De bárbaros

•agosto 11, 2011 • Dejar un comentario

El concepto de violencia es, de por sí, uno allegado a los instintos más básicos y primitivos de cualquier especie viviente. La violencia se ejerce, por un principio biológico y salvaje, contra aquel que se encuentra menos aventajado; llevar una acción violenta contra alguien más fuerte acarrea otros apelativos que seguramente serán sinónimos de “heroico” o “loable”, pero aún así siempre encontraré reprochable toda acción violenta, así se alegue la ausencia de otras alternativas.

El día de hoy vuelvo por un tema de actualidad que me ha dolido bastante y, aprovechando este envión de inspiración para retomar el sano hábito de la escritura, me sumerjo entonces él y dejar en claro mi posición.

La violencia de género es una materialización de la irracionalidad – generalmente masculina -; un hombre desespera y golpea a una mujer que, por una u otra razón, lo sacó de quicio… o ni siquiera eso. Un hombre así, por tanto, carece de ciertas facetas para convivir en sociedad y debe ser reprochado y repudiado públicamente hasta que demuestre que desea enmendar ese terrible rasgo.

Hernán Darío Gómez, el entrenador de la Selección absoluta de fútbol colombiano, golpeó esta semana a una mujer tras mantener una discusión con ella en un bar. La opinión pública expresó su repudio ante este hecho, exigiéndole su salida. Él, un poco tarde, la extendió al cuerpo directivo de la Federación. El tema de su renuncia se mantiene aún por discutir.

Es mi opinión que este sujeto no vuelva a entrenar a la Selección Colombia, o siquiera a un equipo de fútbol profesional en esta tierra hasta que demuestre una rehabilitación.

¿Por qué? Aunque es un tema completamente ajeno al aspecto deportivo, hay cuestiones que sencillamente no se deben ignorar de una persona, y hablo específicamente de aquellas que representan la integridad. Un hombre que se permite a sí mismo perder el control de esa forma – me preocuparía muchísimo más si se descubre que estaba en control cuando estos hechos ocurrieron – no es digno de asumir una posición de dirección. ¿Qué ejemplo da a los que dirige? ¿O a los que representa? Estos últimos seríamos todos aquellos que sentimos simpatía por el equipo colombiano y, por qué no, por el fútbol como un deporte.

Hoy caminaba por la calle y escuché a dos personas, seguramente compañeras de trabajo, hablar de su día. Una de ellas le contó a la otra: “el jefe no me mandó las cifras en toda la tarde y yo me puse como un ‘bolillo'”. Las risas vinieron enseguida. Fue entonces cuando caí en cuenta que el respeto por este individuo ha desaparecido en una parte importante de la población.

Pero eso no es lo grave. Lo que me parece grave es que haya gente que quiera defender a Gómez, siquiera que siga en su puesto. La senadora conservadora Liliana Rendón afirmó que “algo tuvo que hacer o decir esa mujer para que ‘Bolillo’ la haya golpeado (…) Es que nosotros podemos ser muy tercas” – ¿Quién dejó a esta inepta ser senadora de la República? -. Algunos dirigentes del fútbol colombiano expresaron el apoyo a la continuidad de técnico, arguyendo que se trata de una cuestión “personal, mas no profesional”.

Viendo estos descalabros de la razón es que empiezo a entender que este tema tiene un arraigo cultural bastante poderoso, y que la integridad del hombre y la mujer pueden reaparecer mágicamente gracias al poder de la semántica, como estos señores pretenden hacer con la de Gómez.

Sea lo que sea que ocurra, ante mis ojos este sujeto ya no tiene una incompetencia profesional – siempre lo consideré un técnico mediocre -, sino que su pobre catadura racional lo hace inapropiado a todas luces para ocupar un puesto de tal magnitud. Que se vaya. Y concluyo al decir que es de bárbaros extender apologías a sus acciones.

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Facha & Mamerto

•mayo 19, 2011 • Dejar un comentario

Dice Umberto Eco, con la sapiencia que lo caracteriza, que para considerarse uno mismo tolerante debe primero trazar los límites de lo intolerable. Hay quienes por obra del prejuicio ubican esta frontera muy próxima a lo que su entendimiento le permite; aquello que concibe como preconcebio e, incluso, axiomático.

También reza el viejo cliché que los extremos, al final, se parecen; algunos discuten que, aunque esta semejanza carece de profundidad, sí hay un terreno común en la forma, en el mismo método. Leía hace unos días un artículo en El País de España donde se repasaba la creciente preocupación que hay en los países europeos sobre el auge de grupos de ultraderecha, incluyendo el país ibérico; se hacía la salvedad de que, en el particular caso español, muchas personas que se decían a sí mismas “socialistas” o de ideologías de izquierda conjuraron todos sus problemas e inconvenientes en todo aquello que la ultraderecha promete combatir – inmigración, libertad de cultos y de pensamiento – y por ende terminan simpatizando con estas agrupaciones.

Pero tal vez me desvió del tema. Desde hace unos años, Colombia ha vivido un radicalización del discurso político debido a una desnaturalizada lucha de ideologías a ultranza, encarnadas en un sector conservador compuesto por el uribismo y un laureanismo en auge, en contraparte por una amorfa y desunida izquierda políticamente correcta – lo siento, pero en este espacio de opinión se juzga que ni las guerrillas ni las bandas criminales constituyen un marco político verosímil, al ser vistos como simples criminales -. La radicalización ha venido de la mano con una inevitable alienación de todo aquel que piense distinto, tachándolo de lo que en el extremo político sería su opuesto o, puesto en términos más mundanos y cotidianos, un facha o un mamerto.

La expresión “facha”, así como su grafía, tiene sus orígenes en la España de mediados del siglo pasado; un término que se deriva de fascio, un símbolo de poder en el antiguo Imperio Romano que precisamente el Partido Fascista Italiano pretendía emular. Por supuesto, todos los simpatizantes de Franco y de la Falange Española llevaban como sobrenombre este término, el cual también funciona como diminutivo de fascista. Ahora, acá en Colombia hubo un conato de fascismo precisamente en 1950, cuando subió al poder Laureano Gómez, un entendido de la ideología de Mussolini, de Hitler y, en menor medida, de Franco, del cual era amigo íntim; Gómez pretendió instalar un movimiento fascista en el país convocando a iniciativas tales como la repetición de una “noche de los cristales rotos” en Bogotá o la carnetización de los ciudadanos. Laureano se ausentó del poder año y medio por enfermedad en 1951, cuando llevaba poco menos de un año en el poder, para volver en 1953 sólo para que al siguiente mes recibiera un golpe de estado – golpe de opinión, si lo prefieren, pues se asegura que no se disparó una bala – por parte de Rojas Pinilla. Gómez se exilió en España, años después daría inicio el frente nacional y hasta ahí quedó el fascismo colombiano. Para algunos, sin embargo, esas corrientes están volviendo ahora en cabeza de algunos líderes de opinión, abanderados de la derecha extrema. Todo aquel que comulgue con estas ideas es tildado de “facha” como si fuera un término novedoso… el tipo de término que emplearía un mamerto.

La expresión “mamerto” sí es autóctona colombiana y se empleaba en la época en que mis padres fueron a la universidad, es decir finales de los 60 y principios de los 70, años en que las revoluciones estudiantiles se expandían como una ola por todo el globo, exigiendo paz, amor y tranquilidad. En aquellas mentes románticas e idealistas fueron a parar las ideas de Marx, de Engels y muchos otros, quienes también compartían ese amor por los anhelos inalcanzables, y, ¿qué más inalcanzable que el estado comunista marxista, verdad? En aquellos años los “mamertos” no eran otros que los muchachos universitarios – hijos de “papi y mami”, como dirían peyorativamente – que promulgaban las ideas socialistas, con el manifiesto y el libro rojo bajo el brazo, siendo vistos como individuos irresponsables e ingenuos y, por ende, de poca credibilidad. Hoy, el término “mamerto” significa casi lo mismo, sólo que no respeta gradación de ningún tipo, llámese estrato, género, etc., y en lugar de ser visto como el tipo curioso de ideas locas se ve como el tipo peligroso de ideas locas, un tipo que debe ser señalado implacablemente como aliado de las guerrillas comunistas y enemigos del estado de derecho. Todo aquel que piense en contravía de términos hoy ambiguos como “patria”, “seguridad” y “honorabilidad” es nombrado mamerto… el tipo de término que utilizaría un facha.

Y, por supuesto, estamos los que estamos en medio, los que, independientemente de creencia, compromiso político o indiferencia, nos da igual esos términos, pero igual somos señalados indiscriminadamente por fachas y mamertos como mamertos y fachas, uribestia o guerrillo, paraco o izquierdoso, o lo que sea. Todo esto lo escribo desde una preocupación completamente superficial, porque sinceramente me da igual si un enajenado me ubica en uno u otro lado porque, ahora sí en mi opinión, un facha y un mamerto son aquellos que no razonan, no piensan, no ven más allá de sus narices las auténticas problemáticas de una nación acomplejada por una lucha intestina inútil y por muchas otras cosas. En eso se terminan pareciendo el facha y el mamerto.

Y a ninguno lo tolero.

El caído

•mayo 2, 2011 • 2 comentarios

No han sido pocas las veces en las que he escuchado, leído o visto cuando dicen que la necedad se cura con la muerte. Una frase extrema, sin duda. Bárbara, añadiría yo. Tampoco han sido pocas las veces en que de estas posiciones extremas se suelen sacar vestigios de sabiduría, y siempre me cuestioné si la afirmación de que una obtusa posición sólo se resolvía mediante un final forzado era uno de esos casos.

Ayer, como todo el mundo sabe – o fue informado, para mayor exactitud -, cayó Osama bin Laden, “el enemigo número uno de Occidente”, un título un poco exagerado, si se tiene en cuenta que en la mayoría de países occidentales, como este, esta noticia fue como una curiosidad, cuando sin duda en otros, como Estados Unidos, España o Gran Bretaña, donde el flagelo del terrorismo perpetrado por Al Qaeda se sintió con el mayor vigor, sí fue celebrado su deceso. Pero esa discusión es irrelevante ahora.

Un fanático confeso, portador de la llama de la guerra y de la muerte para todo aquel que no compartiera sus ideales, bin Laden mató y murió por el acero. Esta coincidencia es divina, aseguran algunos, en especial aquellos que siempre vieron en su cacería la reivindicación religiosa de una nación que se sintió herida y humillada por su atrevimiento. Las muestras de júbilo de ayer que vi en los Estados Unidos, cuando la gente gritaba “¡USA! ¡USA!”, son evidencia suficiente de un grito que se encontraba ahogado desde hace casi diez años, desde la caída de las Torres Gemelas. Esas celebraciones las suponía yo históricas, dignas de novelas ubicadas en la antigua Roma, donde los generales victoriosos exhibían a los bárbaros derrotados, vivos o muertos, ante la turba sedienta de venganza, en renombrados triunfos como los de Escipión el Africano o el mismo Julio César.

Entablé el “humilde” paralelo con la caída del Mono Jojoy, quizá el mayor enemigo de la paz en Colombia, y la caída de bin Laden. En la cuenta de Twitter de El Tiempo, el diario de mayor circulación nacional, se preguntó “¿cómo están celebrando en sus oficinas o sitios de trabajo la caída del Mono Jojoy?”. Como buenos bromistas que somos los colombianos, de inmediato empezaron a aparecer burlas a forma de crítica tras esta falta de tacto que, en últimas, buscaba indagar en la celebración de un ser humano; un desgraciado y sanguinario ser humano, pero ser humano al fin y al cabo. Los de El Tiempo extendieron disculpas inmediatamente porque existía ese consenso general en el que se acordaba que, si había algo que nos separaba de los terroristas, era nuestra capacidad de sentir compasión, o al menos aspirar el tenerla.

Con la muerte de bin Laden no vi eso. Ni un reproche, ni una palabra de indignación por la forma en que se celebraba la muerte. Entiendo que el júbilo puede aparecer, pero es justificable si se entiende desde el punto de vista en el que se entiende que la justicia, ese concepto tan abstracto que a veces se vuelve inentendible, al fin llegó. Pero no. Lo de ayer, y lo de los días por venir, sí fue una celebración por su muerte. El día de ayer y el de hoy escudriñé a través de las páginas de algunos medios de comunicación estadounidenses y pude leer titulares de primera plana como “ROT IN HELL!” (“¡Púdrete en el infierno!”) o “You got what you deserved” (Obtuviste tu merecido), este último acompañado de una foto de un rostro desfigurado supuestamente del terrorista, pero que declaraciones oficiales posteriores llevan a concluir que son falsas.

Mi conclusión ante todo este despliegue de rencor es que sí hay un componente religioso preponderante en todo esto, tal y como se han comentado en ocasiones anteriores. Osama bin Laden quiso que esta guerra se efectuara en un plano en el que el Islam batallaba contra los infieles, los hombres de diferente fe, y los estadounidenses aceptaron gustosos esa apuesta, disfrazada en retórica política en la que se pretendía librar al mundo de Al Qaeda, pero, para mí, el júbilo de estos días despeja toda duda.

En ese campo, concluyo, que Osama tuvo su primera gran victoria. No es secreto que en estos diez años el odio anti musulmán ha crecido exponencialmente entre los estadounidenses. Recuerdo cuando la esposa de mi tío, ella estadounidense, quiso ir a cambiar las placas de su carro, matriculado en Carolina del Sur. El logo de este tradicional y conservador estado de la Unión ha sido desde el siglo XVIII el de un árbol bañado por la luna en cuarto creciente. Precisamente las placas actualizadas contemplaban ese logo, pero ella, horrorizada, no las aceptó, sentenciando que “that moon is from Islam“, recordando el reconocido símbolo religioso de los musulmanes… Este ejemplo mundano se suma al de muchos otros más trascendentes, sin duda. El imaginario islámico entre los estadounidenses es el de terror, guerra y muerte; una contienda en la que valores religiosos buscan sobreponerse uno al otro. Obviamente hay casos en que los estadounidenses comprenden el deseo de la mayoría de los musulmanes de convivir pacíficamente, y yo esperaría con optimismo que este sentimiento aumente.

Al ser bin Laden un soldado de la rama más extrema del Islam es evidente que no representaba a toda esa colectividad. Ello es obvio. Pero, pregunto, ¿qué sentirá un árabe al ver que precisamente el enemigo de este terrorista le tiene desconfianza, o que incluso lo odia simplemente por ser musulmán? Esos sentimientos van en contravía de la convivencia pacífica, y pueden llegar a alienar a los islamistas otrora moderados hacia el extremismo. Las razones son muchas, pero la principal es que desde el principio esta “batalla contra el terror” estuvo mal planteada.

Es aventurado predecir qué va a ocurrir ahora. ¿Habrán más atentados? Quién sabe. Seguramente Al Qaeda intentará causar más terror en su irracional y visceral forma de llevar el mensaje del Islam. Con Osama bin Laden caído vendrán otros a reemplazarlo, emplearán su figura como la de un mártir y usaran esa propaganda a su favor. Sólo un rigor estructurado puede desmontar esta peligrosa red terrorista.

Sin embargo, las celebraciones siguen. Los estadounidenses festejan una muerte, quizá como si significara el fin de la guerra, o sólo por el simple hecho que representa su enemigo derrotado, el hombre que eludió una búsqueda implacable por más de dos décadas. Seguirán exigiendo la caída de más enemigos. Más sangre. De lado y lado. Seguirán, entonces, enfrascados ambos enemigos en su particular y macabra yihad. Pero, ¿hasta cuándo?

Celebraciones en Ground Zero en la noche del 1ero de Mayo.

Y, ¿Qué lección se aprende?

•marzo 15, 2011 • 3 comentarios

Pre – scriptum: A la hora de escribir este artículo, salió la noticia extraordinaria de que los 50 trabajadores que quedaban en la planta nuclear de Fukushima, encargados de enfriar las barras de combustible, fueron evacuados; no pude conseguir el vínculo, pero apenas pueda lo anexaré a esta parte.

Antes que nada, quisiera darles la bienvenida nuevamente a este espacio; mi larga ausencia de la lámpara se debe, entre otras cosas, a otros compromisos que evitaron me dedicara a ella como es debido, y no estaba dispuesto a escribir sólo por el simple hecho de hacerlo. No quisiera ser, después de todo, un escritor cuya vocación se traduce de la rutina.

Foto tomada de: The New York Times

El tema que nos cita hoy es, precisamente, aquel que se deduce de esta fotografía. No es mi intención, ni mucho menos, elaborar una crónica detallada de lo que está ocurriendo en Japón, sino más bien citar a un momento de reflexión que pretende trascender a las cifras que escuchamos día tras día – entre 2.000 y 10.000 muertos, un terremoto de nueve grados en la escala de Richter, 0,8 microsieverts de radiación, etc. – y centrarnos en aquellas lecciones que podríamos tomar y que nos dejarán pensando en unas cuantas cosas.

Cuando me levanté el pasado 11 con la noticia del terremoto pensé de inmediato en mi mejor amigo, quien tiene precisamente ascendencia japonesa. Lo primero que se me ocurrió fue darle todo mi ánimo a través de un mensaje en Twitter, pues juzgué imprudente llamarlo en ese instante porque probablemente él quisiera destinar su teléfono para llamadas más importantes, por ejemplo, de su familia. No sé si habré actuado correctamente, pero si me hizo ponerme en evidencia de cómo habría actuado si el terremoto hubiese ocurrido acá y si en efecto hubiese tomado las decisiones correctas. Tuve un milisegundo de pánico y luego una lluvia de ideas. Las preguntas que vinieron a mi mente creo que las comparto con muchos otros: ¿qué hubiese pasado si dicha catástrofe hubiese pasado en mi país? ¿Estamos preparados para semejante evento? Con el paso de los días, y a medida que los sucesos se iban desarrollando, muchas otras ramificaciones que se desprendían de ese nefasto día empezaron a dejarme meditabundo, como lo es el apoyo de la comunidad internacional ante estos eventos, la viabilidad de la energía nuclear, el cubrimiento de los medios de comunicación, y la misma naturaleza humana, esa que nos parece a ratos tan familiar pero que en otros nos elude por completo.

Tomada de: The New York Times

Los que hemos estado pendientes de Japón ya hemos visto imágenes como las que se ven en esta entrada casi todo el tiempo en noticieros, en periódicos, en Internet, etc. Para aquellos que aún recuerdan Sumatra y el tsunami de hace unos años tal vez se acuerden un poco de la solidaridad que el mundo entero tuvo con una población que evidentemente no estaba preparada para afrontar un maremoto y que se vio reducida en más de 200.000 personas. Veíamos las imágenes y exclamábamos porque la ayuda llegara. Igual ocurrió con Haití. Ahora, sin embargo, con Japón, uno de los países más avanzados – si no el más – en infraestructura, cultura y población, sufre esta catástrofe, y vemos ejemplos de civismo que nos conmueve de una forma evidentemente diferente a como ocurrió con los dos casos anteriores, pero que nos conmueve de todas formas: personas que, ordenadamente, acuden a los supermercados, sin atiborrarse de cosas, para procurar subsistir; autoridades que están pendientes y recurren a planes que llevan muchos años estructurándose, como preparándose para lo peor, y un deseo de volver a levantarse, como el monje de la leyenda cuya figura ese mismo amigo mío tuvo el detalle de obsequiarme en cierta ocasión.

“Si el terremoto hubiese sido aquí seguro ya habrían habido disturbios”, piensa más de uno, independientemente de su nacionalidad; la posibilidad de una catástrofe así se nos antoja tan distante que nos parece absurdo, actitud que ahora veo ridícula viendo las campanadas de alerta que se han venido sucediendo: Japón, Nueva Zelanda, Chile, Filipinas, Haití, Sumatra… ¿debo continuar? La verdad es que, y aquí hago acopio de un poco de psicología básica, la gruesa mayoría de la población está tan aterrada ante esa posibilidad que muchos prefieren descartar la idea de que eso ocurra de sus cabezas, como si la borraran de un plumazo, y cuando llega el momento… Pues, bueno, ¿debería hablar hipotéticamente? El precio de la seguridad es la vigilancia eterna, decía un reconocido dirigente del siglo pasado, incluso si se tratan de los indetectables movimientos telúricos.

Pasando a los medios de comunicación… Bueno, pues, una decepción muy grande; sólo unos pocos se salvan a mi riguroso juicio de quién apela al auténtico periodismo informativo, quién se encuentra evidentemente parcializado e indiferente y quién desea aprovecharse del recurso sensacionalista. Los medios europeos, salvo la BBC, se “rajan” conmigo. Citaré un ejemplo que, a mi parecer, debería ser de estudio en toda escuela de periodismo: en el Corriere della Sera, el diario italiano, la información sobre Japón fue durante esta semana, si acaso, inocua e irrelevante; sólo hasta el día de ayer elaboraron un artículo completo expresando preocupación porque la orquesta filarmónica fiorentina estaba atascada en Tokyo y que no podía continuar su gira del lejano oriente… che vergogna. Como si los italianos sólo tuvieran para verse su ombligo. Recuerdo esa historia de Marco Polo de cuando le platicaba a los venecianos sobre Japón, “una isla un poco más al oriente de Santorini”…

Estimo que precisamente esos medios irresponsables se sorprendieron al encontrar tanta calma, tanto civismo, tanta preparación, cuando esperaban hallar lo que suelen hallar en zonas de desastre: niños huérfanos, personas desoladas… Claro que hay de eso, se sobreentiende, pero los afectados ven más allá de la simple lente del fotorreportero y ya piensa en cómo se van a recuperar; de antemano saben que se van a recuperar – tienen que hacerlo, así como debería cualquiera – y no se detienen o se enturbian en sentimientos que sólo los obstaculizan. Pero, por supuesto, el medio amarillista quiere enfocarse y rebuscarse la historia más desagradable, el detalle que cause furor… o pánico.

Tomada de: The New York Times

Lo que me lleva al siguiente tema. El desastre propició uno mayor en potencia, y es el de una fusión nuclear. Acá sí voy a ser particularmente estricto y riguroso porque, a pesar de que me gusta estar informado, preferiría obviamente mil veces estar presente en el lugar de la noticia para hacerme a una idea de qué es lo que ocurre y elaborar una conclusión yo solito – cosa que recomiendo que se haga en la medida de lo posible -, pero si esto no se puede, quisiera que la información me llegara sin malas intenciones. ¿Cómo es que en un canal de noticias “respetable” se llaman a tres especialistas en física nuclear, cada uno con un punto de vista diferente, y, para colmo de males, la posición del canal se queda con la más turbia? Podría rebajarse esta actitud si se recurre a una o dos fuentes y hacer un paralelo, pero no veo en qué ayuda al servicio informativo el proceder de esta forma corrupta de periodismo.

Ahora, en cuanto a la crisis nuclear en sí, pues se confirma una cosa que ya se sabía desde hace muchos años: la energía nuclear NO es confiable. Una emergencia en la cual los calificativos de las consecuencias suelen ser “incontrolable”, “inestimable”, “catastrófico” siempre deja un saldo en rojo en el ámbito humano. La catástrofe que ahora afecta a los japoneses es la del terremoto y la del tsunami, pero, en el caso en que se produzca una fusión nuclear completa, esta catástrofe empequeñecería – si me disculpan el verbo – a la anterior, pues traería consecuencias que trasciende a los límites del archipiélago. Por fortuna esto aún no ha ocurrido y se hacen esfuerzos ingentes por mentener refrigerado los reactores, pero, nuevamente, es inevitable la preocupación. En momentos así es que se recomienda algo de mesura; esta tarde llegó a mi celular en repetidas ocasiones un mensaje que decía que, si iba a salir con lluvia, que usara sombrilla e impermeable porque la crisis nuclear en Japón se había “extendido a la atmósfera” y podría causar “alopecia y cáncer”. ¿Pero a quién se le ocurre mandar una cadena así? Apelando a la ignorancia de la población… Deseé en ese momento estar al frente del cretino que inició dicha cadena para poner unas cosas claras… Esos riesgos, por supuesto, pueden llegar a concretarse, pero en este momento es imposible que acá, al otro lado del charco, pueda ocurrir, sépanlo bien.

Hace unos años, cuando fui a hacer un seminario a Pennsylvania, los lugareños que nos llevaban de paseo mencionaron en cierta ocasión el incidente de la planta de Three Mile Island; lo recuerdan como “trágico” y que ya nadie “se anima a ir por ahí a menos que se con protección”, y hasta ahí quedó la conversación. Y ni qué hablar de Chernobyl. Ambos desastres fueron consecuencia de una falla – o negligencia – humana, muy diferente a lo que ocurrió en Fukushima. Lo de las otras plantas nucleares en Japón que supuestamente presentan problemas… bueno, pues son notas tan pobres como lo es la seriedad de los que encargaron esas notas. Ojalá se esforzaran un poco más.

En fin… no tengo duda de que los japoneses, emprendedores como son, salgan adelante de esto. Lo hicieron hace 100 años… Hace 65 años… Hace 15 años… Seguramente lo volverán a hacer ahora. Yo les dejo la pregunta, a la luz de todo lo que he hablado en esta entrada de mi blog, ¿qué lección han aprendido?

Tomada de: The New York Times

Agentes del caos (o la libertad de expresión)

•diciembre 22, 2010 • 1 comentario

Lo prometido es deuda, por eso estoy acá; un compromiso con ustedes, los lectores de este espacio, y conmigo mismo, pues desde hacía rato quería escribir sobre este tema, independientemente de que haya decidido tomar unas vacaciones, tanto laborales como de otras labores de escritura, y dedicarme en su lugar a otras actividades, como el ejercicio de la mente y el cuerpo, o tal vez comer como degenerado.

Pero basta de eso. La verdad es que hacía tiempo que quería escribir sobre este tema (el cual ya se habrán imaginado por la poco sutil imagen de la izquierda) y sobre sus imprevisibles consecuencias en la civilización actual, en especial sus efectos sobre un derecho que mantengo como un baluarte especial, que es la libertad de expresión.

Quise elaborar un paralelo entre Julian Assange, el enigmático director de la agencia internacional Wikileaks (la cual, la verdad, de wiki tiene más bien poco) y el ganador del premio Nobel de la Paz del menguante año, el disidente chino Liu Xiaobo. De hecho, hace unos días vi en El Tiempo una caricatura en la que se ve a un militar chino tapándole la boca a Liu, mientras que al otro lado Assange sufría el mismo impedimento, pero propinado por el tío Sam. Busqué mucho y no logré dar con ella; ni siquiera sé el autor de la misma, por lo que si alguien sabe dar con ella o siquiera darme el nombre de su creador, estaré muy agradecido… En fin. En todo caso, este paralelo goza de una insinuante similitud entre ambos casos, y es la sintomática alergia que tienen los regímenes gubernamentales, sean democráticos o lo que sea, por la libertad de expresión, cada uno graduado dependiendo la tolerancia de la sociedad en la cual se analice.

Si analizamos el caso Wikileaks nos tardaríamos años en repasarlo por completo, pues sus alcances van más allá de la filtración de información supuestamente confidencial; por ejemplo, el impacto social que ha tenido y cómo muchos se han unido al bando de semejante iniciativa y han efectuado cualquier cantidad de peripecias para hacerse sentir, como los innumerables ataques de hackers a dominios de Internet que abiertamente han mostrado su rechazo por la organización, o algunos más tímidos, como un servidor, que sólo se han limitado a aportar algo de dinero, con la nimia preocupación de que sea en verdad un esfuerzo por enriquecerse de unos cuantos. En todo caso, el gobierno más directamente afectado, el de los Estados Unidos, ha expresado su completo rechazo ante las acciones de Assange y su corporación de filtradores, y en este momento llevan a cabo malabares legislativos para llevarlo ante una justicia que, evidentemente, se encuentra parcializada. “Deberían ejecutarlo”, fueron las palabras de un senador republicano, en medio de su indignación; un primo mío, de Carolina del Sur, no tardó en tildarlos de “terroristas”, y millones más temen porque los secretos de la diplomacia internacional conduzcan a un desequilibrio en las relaciones entre los países.

“Un acto apresurado e imprudente”, dijo Barack Obama, pero acá lo único cierto es que, de no haber tanto contenido solapado, insinuoso y provocador, no tendría porqué existir esa preocupación generalizada. También es verdad que pocas cosas – hasta ahora – han resultado escandalosas, sino más bien que se han encargado de confirmar las sospechas de la población general acerca de las sensaciones que producen en los diplomáticos del Departamento de Estado en su interacción con gobiernos extranjeros; más una retahíla de chismes que cualquier otra cosa reveladora – repito, hasta ahora -. Por otro lado, también se confirma el hecho de que Estados Unidos no tiene amigos, sino intereses.

Pero continúa el temor porque se revelen más contenidos, o que quizá salga material que quizá ya no incumba al Departamento de Estado, sino a otras cuestiones que por el momento no me atrevo a adivinar. ¿Es realmente malo lo que hace Wikileaks? ¿Es acaso una afrenta al ya anárquico orden internacional? ¿Una amenaza a la tensa calma que rige en esta tierra? Para el ojo detallista estas preguntas pueden responderse de cualquier forma, dependiendo del sesgo de cada cual o de su definido interés en el complicado e interesante tema. Pero es el sencillo, picante y molesto hecho de que todo aquello que vaya en contravía de un régimen, sin importar su naturaleza o magnitud, tratará de ser mermado o incluso acabado. Maquiavelo habló de ello hace 500 años, previniendo a Lorenzo de Medici de cualquier conspiración, extranjera o regional, y dicho conocimiento aún aplica a la actualidad, pues me temo que la molestia causada por la contravención de los designios de los poderes gubernamentales es más afín al ser humano que la relativamente reciente e incipiente libertad de expresión, y todo lo que ese derecho conlleve.

Ahora, ¿es lo de Wikileaks libertad de expresión? Pues ciertamente lo es. Comenté hace unos días en Twitter que la libertad de expresión no radica tanto en decir lo que se quiera, sino hacerlo con argumentos fundados en la lógica y la razón. Un fascista podrá decir lo que quiera, pero sus ideas definitivamente no calarán entre la mayoría de la población – aquella que piensa – sencillamente porque son ideas estúpidas y sin fundamento. Caso diferente al de la información filtrada por Wikileaks, que sí interesa directamente a la población, pues en ella se expresa el parecer de los que se sitúan en el poder con respecto a diversos temas.

Mencionaba que se me hacía interesante el paralelo entre Liu Xiaobo y Julian Assange porque cada cual se expresa en contra de la forma en que se conduce sus respectivos mundos, evidentemente enmarcado en un contexto diferente: Liu ganó el Nobel de Paz, el cual no pudo recibir porque se encuentra encarcelado en su natal China precisamente por las acciones que lo llevaron a hacerse merecedor del prestigioso reconocimiento, y Assange combate con el marco judicial europeo por eludir una misteriosa acusación de abuso sexual en su contra en Suecia – digo misteriosa, mas no ataco su veracidad, pues las circunstancias en que apareció se me antojó, pues, misteriosas -. Dudo que Assange reciba en su vida el Nobel de Paz, y pienso explicar inmediatamente por qué.

Si ustedes buscan en Wikipedia el perfil de Liu, encontrarán en él un mapa, que es el que muestro a continuación, en el cual se detallan los países que boicotearon el Nobel y a los que lo apoyaron y seguramente mandaron delegados a la ceremonia. Se alcanza a notar cierta tendencia no tanto ideológica, pero sí existen similitudes entre los miembros de cada bando por las características de sus gobiernos.

Los países en azul fueron los que apoyaron el Nobel a Liu Xiaobo, mientras que los de rojo rechazaron el nombramiento. El país en negro es Noruega, el encargado de otorgarlo. Tomado de Wikipedia.

Ahora quisiera hacer un ejercicio con ustedes. Imagínense que en el mundo bizarro (en ese donde toca decir “hola” en lugar de “adiós” y viceversa) Assange ganara el Nobel de la Paz (o de la Guerra, al ser mundo bizarro… bah, mal chiste). ¿Podrían ustedes suponer cómo reaccionarían las naciones alrededor del mundo ante ese nombramiento? ¿Cómo sería la gráfica de arriba? Quizá uno que otro país permanecería inmutado, otros seguirían siendo indiferentes, pero quizá las principales potencias o naciones más influyentes cambiarían de bando, en especial aquellos que ahora aparecen en rojo. ¿Por qué? Pues la respuesta es que sencillamente Assange y su grupillo de molestos investigadores se encargaron de molestar a una nación muy diferente a China, con otros ideales, pero con un poder igual o superior.

Por supuesto, todos sabemos que el mundo bizarro no existe – al menos no ha habido observación de dicho lugar -, así como tampoco hay posibilidad de que el australiano sea candidato al premio. Yo sólo espero que mi ilustración de los puntos anteriores hayan dejado en ustedes la inquietud que yo tengo desde hace tiempo, y es lo maltratada que puede llegar a ser la libertad de expresión si es que llega a blandirse contra ciertos oponentes, y hasta dónde puede llegar ese rechazo ante ese fundamental derecho – aunque aún joven y sin terminar de inventar – entre aquellos en que prefirirían que aquellos que tienen algo por decir simplemente callaran, o, sencillamente, no estén.

Orgoglio

•noviembre 16, 2010 • 2 comentarios

La ávida curiosidad que me ha impulsado durante toda mi vida – y la cual espero no cese nunca – me llevó a conocer el maravilloso mundo de la blogósfera, donde he conocido gente muy simpática, aportante e inteligente, así como uno que otro idiota, pero así funciona el mundo real, así que para qué quejarse; mi experiencia aquí ha sido muy gratificante.

Por medio de una red social, Twitter, me enteré de un blog científico muy interesante y plenamente recomendado: Why evolution is true? – Sí… como se podrán imaginar, es en inglés -. Lo leo seguido y he encontrado en él una simpática forma de continuar aprendiendo sobre estos temas en los que indudablemente sigo siendo un lego.

Fue para mí una sorpresa cuando el autor del blog empezó a escribir crónicas sobre Colombia. Los artículos, lejos de ser científicos, contienen un matiz gastronómico que harían sonrojar de la envidia a Anthony Bourdain. Este en particular me produjo cierto antojo de una buena y poderosa lechona, de la cual hace rato no como. En fin, la verdad es que el hombre se ha animado a comer hasta un típico paisa, un plato que siempre que vienen mis primos de los Estados Unidos y lo consumen quedan inmóviles por un par de días. Pero, por fortuna, tal parece que una aplastante mayoría de biólogos tiene estómago de chulo, no sólo para afrentas acientíficas como el creacionismo, sino para manjares que desde su particular punto de vista se les antojan exóticos.

En fin, todo este preludio viene a que, a pesar de las bestialidades que uno ve en los medios de comunicación, entre masacres, violaciones o un invierno que parece no ceder, es este tipo de impresiones las que a uno como colombiano le dan a pensar que las cosas tienden a mejorar. Que se hable bien del país – de las cosas realmente buenas, por supuesto – afuera es un principio. Casi que ni me preocupa que Uribe haya asistido con Bush a la inauguración de una “escuela”… Casi.

Esto, además, es un mensaje: no dejarnos quitar estos detalles que nos hacen realmente grandes, y que por una u otra circunstancia no somos capaces de ver. Entre tanto píncher y obtuso, es bueno seguir sintiendo algo de orgullo.

No te abras, Europa

•noviembre 7, 2010 • 1 comentario

Incluso acá causó conmoción la visita del Papa Benedicto XVI a España, dada la evidente cercanía entre la Madre Patria e Hispanoamérica. La voz de la cabeza de la Iglesia Católica, por ende, cruzó el océano gracias a la ayuda brindada por los medios de comunicación.

Fiel a su naturaleza de personaje polémico – todo retardatario lo es -, su discurso, por supuesto, enardeció el ambiente a su paso. No hablaré de las iniciativas de feministas y homosexuales, pues sigo manteniendo mi postura que la batalla de estas comunidades no es contra el clero, sino contra el prejuicio de la sociedad, y que es en el ámbito civil donde deben desatar estas lides.

Pero sí me detendré en ciertos detalles de su discurso, cargado hasta más no poder de teología. Citaré ciertos apartados de este artículo del diario español El País, empezando por este, el cual creo reúne la idea central:

Europa debe abrirse a Dios, salir a su encuentro sin miedo.

Fue mencionado con cierta preocupación de fondo, proviniendo de alguien que se sabe perdedor de cierto terreno. Y es que las visitas del sumo pontífice enardecen los espíritus de los creyentes, fanáticos y prudentes por igual, y procuran llamar la atención de aquellos que, como yo, les importa más bien poco lo que este individuo pueda hacer, pues nada en él me parece interesante.

Pues bien, misión cumplida, amigo Joe.

El Pontífice ha citado diversos pasajes de la Biblia para preguntarse: “¿Cómo es posible que se haya hecho silencio público sobre la realidad primera y esencial de la vida humana? ¿Cómo lo más determinante de ella puede ser recluido en la mera intimidad o remitido a la penumbra?”. El Papa se respondió: “Los hombres no podemos vivir a oscuras sin ver la luz del sol (…) por eso es necesario que Dios vuelva a resonar gozosamente bajo los cielos de Europa; que esa palabra santa no se pronuncie jamás en vano; que no se pervierta haciéndola servir a fines que le son impropios. Es menester que se profiera santamente”.

Llamé “retardatario” a Joseph Ratzinger, y ese epíteto seguramente recaerá en los Papas que lo sucedan, precisamente por afirmaciones como las que señalo en el párrafo anterior. Ya que él se hace esta pregunta, yo a la vez pregunto, ¿desde cuándo la realidad primera y esencial de la vida humana NO es Dios, sino la incansable búsqueda del bienestar equitativo para todos los seres humanos, más allá de toda creencia personal? Este es un mundo muy diferente al que se tenía al del oscurantismo – incluso en épocas previas – en la que los dictámenes de la vetusta institución eran incontestables; es un mundo, valga la aclaración, en aras de la civilización y, por ende, plural. Muchas personas de diversa índole son las que habitan este planeta, cada una con su particular parecer sobre la realidad, muy respetable en cuanto la sociedad así lo permita. El afán humano ya no es el de evangelizar, sino el de buscar y asegurar consecuentemente un mundo próspero y equitativo, en el que los hombres sean libres.

Sin recordar los abusos cometidos en nombre de ese Dios, Benedicto XVI ha dicho: “La Europa de la ciencia y de la tecnología, de la civilización y la cultura tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y la fraternidad con otros continentes, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero. Esto es lo que la Iglesia desea aportar a Europa: velar por Dios y velar por el hombre”.

Me tomó por sorpresa su petición de “fraternidad con otros continentes”, pero estoy seguro que no se refiere a un entendimiento ecuménico entre religiones. Recuerdo mucho las palabras de Hans Küng, quien acertadamente dijo “las religiones, entre sí, sólo ven enemigos”. La trascendencia es la recalentada idea del entendimiento de lo divino, cobijado por el milagro de la resurrección de Jesús. Esa noción está más que mandada a recoger. Es en lo cotidiano, en el esfuerzo diario por ser mejores, más provechosos y más capaces, tanto para nosotros como para los demás, donde reside la verdadera trascendencia. No hay necesidad de la idea de ningún dios en esta sencilla meta. La Europa de la ciencia, la tecnología y la cultura ha demostrado plenamente capaz de alcanzar este objetivo sin rendirle tributo a una deidad, intermediada, por supuesto, por una religión.

Que esto quede claro, entonces, de una vez por todas, para todos aquellos que pasen por acá: No es la impuesta y delirante noción de lo divino donde habita la dignidad del hombre, sino en su beneficio natural de emplear la razón y la inteligencia para su propio provecho. Es allí, con el entendimiento fundamental de los derechos humanos más fundamentales, donde debe residir la consigna no sólo para Europa, sino para el mundo entero.

Así que no te abras, Europa, a ideales lacónicos y decimonónicos, para alcanzar la auténtica virtud. Que sea el progreso del hombre y su bienestar último lo que te guíe. Que habrá escollos sí, seguramente, pero recuerda que en la Historia ha habido muchos, siendo la religión, fanática e irracional, uno de los mayores.