De la oposición

"Polvo Eres", de Betto. Periódico El Espectador, 21 de febrero de 2012.

Por favor,hacer vídeos sobre casos de inseguridad y mandarme el Link de Youtube para divulgar, muchas gracias. (sic)

Las anteriores palabras las dijo el expresidente Álvaro Uribe en su Twitter el día de ayer. Pidiendo a sus seguidores en la red social – quienes sobrepasan el millón; gracias, RCN, por estar tan pendiente del “Gran Líder”, como ahora lo llaman (!) – que le faciliten imágenes de situaciones inseguras – aunque nunca especificó qué clase de imágenes le interesan; según eso, una pirueta de “Jackass” sería perfecta según sus parámetros -, Uribe se ha asegurado un ingreso de excusas para apoyar su “tesis” que reza que, desde que dejó el poder, el país es mucho más inseguro. Una auténtica falacia, pero así funcionan los viudos de poder.

No hablaría de Uribe si no fuera un ejemplo perfecto para mi tema de hoy, que es la oposición política – un tema que desde hace un par de años vengo prometiendo escribir… -; el hombre que catapultó al actual presidente a la posición de Jefe de Estado es hoy en día su más acérrimo opositor. Así son las cosas en el intrincado, y a la vez fácil de comprender, mundo de la política.

Una oposición bien establecida mantiene a un gobierno, sea de Estado o en cualquier circunstancia donde haya una estructura jerárquica, en línea con los deseos de lo que los subordinados entienden como su bien. La necesidad de ser ilustrados prevalece, desde luego, como en otras situaciones donde decisiones deben tomarse y comprenderse, sobre todo. Hay una máxima inglesa que reza “ningún gobierno puede mantenerse sin una oposición fuerte y decidida”.

La oposición en la modernidad no es, como infinidad de otros conceptos, lo que debería ser. Entendiendo un Estado como un conjunto de instituciones que permiten a una nación funcionar adecuadamente, una oposición política ideal sería aquella que fuera constructiva en sus críticas; una que, mediante una auténtica vocación de servicio, ayudara al partido – o “clúster ideológico”, como ahora parecen ser – gobernante a salir adelante por el bien de la comunidad, por la cual, después de todo, todo esto está edificado.

Fijémonos en una democracia parlamentaria… digamos, la española. Bajo este sistema se supone que el alcance del poder, entendiéndose como la habilidad de hablar, ser escuchados y tomar decisiones, se encuentra más cercana a la de un individuo del común. Sólo basta pertenecer a un partido político, sobresalir y, de acuerdo a la acogida que tenga en el pueblo, obtendrá determinado número de escaños en el parlamento. En un escenario ideal, los partidos que ahí se encuentren pueden formar foros de discusión constructivos para determinar qué curso debe tomar un país para que TODOS se vean beneficiados. Por supuesto, esto no ocurre así, y el ejemplo español es perfecto. Una plenaria parlamentaria española es un conjunto de comentarios incendarios y críticas destructivas que buscan hacer daño al “contrincante”, porque esa es la imagen que se tiene de los demás partidos: un oponente. El respeto, como lo dicta la naturaleza humana, se pierde con demasiada facilidad, y desde el punto en que se pierde todo va cuesta abajo…

El orgullo, traducidos en los deseos de vencer, son el gran cáncer. Pocas veces se ve traducido este sentimiento como altruismo, un sentido patriótico. No. Eso es sólo semántica. Lo que realmente atrae es el poder. El poder de dirigir a las masas. La oposición ofrece un tipo de poder más manipulador, más irresponsable, más negligente. A un opositor no le cae ninguna responsabilidad de nada. Se mantiene a un costado haciendo señalamientos que le resulten convenientes. No tiene nada que perder siempre que mantenga su oposición en el plano retórico, esto es, donde sólo discusiones sin sentido pueden darse a lugar. Como ocurre con Uribe y sus partidarios, quienes sólo señalan una crecida violencia y blanden esto como excusa de que las cosas están peor desde que abandonaron el poder hace casi dos años. Claro, si hacemos los actos violentos más visibles al público existirá una percepción de que ha aumentado. Los hinchas número uno de los violentos se han vuelto, precisamente, los uribistas; cada acto de violencia resuena en las voces de estos personajes, cuestión que siempre han perseguido para llevar miedo y terror a la población…

Al opositor moderno sólo le interesa ver a su contrario caer en desgracia, incluso si eso signifique ver a su Estado, su nación, caer en llamas.

Con esta entrada – y después de muchos años -, doy por cerrada la primera fase de mis entradas políticas. Digo primera fase porque estas tres – de izquierda, derecha y esta misma – fueron las que yo quise escribir desde un principio. Quizá salgan más conceptos que valdría la pena tratar, bien sea por iniciativa propia o porque alguno de ustedes me lo sugiera, por lo cual, desde luego, estaría encantado de hacerlo.

También, y ya que estamos como en una especie de catarsis, quisiera compartirles que este nuevo envión que me dio por escribir está siendo sumamente productivo pues me hace recordar nuevamente mi gusto por la escritura, además de que, con mi ingreso a la blogósfera, puedo visitar aquellos rincones que tanto me han llamado la atención; unos, por tristeza, han desaparecido, otros han cambiado, y otros permanecen ahí. Espero, pues, que esto dure por siempre.

~ por Juancho H. en marzo 13, 2012.

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