el cual firman sus ideas. Así es como los franceses se refieren a alguien cuyo nombre es su principal título: “Dites-moi*, Claude Lévi-Strauss”; “Dites-moi, Jacques Maritain”. Usando el nombre de la persona es una manera de reconocer una autoridad que tendría incluso si no se hubiese convertido en embajador o miembro de la Academia Francesa. Si fuera a dirigirme a San Agustín /y ruego que no confunda la extravagancia de mi ejemplo con irreverencia), no lo llamaría “señor obispo de Hipona” (porque hubo otros señores obispos de Hipona después de San Agustín), lo llamaría “Agustín de Tagaste”.

Acto de prudencia, también dije. En efecto, lo que se nos ha pedido a ambos podría resultar incómodo – un intercambio de opiniones entre un lego y un cardenal. Podría parecer que el punto es que el lego solicite opiniones del cardenal en su papel como príncipe de la Iglesia y pastor de almas. Tal cosa constituiría una injusticia, para el solicitante así como al solicitado. Mejor que desarrollemos nuestro diálogo en la forma en que el periódico nos juntó – un intercambio de ideas entre hombres libres. Inclusive, al dirigirme a usted de esta forma, pretendo minimizar el hecho de que sea usted considerado un líder de la vida moral e intelectual, incluso por aquellos lectores que no está comprometidos a ninguna creencia o enseñanza diferentes a la de la razón.

* En francés traduciría “dime”, una forma bastante informal de pedir la opinión, y en contados contextos incluso sería considerado grosero.

El díalogo fue convocado por el diario italiano Il Corriere de la Sera para conocer la opinión de dos reconocidos líderes de opinión en temas como el apocalipsis, el aborto, el origen del hombre, entre otras cosas. El “lego”, como se hace llamar a sí mismo, es Umberto Eco, escritor y académico, y su contraparte es Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán y, hasta hace unos años, considerado uno de los posibles sucesores de Juan Pablo II en el trono de Pedro.

Con este fragmento de la correspondencia quería resaltar precisamente el respeto que se mantienen ambas partes – pues las cartas del cardenal también refleja eso – independientemente de sus títulos, sino sólo por sus logros, en este caso intelectuales, con plena conciencia de ellos y no ejecutado por algún juicio a priori expresado por algún adjetivo untado de torpeza, quizá “doctor”.

Y es que el respeto es una cuestión integral: el respeto a las leyes, a las normas, a las personas. Uno no puede ser respetuoso selectivamente o particularmente con alguna faceta de un código legal, o normativo, o por los diversos carices de una persona. El respeto, por ejemplo, en una pareja, es el cimiento categórico para el amor.

Cosa diferente ocurre con la admiración, que si se centra particularmente en ciertos elementos. Por ejemplo, el talento de Michael Jackson como artista e intérprete es casi inigualable, sin que otras facetas de su vida sean mucho más que reprochables, incluso condenables. El problema con este sentimiento, como ocurre con muchos otros, es que puede ser tan apasionado que llega a ser incluso tóxico e intolerante. “No concibo que alguien como ese tipo pueda ser admirado”, dicen algunos, cuando probablemente expresan su desprecio en términos de respeto, y no de admiración. Pues así hay muchos ejemplos mucho más extremos y brutales. Nómbrenlos ustedes.

Porque, como diría Rousseau, siempre ha sido más valioso tener el respeto de las personas, antes que su admiración.

~ por Juancho H. en marzo 6, 2012.

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